jueves, 30 de marzo de 2017

No quiero ser una persona equilibrada


No quiero ser una persona equilibrada. Lo he sido toda la vida. Mi cabeza ha estado bien amueblada y la he llevado a cuestas a multitud de ferias de la cordura. Creo que eso permitió hasta jubilarme un buen tiempo.

No quiero contener desequilibrios. Quiero sostenerme, tener una robustez mental, una consistencia de carácter lejos de ser veleta. No quiero caerme de mí mismo como norma. Ni berrinches, ni euforias súbitas, e inmune contra la desesperación no excepcional.

Pero repito que no quiero la estabilidad de una mente cabal.
Eso es muy estático. No basta con una mente ponderada y madura. Ese chasis ya lo pongo, no quiero limitarlo conduciendo cabalmente. Se acabó cierto equilibrio estático. No quiero una mente equilibrada. Quiero una mente equilibrada y gimnástica.

Ya es hora de saltar al vacío. Que allí funcione el equilibrio. Ese tan ejercitado durante cuatro décadas. Nos va a empezar a gustar no lo complicado - de lo que ya somos profesionales - porque lo complicado proviene de un cálculo. La ruta de lo complicado ya se vislumbra de primeras, es ardua y costosa, pero es cuestión de tesón y afrontarla en etapas.

No vamos a seguir ganando esas ligas. Esos proyectos a medio plazo tan ataditos y épicos. Vamos a por lo que nunca hemos acometido. Lo que siempre ha permanecido bloqueado. Lo que siempre nos ha dado respeto. Lo que siempre ha surgido de un miedo atávico al que nunca hemos podido llamarle miedo.

Afrontar lo que psíquicamente siempre ha estado pendiente es ese vacío. Un ejemplo en mí es la timidez. Está tan enclastada en uno, ha funcionado toda la vida así, que uno ni identifica la ansiedad previa y mínima al contacto social, de todo tímido. 

Tenemos más vacíos en nosotros. Más bloqueos. Más límites infranqueables que damos por hecho que están ahí para quedarse toda la vida.

No quiero una sabia mente equilibrada que también está paralizada como en un régimen del 36. Puestos a elegir quiero una mente equilibrada y gimnástica. Que poco a poco se entrene en esos saltos al vacío de uno. Con algún coscorrón de novato, pero que vaya dominando los límites de mi ser y ultrapasarlos.

Una mente virtuosa y fibrada que se supere a sí misma. Pero no por fuerza de voluntad amigos. Eso ya está muy visto. Esa es la superación low cost que pulula por los perfiles públicos en todas partes. Eso es la tenacidad de lo complicado picadito en etapas que ya hemos dicho. Eso es forzado.

La vida es más fácil. Se puede hacer en un segundo. Sólo es ver el vacío del miedo y dejarte caer. No es sacar ningún músculo. Es dejarte vencer por el miedo y dejar de luchar. Las manos se pondrán solas al caer.

*no hagan lo que aquí se menciona en sus casas. La chapa del día no es aplicable para todo el mundo, pese a tener ojos en la cabeza y poder leerlo.

miércoles, 29 de marzo de 2017

El amor cardo


Hoy hablaremos de fealdad. Pero de una fealdad muy específica. La fealdad del fin de una relación de pareja.

Pareja es aquella complicidad íntima que comparte meses y años de viaje sin necesidad de moverse, en que pulula la magia y va un día y se despeña.

Porque para matar ese paraíso conyugal ha de suceder cierto crimen. Hay que palmar a dúo tan buena racha y enfermar paulatinamente. La poesía, se ha de volver funesta.

La pareja llega un momento que muere. Y existe un momento en que lo hace de forma muy poco elegante. Para aniquilarla ha de darse un momento verdaderamente feo.

Un no-amor apabullante. Una declaración de indiferencia ensangrentada y envuelta en papel de estraza, sí, como una carnicería negra de los sentimientos vigentes hasta hace poco.

Eso rebienta y deflagra la relación. Vuela por los aires. Aunque no olamos para nada la pólvora, tan sólo una puta presión en el estómago.
(sí, a mí también me ha pasado)

No creo que la expresión sea que el amor se pudra. No se pudre. No es cuestión de descomposición para nada. Todo es igual de enérgico, pasional y potente. 

Tampoco creo que mute en su hermano bastardo, el Desamor. Yo creo que los amores mueren por locos. Por excesivos. Por tumorizarse. Se salen de la carretera y la palman en un accidente sin ninguno de los dos ya al volante.

Y esa tarde en que ya nos estamos precipitando a dúo hacia el más allá, solemos darle matarile antes que se estrelle contra el suelo. 

Lo matamos antes que se muera, con alguna burrada que queda para la posteridad. Nuestro testamento en la vuelta de campana es cierta ida de olla que ya es un boleto para tú a Boston y yo a California.

Los amores, llegados su momento feo y horrible, se acaban por expulsión.

lunes, 27 de marzo de 2017

Las canciones del más allá


La felicidad al final reside en las canciones que aparecen o no en nuestra cabeza al empezar el día por la mañana.

La vida es un musical sutil lo queramos o no. Y está bien que haya un indicador que no nos mienta.

No sé si existe un Dios, pero sí que hay algo superior a nosotros, más lúcido y cien veces más rápido, que en un instante automático emite un resumen certero de nuestra vida y además con arte.

Otras veces la música adveniza de nuestro jukebox lúcido es aún más francotiradora (en femenino, se hace extraño!). Porque no sólo es el tono de la música, la letra exacta es la que dicta y descifra nuestro estado interior.

Qué curioso que eso suceda en forma de música. Es como si hubiera una estrecha rendija de la lucidez y sólo la música, líquida ella, disuelto su mensaje en ritmo, pudiera colarse en la rendija del oráculo.

Los tentempiés espirituales que la música nos regala con estos cocktails emocionales y cápsulas cifradas a lo largo de nuestra vida son incontables. Nuestra vida en ochenta años se podría resumir y transportarnos perfectamente en un medley clavado de las canciones que nos han elevado y mecido.

A veces hemos vivido literalmente en una canción. Hemos tenido la sensación de morar en ella y sentido plenamente identificados durante tres minutos que no parábamos de reproducir.

Los salmos y mantras directamente son boletos de viaje hacia lo divino, puras herramientas talladas en la ferretería de lo espiritual.
Es difícil vivir sin las transfusiones habituales de la música, bregar descargados de música provoca cólicos al alma. Pero esto de la música es una droga muy juan palomo. El sistema alimenticio y excretor de la música funciona de manera muy privada.

La musicoterapia empieza a expandirse. Y sí, que menos que en el siglo XXI haya doctores musicales. Radiografías de esas mañanas sin música o con mensajes cifrados de dolor.

Gente, aparte de los agricultores, granjeros y cazadores de música, llámese músicos, que redistribuyan la exhuberancia de la música en el tercer mundo de los sin música. Que lo hay, distribuido aleatoriamente en los domicilios de cualquier ciudad.

Y al igual que Nietzsche sólo creía en un Dios que supiera bailar, parece que lo superior a nosotros no se manifiesta con el lenguaje lógico, las palabras y todo lo sólido de nuestro mundo civilizado. Parece que el misterio y las revoluciones en esta vida siempre brotan en el seno de la paradoja y de la música, donde no se las espera.

sábado, 25 de marzo de 2017

Densidad de ser


Cito a Claudio Naranjo cuando dice que la presencia de una persona frente a otra podría ser explicada como densidad de ser

Muy en boga está hoy en día la sugerencia de estar Presente en la corriente del Mindfulness. Que a la vez se inspira en tradiciones milenarias de toda la vida como el budismo o el Tao. 
No hemos inventado nada.

A nadie le gusta el vacío. Ni físico ni mental. 
Por otro lado la saturación, la obesidad de pensamiento y vivencias, a veces resultan en una torpeza de movimiento. Donde mejor se mueve la pluma es en el vacío.




Mindfulness y filosofías orientales aman el vacío. Promocionan un bono de transporte a él. Recurren al vacío. Se dirigen a él como a unas cascadas de inspiración.

Cada persona pasa décadas y décadas inseparable de sí misma. Nos acompañamos 24 horas 7 días a la semana eternamente. El budismo siempre ha aborrecido esta compañía persecutoria.

Para ver que hay más allá de este yo perruno, doméstico y ordinario, intentan olvidarse de él. Provocar una cita con alguna instancia de nosotros más especial.

Para ello detienen el pensamiento, el caudal habitual de la mente, todos esos trenes ya programados que circulan en nuestra gran red rutinaria. El gran mapa de vías de la cabeza se va apagando.

Aún así la mente nunca se detiene. Pero entonces, de detrás de las piedras van apareciendo una serie de pensamientos como duendes. Los que esperaban su turno. Los tímidos que no se atreven a levantar la mano tras el barullo del día a día. Un yo profundo. Diferente, no habitual.

Si nos hemos olvidado de nosotros mismos bajo la pila de obligaciones y rutinas, un yo más auténtico saca la pata en ese vacío. Empieza a cobrar forma. Es un yo más vivo y más fuerte que el yo más esclavo. Pero también es más frágil y debe superar aún la derrota de una tiranía.

Si fuésemos completamente espontáneos a una determinada edad, si no nos cogiéramos a las riendas de cierto control sobre la realidad, ese yo auténtico siempre aparecería. Es en el vacío puro donde brota la espontaniedad pura, y esa falta de control y filtros nos atemoriza.

Nuestro yo es todo ese conjunto de filtros. Esa es nuestra personalidad. Allí están soldadas nuestras partes más orgullosas, nuestros defectos, lo virtuoso y los excesos.

Y si pudiésemos mantener lo justo de esa construcción sin dejar de ser nosotros... 
Y si economizásemos esa estructura para fluir sin entorpecernos... 

Cumplir años no sería otra cosa que ser ingenieros del yo. Quitar carcasas, reciclar nuevos materiales más densos, y volver al esqueleto mental de los niños. Igual de reducido pero inmensamente más denso. Con todas las vivencias ahí metidas sublimadas. 

Vivimos en un mundo de ruido y en una realidad abarrotada. En nuestro día a día sólo nos queda nuestro jardín trasero. Nuestro espacio regenerativo que compensa y estabiliza la jauría de delante.

Ese es nuestro taller para densificarnos. El vacío siempre es bienvendido en un mundo occidental megapoblado de estímulos. Es supervivencia.

O dicho de otro modo, existe un gran riesgo en Occidente de acabar clonado como en una cadena de circuitos impresos de smartphone. Probablemente eso tenga muy poco que ver con la aventura de vivir. O con la maravilla de llevar a pasear a tu niño de 5 años contigo de la mano cuando tienes ochenta, y estar en plena paz y sentido con tu existencia. 
  

jueves, 9 de marzo de 2017

Infelicidad


Hay una clara moda psicológica en salir cada día a pescar la felicidad como quien se dedica profesionalmente a la pesca del atún. 
Gente mentalizada y convencida de que la felicidad nos espera a la vuelta de esta esquina o la otra. 

¿Y en qué BOE se publicó que la felicidad se había quedado en paro, o incluso le habían dado la minusvalía?

Porque salir cada día a una cita con la felicidad, arreglados... como todos decís "con actitud", implica un desplante a la infelicidad. 

Que un artículo se llame infelicidad, ya es cierto tabú psicológico en esta era del pensamiento positivo. 
Suena mal, da yuyu, ya que es una realidad desterrada de nuestro horizonte.



Entiendo la expulsión de la infelicidad. Es más, con esta actitud se la está aún agarrando de la camiseta y de alguna manera se la está echando.


- No te quiero más.

Por eso cada mañana en un facebook me/te/nos lo recuerdas.

Por eso Mr. Wonderful hace tazas, alfombrillas de ratón, toallas, diademas y todos los objetos visibles imaginables. 

El merchandising de las aspiraciones personales. Hay que visibilizar la felicidad, pancartearla, hacer una manifestación de ella porque no está.

El "yo quiero ser feliz" es un grito para que le siga el cuerpo, es una orden.

Luego, como en el rugby, se placará todo aquello que huela a incertidumbre sobre sus efectos beneficiosos para nosotros. 

Al final, la búsqueda crónica de la felicidad no es más que un sistema defensivo.
El "yo quiero ser feliz" va más por lo que se filtra. 

La campaña es ruidosa, como toda proclama, como todo comportamiento que contiene un miedo detrás, la reciente infelicidad y su fragancia...

Y es un primer movimiento inteligente, dejemos de permitir la entrada por nuestros flancos vulnerables. 

Sellemos las fugas.

Y una vez aprendido... volvámonos a reconciliar con la infelicidad.
También está allí, a la vuelta de una esquina, la hemos de acompañar un rato, porque los noviazgos con la felicidad duran menos si los extendemos a toda costa.

Hagamos tazas de "tengo unos cuantos miedos", "felicidad, deja una nota cuando te vayas",
"unhappines, I will learn to hug you...

La infelicidad es real, existe, y hay que saber alternar con ella y llevarla de copas. Si no se le tiene miedo se acaba yendo con otro...


Probemos a decir "Yo quiero ser infeliz!", así, en broma, dislocando al destino y tendiéndole una gran trampa cómica (!)

martes, 21 de febrero de 2017

Banco de Pandora


Vivo mi caos. Mi presente podría incluir en su Bso el tango Volver cantada del revés y en finés. Todos los letreros budistas recomiendan eliminar la actitud de control sobre la propia vida y dejar abierta la architemida caja de
Pandora. En eso estamos. Hemos destruido todos los mapas previsibles. Ya no hay ninguna destinación. Conducimos sin manos en el volante. A lo Google. Fío el destino a la improvisación y la espontaniedad. Ese yo grueso, que no exista apenas. Que mi identidad la velen las experiencias, y que mi firma sea una oquedad en blanco. Quiero ir en un barco con suelo transparente a la locura.
Podría ponerme a trabajar en una empresa y cerrar todas estas escotillas. Podría pitar el fin del partido y firmar un empate lerdo. Podría creer que hay otra vida, que la muerte no ronda y que Dios no abusaba de niños. No quiero esa locura, ni esa mujer cobarde, ni un trabajo crecientemente alienante.
Por todo ello soy un cimarrón de la rutina, y no tengo ninguna. Ejerzo la vida sabática al 90 % sin ninguna voluntad de ello. Es lo que ha tocado y se intentará inventar una forma no patentada de llenarla. Punto.


martes, 26 de julio de 2016

Tu yo no existe. Cuna de la contradicción


A la mayoría de chavales del aula en los noventa nos rechinaban los filósofos empiristas. Don Locke y Don Hume venían a cargarse demasiado pronto allá por los 1700 todos los amarres conservadores de la filosofía. Nosotros - hordas de niños de colegios religiosos - y el mundo - masas de gente siglo a siglo instruidas en el redil del racionalismo, el mundo de las ideas platónico, el esencialismo, hasta comulgar con el más allá, la otra vida, la transmigración de las almas - chocábamos de pleno con el más acá mundano y mecánico del empirismo.

El "sólo creo aquello que veo", y "he de abstenerme de todo ese mundo mastodóntico que no veo pero quiero creer" era una abstención demasiado heavy para todo el consumo de esencias, ideas, más allases y omnipresencias, que empleábamos día a día. Es más, a fecha de hoy, en el primer cuarto del siglo XXI, el esencialismo todavía pervive en las mentes del común de los mortales. Ahora que la religión ya la palmó y sólo mata o brama contra la mujer o los homosexuales, y mientras la filosofía agoniza y sólo es usada por barbies y runners de medio pelo en Instagram, el empirismo ha copado de forma natural el ámbito científico sí, pero aún encuentra nuestras resistencias en el día a día en casas y calles.  

Una de las afirmaciones de los empiristas que daban más repelús conservador era la inexistencia del yo. A ésta aún nos ponemos de uñas panza arriba para seguir refutándola. Renunciar a nuestro yo, a nuestra identidad, en la época dorada del selfie, del descubrimiento del yo mi me conmigo, es una concesión atroz para el monumento consolador de nosotros mismos que levantamos frente a los demás. Pero Locke, Hume (y Berkeley), tenían razón, aunque sepamos que sus argumentaciones son muy Brexit: si toda la Europa continental es racionalista, vamos nosotros a tensar nuestro empirismo como todo polo hace dramáticamente en una discusión cuando se siente inseguro (origen de la dialéctica, las guerras y los abogados).

El yo no existe. Argumentaban que solamente se da una sucesión de estados mentales, diferentes, dependientes del viento, los estados de humor y las circunstancias... que nosotros hilábamos y titulábamos con un Yo para estabilidad mental de nosotros mismos. A nadie le gusta escuchar estas ideas, recorrerlas genera inestabilidad y cierto vértigo. La razón es que hay cierta dosis de verdad en ellas y por eso no provocan la carcajada clásica de las chorradas sean filosóficas o no (y allí incluyo al tertuliano de Sálvame Sigmund Freud).

La dosis de verdad que nos provoca rechazo es que realmente nuestro Yo parpadea inconsistente más de lo que creemos. Sí, es cierto que nuestro registro de personalidad se repite y se pueden extraer unos patrones constantes más allá de los días, semanas y meses. Pero el yo no lo controlamos tanto como pensamos. Por supuesto a años vista y mirando a la juventud, se dan unas mutaciones más o menos bárbaras que harían dudar a veces que se trata de la misma personalidad. Pero también cualquier lunes o cualquier jueves las circunstancias rebasan los estándares del Yo que creemos tener funcionando y no somos conscientes de lo incontrolable de nuestra personalidad. Un gran ejemplo es la fatiga, el cansancio. Actúa como un obturador o pantalla de la realidad. La fatiga provoca una configuración mental diferente, un paisaje de neurotransmisores alterado respecto al modo de reposo. No sólo facilita que mengüe dramáticamente la paciencia o se sea más proclive a los improperios en una versión más hulk de nosotros mismos, sino que nos convence totalmente que la realidad es impepinablemente como la sentimos nosotros en aquel momento. El mundo, cansado o no, es otro. El mundo, animados, optimistas, o no, es otro. La realidad, en el trastorno de la depresión es psicóticamente otra. Nuestro yo es más inconsistente de lo que creemos, la personalidad tiene algo de pasajera. Ese pedestal identitario se ve derrocado por los sismos estresantes y emocionales, no digamos ya por la sarta de mentiras que se pueden colar desde que se inventaron los chats, los photoshops, los facebooks y los instagrams, donde la virtualidad permite confeccionar una personalidad a la carta. Cuanto uno más defiende su yo, más le roen esas ratas empiristas en las contradicciones de una vida.    

viernes, 25 de diciembre de 2015

El lastre de Catalunya


En España no hay gobernabilidad y en Catalunya hay un procés desencadenado sin final aparente. El problema de estos días en España se solucionaría con un referéndum, y el problema de Catalunya de estos años también, qué curioso.
A ustedes españolistas, les resulta que un referéndum es perder Catalunya, como quien da un partido por perdido antes de jugarlo. ¿Por qué?

Un referéndum para el Partido Popular es un win-win. Si lo ganan son los héroes de esta reconquista secesionista, y si ganase el Sí, eso significa que van a gobernar España el 80 % de los siglos venideros. Catalunya es el lastre electoral del PP en España. Sin Catalunya el PP tiene las de ganar y mandar en España sin que el PSOE pueda remediarlo. En Catalunya el Partido Popular no tiene intereses, pero se enroca en retener tozudamente una idea de España para los que "repudian" España, y a cambio de qué? nada. El PP se hace un daño a sí mismo reteniendo a los catalanes que le hacen ascos al españolismo, hay que dejarlos ir, que se estrellen solos, que vuelvan luego a llorar y entonces sí serán sometidos para siempre. No es lo mismo perder un 20 % de algo tuyo, que quedarte con un 80 % que sí te pertenece plenamente. El PP sería más feliz en una España sin Cataluña.

El Psoe está condenado a morir y ser fagocitado por la nueva izquierda. Podemos es más socialista que los socialistas. El Psoe son los barones, es esa Susana Díaz réplica del socialismo de toda la vida que se repite de memoria, el socialismo anacrónico que intenta sumar a los militantes obreros de las coronas metropolitanas de antaño. Pero los militantes obreros mueren, por edad, y sus hijos y nietos ni son obreros ni gastan el mismo discurso socialista. Podemos eclosionó por los smartphones y es una criatura de otra especie al viejo socialismo. Al socialismo le fallan los pies, la cintura, el baile de los 2015 y siguientes. En el socialismo olía a ropero hace tiempo, ahora todos intuímos que lo que huele es a muerto. Bueno intuir, si es que la gráfica electoral en barrena del último ciclo no apunta a un epitafio. El sorpasso llega, no sé si en mayo, o en octubre.
Ah, Podemos quiere jugar el partido y ganar Catalunya con un referéndum, Iglesias se parece a Cameron y Tsipras puede que más a Rajoy allén de las propagandas.


En el lado progresista importa el progreso y cierta evolución; en el lado conservador importa el inmovilismo, y a tancredismo al PP no le gana nadie, ahora que tiene a la cúspide de la catatonia en Mariano Rajoy Brey. Ciudadanos es tan puta, es tan progresista constitucionalista, reformista tradicionalista, de izquierdas-derecha y centro, arriba-abajo delante detrás, que acaba siendo una puta barata que votan los que no tienen nada más. Ciudadanos es neo-falange y retórica, cuatro jovencitos que van de listos y creen que el cielo se toma con marketing y ya. Albert Rivera es una caja de Pandora, uno de esos personajes históricos funestos que la dan con queso a todos, que más vale que nunca alcance el poder. Pero Ciudadanos no cuenta ni en España ni en Cataluña para eso del referéndum, son minoría en ambas.

sábado, 31 de octubre de 2015

Entrada de blog. Año 2016, fin de octubre


Por fin es sábado... es el mantra de todo hijo de vecino que yo no conjugo. Me levanto como un tótem a las cinco de la mañana los sábados, para mecerme en la nada. Llevo una existencia peculiar, una soltería muy zen bajo el umbral de los cuarenta. Escribo poco, apenas. Ya no certifico nada con mi prosa, más bien estoy en una frase explorativa. Me gustaría saber que es lo que estoy haciendo, aunque tampoco mucho. Tal vez sea el patinador que traza círculos plácidamente en las placas de hielo antes de empezar el ejercicio.

[...] Son las siete y el decorado de la ciudad amaneciendo es otra estampa zen. Dichosa serenidad, ando tan sobrado que casi no necesito la luz de la lámpara y su efecto amplificador para creerme la escena... La vuelvo a encender, y la fe retorna a la velocidad de la luz. 
Y si animales estéticos como somos, todo fuese cuestión de un decorado, biológico? Y si el mundo de las ideas fuera un gran cementerio de vida? Y la Razón, un craso error de voz grave?

Al final, el duende que tenemos dentro hace el saque del día traccionando en lo que ve y oye al despertarse. Luego como una computadora emocional es una aguja audaz que enhebra hectáreas del fondo de nuestra mente en minutos y borda breves lineas plenas de sentido. 
Como lo hace no lo sé, cómo se despeña luego tampoco. 
Pero da tranquilidad contener un engendro bestial, superhéroe de bolsillo dentro, que se cambia en cualquier cabina cuando la situación lo requiere.

lunes, 19 de octubre de 2015

Thessaloniki 1/5


Llego al atardecer en un autobús eterno y maratoniano desde al aeropuerto a la avenida Egnatia. Se me está colando el aspecto decadente y vencido de la ciudad, por los poros de mi ánimo apagado y melancólico de un viernes tarde de bajuna, como gajes de mi travesía separatista de este otoño. Es por eso que el halo costarricense de urbanismo precario, también se me aparece como una alucinación desarrollista de la memoria.

Descargo maletamen en el cuco apartamento que he reservado, en mi debut con Airbnb. Procedo al primer contacto libre por las calles. Salgo en modo cazador de imágenes con la cámara, como en los viejos tiempos, y en hora azul. Las pausas de turista me molestan: desenfundar objetivos, recolocar la bolsa, atar los cordones de unas bambas insolentes.
La lírica se desatasca, después de semanas, no hay como agitarse en un traslado en avión, trasplantarse de peatón en un lugar remoto, y la lírica empieza a brotar como una planta estacional de latitudes. Y solo a 2500 kilómetros, a uno poco le queda más que escribir.

El lenguaje escrito se aparece ininteligible. No se entiende ni una letra, pese a que letras y palabras sean tan familia como nuestros antepasados, pero al abuelo cirílico no lo entendemos. En la capital remota de Macedonia ya estuve en el pasado, en el julio sabático y desertor de las ciudades fui a un pueblecito costero en la península de Halkidiki, y es mi quinta venida a Grecia. Es el trillado mediterráneo aquí exótico, o bien una prima oriental que siempre da bien de comer.

Salónica o Tesalónica, metro o hectómetro, San Sebastián o Donosti, en qué quedamos. El nombre originario y bíblico es Tesalónica, es el imperio otomano quien le duplica el nombre, y ya en su retorno heleno durante el siglo pasado recupera las dos primeras grafías. Su centro urbano es una batería de calles paralelas a la costa, surcadas por pasajes verticales menos populosos. En el vientre, intestinado sin puertas ni señalizaciones, mora el mercado, estómago pintoresco de la ciudad. La platería de los pescados, el virtuosismo multicolor de las hortalizas, la carnicería de animales degollados en exposición, el gitanismo universal de los textiles, son una bicoca para el fotógrafo amateur que se cree un Cousteau de los mercados de abastos.

Anochece y regreso a mi nido. Juego al candy crush de las conquistas online. Cuando me entra hambre ceno unas verduras con feta siguiendo mi régimen para revalorizarme por diez en los mercados. Antes de dormir hablo con mi familia, aquella con la que he compartido los siete ultimos años de mi vida, y que sigue estando aquí pese a la distancia y las separaciones. La luz del día se extingue, y yo caigo a las 10 de la noche como un monje en mi celda trasplantada.