domingo, 2 de diciembre de 2012

Marketing literario


El artista tiene un marketing lícito y no pervertido. Puede regalar su libro/obra como quien regala su pan a un círculo reducido de gente. Más que círculo, ese reguero generoso debe intentar describir una trayectoria perfecta, una especie de circuito de ciencias exactas en que los nodos-destinatarios se transformaran en apóstoles. Gente que por uno u otro motivo utilice sus ojos para devorar la obra de uno, a dentelladas, con impaciencia mórbida, y que epatados, convulsionados o infectados, verbalicen sin medida luego el síndrome del que han sido presa. Un libro que arrebata se convierte en síndrome, traspasa la cinestesia, y de alguna manera penetra en la carne.
Nodos-destinatarios que jamás nunca pensasen que existiría un libro así, nodos que de pronto encuentran al hermano que nunca tuvieron, nodos pasados que te conocieron y reconstruyen tu yo desde el libro y dan cuenta de un mundo ignorado que les abrazó, nodos estratégicos desde los que avisas que has llegado y que vienes para quedarte.

Luego está la ardua tarea de buscar el aliado, de ponerle voz física a tu mensaje leído, quien va a reclamar para ti un espacio, quien va a permitirte ser alguien y vivir de esto. Aka editor barra agente. Mínimo tendría que haber una comida de por medio, ver como deglute, como se limpia con la servilleta, como amortigua los eruptos, hasta como reacciona tras pronunciar eses sibilantes. Cerrar los ojos como un ciego, y escrutarle, rascarle el alma, calificar el tipo de sombra y alquitrán que guarda su condición de criatura humana. Y después cuatro o cinco comidas más, que al final él va a ser el mercader, el tendero de mi obra, y sí, se llega a un aprecio o desprecio matemático como en todo, que se le llama precio, y hablar mucho de ello sólo tiene sentido con un matemático, no con un lector de lectores emocionado. Porque creo que al final menos de un 10 % de lo parido se reconoce como tu mérito, y tampoco veo que a mi madre le llegue un cheque, ni a los jardines, ni a mi señora, ni a mi escuela ni nada. La cuestión es infiltrarse en la feria literaria y una vez tomada ya se encargará el hijo puta que llevo dentro de no callarse ni un adjetivo ni una metáfora esclarecedora. Me llevaré conmigo al empresario que fui, al tendero que acuñé, y todos los yos sidos y por haber.
Es más, relataré aquí mis aventuras y desventuras en despachos de agentes literarios y editoriales. Así que más pronto que tarde, os cuento mi historia de la venta y transacción de mis palabras...

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