viernes, 15 de agosto de 2014

La mirada panorámica de los 20


Poco tiene que ver la mirada a la vida desde los treinta y tantos, con la que teníamos a los veinte años. Entonces, la vida se veía como desde un mirador, era una mirada panorámica, que es como se mira a lo desconocido, a lo inexplorado, subidos a todas las referencias de oídas que nos habían dado. Desde un mirador todo parece abarcable, al alcance de la vista, en una escala tramposa que nos hace gigantes.

Luego toca ser una parte pequeña engranada en aquel todo-resumen, una de esas figuritas que se ven a lo lejos desde nuestro yo gigante que todo lo abarca. Puede que a los veinte, el superego ya haya sido domesticado en su versión personal, pero ese ego inflamado aún resista en su dimensión social, pues eso de la sociedad todavía no lo hemos experimentado más que en su modo alevín y juvenil, sin muchas presiones de por medio. Nadie se visualiza como un bregador de la vida, que es lo que la mayoría acabamos siendo, como un luchador de pelotón que resopla y nunca gana etapas. Al contrario, nuestro plan es nítido y limpio, acabar los estudios, trabajar de aquello, formar una equilibrada familia, disfrutar de la vida. Como una línea de metro, con cuatro paradas, a toda máquina y con olor a nuevo.

La realidad, tiene más que ver con despertar de ese sueño y encontrarte metido a los treinta en un ruidoso y tupido maizal de la guerra del vietnam simulada. Quedó atrás la visión panorámica, ya es tiempo real, todo cobra una mirada más cortoplacista, es cuestión de hacer caso al cholo e ir partido a partido, el soñómetro ya se quedó en el trastero. Digamos que las expectativas tiralineadas de línea de metro, comenzaron a ganar en tortuosidad, desvíos y laberintos. A cambio, aquella mente simplista e inflamable pasa a ser robusta, creativa y a prueba de huracanes. Entremedio, envejecemos, que es la putada más grande, y a eso, como a la sequía de dios, sólo le salva el sentido del humor y tomárselo todo como un chiste, la vida como una fiesta, en que se celebra eso, estar vivo, a pesar de todos los sueños que nos vendieron por el camino.

lunes, 11 de agosto de 2014

Desgraciado y amado


Mi explosión filosófica a partir de los diecisiete años bien pudo deberse al Epanutín, o al fenorbarbital, quién sabe. Es lo de menos. Empezó una tendencia a la hiperreflexión, una dinámica que de los cinco circuitos de nuestro cerebro activaba y se decantaba por uno mayoritariamente. Y esto ya es historia consumada, hace más de media vida de ello.

Recuerdo exactamente el día de la primera erupción. [...]
Con mi mente me convertí a primeras, en un minero, un escalador, pasaba mi vida entre oscuras grutas conceptuales y cumbres escarpadas de silogismos. La tormentosa búsqueda del Ser, la paulatina corroboración de que el Ser no existe, con sus respectivas estaciones de la ruta: tomistas, existencialistas, nitzscheanas. Nada más que clicar "sí" durante tres años sin darme cuenta, al formateo cultural en mi cabeza.
Tocaba fajarse, tocaba equivocarse, época de mi rito iniciático, pero no podía durar mucho, como cierta gente que se queda en el hoyo de la filosofía toda la vida. Una disciplina que sólo sirve para hacerse preguntas sí, magnas, cósmicas, metafísicas, y no responde francamente ninguna. La religión sí da respuesta a todas las preguntas e incertidumbres del ser humano, sólo tienes a cambio que convertirte en su esclavo. Así, la filosofía, como motín liberador del esclavismo cristiano, de la seriación de la personalidad, bien vale su existencia. Quedarse allí colgado toda la vida, diseccionando platones y poppers, peinando humes en una cátedra, es como acabar de ganadero de reses enfermas.

Y ser pastor de lo etéreo del cosmos, trabajar la Nada cada día, afecta seriamente la autoestima, como toda profesión mediocre. Por suerte, cada día esprinté en mi proyecto universitario. Salía a la cancha cada mañana con el mismo espíritu de máximos en que se había convertido mi etapa escolar. Esta vez formateado y llevando yo el timón. Hacia las cumbres de la filosofía, hasta estampar mis huesos en un naufragio sin precedentes. Iba a ser dueño de mi fracaso biográfico.
Eso sí, como decía, mi autoestima no iba a ser dañada. Se mantendría en sus niveles altos y correctos pese a estar moribundo varias veces en la aventura. Duraría un día en la facultad pública de filosofía, simultanearía a partir de segundo de filosofía, la carrera de psicología; pese a estar matriculado en doce asignaturas por semestre, apenas acudía a dos y construía mi currículo en las bibliotecas con monografías seleccionadas; al estar en tercero de ambas, probaría con Farmacia, acorde con mi investigación de artículos científicos sobre la aplicación de los psiquedélicos en nuestra cultura. Y finalmente haría las maletas para acabar la carrera de Filosofía en Deusto, siguiendo al catedrático de Metafísica de la misma, el cual fui a conocer en una primavera gélida tras leer todos sus libros. Y deshice las maletas unos meses más tarde al comprobar que el mejor filósofo europeo me propuso mandanga así, sin empujar con pan: "Jordi, podemos tener una relación discípulo-alumno al uso, o bien una relación homoerótica...", después de eso, hice una mochila y fui bajando de las cumbres de la filosofía paso a paso, hasta la planicie donde todos vivimos y morimos.

Era el año 98, poco antes que Francia y Zidane arrasaran a Brasil en el estadio de Saint Denis. Después mi cuerpo se dedicó a enfermar gravemente, aquellos fueron mis funestos años de doctorado. Los alterné con esa culebrilla mortal de todos que son los primeros trabajos. El extravío clareó cuando se formó una panda excesiva, etílica, genial y espejista, de amigos. Su nombre, Galaxia Maquilec. Vivió cuatro años. Su tumba reza, 2003-2007. 
Y hasta ese último año no empecé un blog, descubrí a Umbral, y tomé la voz literaria para vertir mi pensamiento y sus gestos. Ahora con ya casi 38 años, este cerebro criado en los mejores establos, sigue en venta.

domingo, 10 de agosto de 2014

Análisis psicológico del chonismo


Ser quillo, choni o cani, no depende de la educación. Incluso si una institución se propusiese diseñar e implementar un plan para disminuir chonismo y quillerío, dudo que lo consiguiera. Son contadas las alusiones y críticas que aparecen en medios y/o libros a un tema, que en décadas pasadas se denominaba quillos, y desde hace unos años se acuñaron nuevas palabras como choni y cani. Digo yo que es un fenómeno de raíces demasiado profundas para cambiarlo con campañas así como así. El quillerío es un mal en el mundo, uno de ellos, es estructural.

El quillo nace, crece y se reproduce. Pero para serlo se ha de tener conciencia cero de ser quillo. Son como negros escandinavos muy seguros de ser japoneses. Osease, intentando hacer un estudio sociológico del chonismo, primero ha de existir una capa seria de orgullo que permita la ceguera de lo que se es. Una creencia última en que all the world debería ser como uno/a es, un quillaco soez del copón, y que the world is wrong. La incultura es otra condición sinequanon para aislarse como cani o choni. Una voluntad decidida de no mezclarse, no apender, tener temor a la mente abierta, renegar de los estudios, reivindicar lo suyo, la polla, el barrio (marginal), el padre mongolo. Cierta creencia que aprender es malo, es embrollado, no se necesita. Dicha megavirtud se hereda, los padres inculcan poco a poco este rechazo al saber y sólo les queda el valerse por sí mismos, por los huevos. El orgullo inconsciente del quillo, muy grande, es que prescinde de lo más elaborado, décadas de evolución, y sale adelante con la grandeza de su chocho y de sus huevos. Su inconsciente tarde a tarde ve como prescinde de lo sofisticado y cultural, y eso le pone, como el borracho que coge el coche por la noche, incrementa la dificultad, hace pesas en la vida, se la complica, y eso le pone, porque en todo situación límite o sacas orgullo o te despeñas. Les ha tocado el papel residual de guerreros en una tribu tecnócrata. Y si tocase alistarse, sabemos quienes serían los primeros en hacer cola, pues tienen un sentido paisista y abanderado muy fino, digámoslo asín.
El quillo cree que es la mejor persona que pisa el planeta Tierra. Y sólo ese mecanismo instaurado le permite ver otro planeta diferente al que habitamos el resto, esto es, procesar las imágenes y sonidos sin llegar a caer en el Mal Gusto. Los pendientacos de aro, las blusas fosforescentes con encaje, el castellano gangoso y amoral, los tatuajes de paquete de galletas, los tintes dudosos e irreversibles, los cortes de pelo apocalípticos. Tanto que podrían trabajar de estatua en un antimuseo, un museo del mal gusto, que tarde o temprano lo habrá. O tal vez es que los antimuseos ya existen, y fuera de recinto, y los que pagan no son los transeúntes, sino los expositores, con una vida presa, ciega y soez. 
¿Qué tiene que ver la pobreza con el mal gusto? Si vienen de árboles distintos. Si un pijoaparte con el cerebro fundido es intercambiable con la jennifer y el kevin de turno. Existen sagas, troncos familiares, que llevan lo soez instalado, una vulgaridad demasiado honda que se sigue transmitiendo de padres a hijos, y ningún programa o campaña podría borrar. Es como la droga zombie, sólo un terremoto biográfico o un rayo cabalgando en el desierto puede oh palabra, desquillizar, al cani o la choni que se tercie.

sábado, 9 de agosto de 2014

Los hombres paja


La adolescencia fue el segundo piso de mi vida, tras habitar los bajos de la infancia. El verano de 1987 fue el último puramente infantil, pues a lo largo de sexto de EGB empezaron a salir las primeras noticias sobre nuestra metamorfosis. Nadie creo que nos avisó antes, acerca de la pubertad pura y dura, la cual tampoco vivimos con especial tragedia. En sexto de EGB el par de listillos procaces de la clase - un repetidor y un pajillero vocacional y precoz con la cara llena de granos - se mantuvieron meses dando voces sobre las pajas, pajotes, manolas, zambombas, como si no hubiera mañana. Colaban la palabra pajas en cualquier intervención, pronunciada con devoción, y acompañaban sus letanías con dibujetes de pollas por libros y apuntes. Eran los hombres paja, dos sujetos que la naturaleza escogía por clase para transmitir el mensaje de la genitalidad. ¿Tú para qué has sido escogido en esta vida? Yo fui profeta de la paja, estuve pajeado de pies a cabeza un año hasta extender su mensaje. Tal cual.
Con tanto pajerío en las orejas, nos olíamos el resto de piadosos alumnos de la clase, que algo estaba pasando. También nos preguntábamos qué diantres era exactamente una paja. Así es como aterrizó la adolescencia como concepto a la vida de niños de once años, con los poseídos de la paja. Poco a poco el sexo nos poseería hasta tomar todo nuestro cuerpo y nuestra mente. Entonces, los pelillos en el pubis fueron el primer bastión animal que tomó la metamorfosis. Pero unos teníamos y los otros no. Y francamente era preferible no tener esa pelambrera negra y simiesca, cavernícola comparada con el aparatín de bebé imberbe que era el pito de toda la vida. Así que para evitar burlas, de los hombres pajote y demás ultras de lo imbécil, decidí tomar la ardua faena de ocultar mis pelacos precoces un añito o dos. Requería mucho disimulo cada miércoles en los vestuarios de natación, taparse de forma tranquila e inocente; requería saltarse las duchas después del entreno de baloncesto, donde les daba por mirarse las pijas o hacer meo de longitud. Pero conseguí evitar al fin algún mote tipo El Cavernas, Troglodita o Capitán Cavernícola. Porque en nuestro imaginario una pinga con melena sólo era asociable a los de la prehistoria, la corrección de la época y nuestra separación impuesta de los primos cavernícolas de los setenta, hacía de esos pubis un pecado estético.

viernes, 8 de agosto de 2014

Los jardines versallescos de los polígonos


Matinal en un barrio desarrollista. Áticos con vistas a polígonos orientalizados, calle Augusto César Sandino. Edificios de doce plantas pintados de marrón, o piel pintada de discreción. En las ciudades se viene a adecentar la pobreza. Barrio emergente que quiere decir barrio no naufragable. Bien le hubieran ido a estos edificios un color de piel esperanza. Blancos, azules, llamaradas de cielo y pureza en las retinas de sus inquilinos. Barrios chillones y llamativos, cariocas, que responden más a su realidad optimista y emergente. Sus propios nombres como trozos de salmos, con el júbilo del que emerge y prospera pues no hay fuerza más potente que la del hambre.

[...] Aquí se jalea mucho a Messi y Cristiano, se pueden encontrar capillas. Aceptamos que Benji y Oliver cobren míseros 3.500 €, nos escandalizamos que un político cobre el doble. Ah, que benji y oliver, los dos dioses hispanos, lo cobran a la hora, las veinticuatro horas. Esto es un portugués y un argentino, que dan patadas a un balón, y diez millones de monos españoles les honran con 3.500 € a la hora. ¿Os imagináis que un político cobrase siempre un euro más que el sueldo máximo de un país? La fórmula CEO top + 1 €. Los Ceos top del Ibex cobran mínimo diez milloncejos de euros por administrar empresas que son como mucho una décima parte del volumen económico de la cosa España. Los presidentes de gobierno que administran un billón de euros, cobran cien veces menos. Y roban. A manos llenas roban. Comparativamente, el día a día de las decisiones de un político frente a un banquero difiere en las cantidades astrónomicas que aprueban/adjudican versus el salario de mierda de los primeros.
- Hoy he tenido que aprobar un presupuesto de cien mil millones de euros.
- Yo unas líneas de crédito de mil doscientos millones de euros.
- Este café está frío.
- Por haberte ido al lavabo.
- Yo pago una hipoteca de medio millón de euros.
- Lo veo y doblo, jaja. Pago el café y el adosado en cash.
- Venga.
Dedicarse a la política como una cosa noble, el corazón zaherido de la Hipocresía nacional. "Entre mítines y pósters adolescentes", aula de bachillerato, año 2120. 
La política ya es una melopea, con mucha gente mediocre, muchos aspirantes rebotados de la empresa privada y la vida triunfalista. Los militantes son los ultras misioneros que aseguran la continuación de esta gran mentira.
Pero los jardines, incluso en un barrio desarrollista, son mansamente versallescos.

jueves, 7 de agosto de 2014

La mística de los caballitos


Los caballitos eran la gloria. No sé quién fue el primer constructor de atracciones para niños, no sé si ser juguetero requiere ser antes un padre excepcionalmente vocacional. Tenemos dos chips en la vida, el de antes y después de la pubertad, dos configuraciones neuroquímicas que dan dos tipos de personalidad. Existen dos seres en nosotros, uno ya apagado y extinguido, el otro funcionando.
En los parques de atracciones esos yoes se dilatan y confunden. A la fantasía visual de los bajitos se le acaba imponiendo el movimiento, ya agresivo, de lo vertiginoso. Como si los niños fuesen futuros amigos del puenting. Nos encandilaban los caballitos por simple cuquería. Paladeábamos todo ese escenario fantasioso, reluciente y mágico, que apenas se movía, más bien se suspendía por un cielo, en medio de un descampado de las afueras. Esperábamos la visita mensual a la feria como una eucaristía a la tierra prometida. Nos vestíamos y peinábamos para la ocasión, suplicábamos luego por una manzana de caramelo, por un algodón de azúcar.
A un niño le basta esa escenografía para creer en la magia, subirse en los juguetes que cobran vida, saturado de música luz y color. Un niño grande necesita saturarse de vértigo y aceleración para llegar a la frontera. Dopamos a los niños de fantasía, y tal vez así de mayores no se dedican tanto a la guerra. La civilización consiste en incrementar el cemento en la tierra y en el pecho. Tratar a los niños como emperadores de siglos atrás, y ebrios de privilegios, repartan esa suerte de forma generosa y constructiva. Con el peligro de que no salgan del culto al yo, que se confunda amor con necesidad, quererse con desesperarse. La infancia es un inocente parque de atracciones con música a todo trapo, donde se posan todas las enfermedades mentales como grises polillas en su puesta de huevos.
El alma de un niño como ese hilo de música que sale del saxofón, vital y delicado, custodiado mientras suena y se extingue por unos padres que dopan la fantasía y extirpan ego hipertrófico a la vez, en una cirugía de la personalidad a pecho abierto con lo más amado, dudando si esa música es alarma de quirófano o notas de un canto celestial.

miércoles, 6 de agosto de 2014

La economía de guerrilla


La publicidad tuvo su cambio climático, su fenómeno tal que una glaciación. Y ese incremento de las precipitaciones repercutió de forma progresiva en la economía de las familias. El bombardeo publicitario contagió a las nuevas generaciones estimulando las antenas consumistas del ser humano, pues las tiene de serie, y basta una repetición masiva de imágenes asociadas a un precio asequible, para que la zanahoria ante el burro funcione.

Mis padres pueden vivir durante cuarenta años con los mismos muebles prestados. No han pisado Ikea. Se han quedado en una oquedad del tiempo y desarrollan su vida sin problemas. No saben de marcas. Los muebles no han cedido, siguen antiguos y válidos, más funcionarios que feos. Ya no siguen a juego con las greñas descuidadas de sus habitantes, o con bañadores ajustados y arteros, pero a ellos muebles les va mejor ese estatismo. Mis padres tienen tres grandes casas. El meridiano de su ejercicio de supervivencia familiar pasa por ahí. Tipos austeros, hipertrabajadores, bruscos, caseros, generosos, coléricos, donantes. Ninguno de nosotros jóvenes ha hecho un viaje a los años cuarenta. Ni ganas. De esos fangos vinieron estos lodos. 

La ingeniería de la obsolescencia vino después. Nuestra anterior generación y su hormiguismo ahorrativo representa otro país. Tal que la economía de Noruega multiplica por tres otra sureña, la economía de nuestros padres es otra, extranjera de tiempo, respecto a la nuestra. En un país fluyen varios países aunque cueste verlo, varias culturas y economías opuestas, hasta en un mismo tronco familiar. La apisonadora de los céntimos, la abstención consumista, la estética como valor accesorio, la poca simpatía con la publicidad enrollada, hacen que día a día el gasto se contenga, y a final de año su economía arañe un quinto o un cuarto a la nuestra. En una década, todo ese ascetismo económico se traduce en una segunda residencia, su economía milagrosa se saca un apartamento de la manga del mar menor.

La aristocracia del tiempo


Procrastino, me levanto y durante una hora vacacioneo. En la infancia y adolescencia se daba la vacación pura, el abandono aristocrático y efebo de cualquier terreno laboral. Digo aristocrático y no edénico, porque ni ciertas afueras privilegiadas de la burguesía implican felicidad automática. La vida de un aristócrata o las vacaciones de un niño de clase media acusan la condición gruyère de su tiempo. Para un animal primate con lóbulo frontal desarrollado, aka lo humano, el exceso de tiempo liberado suele producir hastío y problemas. Lo padece una minoría y es incomprensible desde la otra orilla. A diferencia del exceso de dinero que crea bancos y cajas de ahorro, el exceso de tiempo no puede meter tuppers de tiempo en el congelador o dejar días en salmuera. El tiempo es un bien íntimo y personal, de difícil reciclaje. Al fin y al cabo el tiempo así, a modo de disposición, no es otra cosa que Vida, contante y sonante. Tampoco es que se viva más, pero sucede algo parecido a poder mirar el reloj reiteradamente dando la sensación de que el tiempo pasa más despacio. ¿Has vivido más? He vivido más rato creo, no me va a salir quejarme. 

Llegados a una edad la gente suele entregar su tiempo a criar réplicas vagamente enamoradas de sí. El proyecto inicial era crear en aras del amor un círculo virtuoso con los genes de por medio. Uno-una se mete en ese barco que a poco no deja de alejarse de una costa otra, soltera, intrépida, banal y sola, hasta que su reactivación obliga a una travesía de náufrago. Llega un momento en la vida que pasamos de ser unos veraneantes aristócratas con amistades sindicalistas e inoxidables, a unos marinos en alta mar hostil, con la brújula laboral macabra, un billete de enamorado caducado, y la vida picada de hijos. Jaja, más o menos. Alguien nos vendió la moto, ya sólo nos quedan toneladas de status de facebook para intentar maquillar eso.

jueves, 24 de julio de 2014

Los spots de tus viajes


Cuando uno piensa en un viaje que está a punto de hacer, lo visualiza en su cabeza con un "corto" de apenas dos segundos. Es como una pancarta publicitaria del propio viaje, en la que se resume lo esencial del destino y el tono con el que uno se dirige, es un flash de las expectativas. Norte de Portugal, el atlántico y unos bosques tupidos de eucaliptus en un fresco verano, esa es por ejemplo la bandera de mi próximo viaje. Esta imagen autogestionada dejará de existir una vez pisado el destino, y será sustituida por la realidad. Hay aciertos y fiascos de la mente que juega a acertar lo nunca visto, como ese casco empedrado y pulcro que me sugería Estambul, y que luego la realidad agujereó en algo muy distinto. 
En este segundo viaje a Cuba, mi precuela del mismo, mi voluntad de vivirlo, era calcada al videoclip de Buenavista Social Club . El mismo misterio de las primeras notas de la canción, la misma determinación de la cámara en la motocicleta para atravesar perpendicular Centro Habana a continuación, esa velocidad de escáner europea planeando sobre la ciudad a ritmo inflamado de son y mulatismo, la canción hipercaribeña y seria podamdo las ramas de la realidad. Así se formó mi spot del viaje, mi himno breve de la voluntad, ser un explorador espoleado por un orfeón trascendental de músicos longevos e inmortales.
Pese a que los himnos sólo se reservan para pintar las espaldas de las naciones, los espíritus viajeros tienen uno eterno en ese videoclip, y verlo altera la sangre hasta provocar una revolución que abandona sofás y te tira seis mil kilómetros de tu casa.

domingo, 22 de junio de 2014

Historiografía de un jardín


El jardín de nuestra casa sí ha ido mutando, y se pueden repasar sus catacumbas imaginarias, para recordar nuestras diferentes civilizaciones en estos cuarenta años. El cerezo ausente de los años ochenta, que presidía barbacoas pobres entre un frío más agresivo por psicológico, en unos años precarios. El huerto que lo acompañaba, a juego, desordenado y menestral, cuando el jardín apenas tenía una función estética, y la palabra abastos aún se utilizaba. Después vino la grava, que es un césped rudo, que era la diferencia canónica entre la clase media y la clase media-alta. Los solares de estas casas son parcelas de campo reinventadas, que acaban teniendo muchas más plantas que su secarral originario, y por tanto más bichos e insectos. Ir al campo aparte de un relajante vía las vistas de nuestros ojos, ha sido una estancia íntima de tú a tú con una pléyade de bichos certificada en nuestra piel. Esa era la diferencia textil entre el césped y la grava. Pero nos permitía jugar al tenis circular, aquel engendro en que la pelota estaba atada a una espiral de hierro. O al golf de las cien pesetas, comprando palos y pelotas de plástico en prebazares chinos, y haciendo el único agujero en la tierra con las manos. El adictivo y estupefaciente fútbol sólo se jugaba en jardín a una corta edad, cuando nuestras dimensiones no desballestaban una casa. Esos años en que nos disfrazaban con camisetas oficiales para un partido, y se nos hacían fotos con los primos en una época que no alcanzamos a recordar. Luego, el fútbol se salía de las casas tumorado hacia las calles, las plazas, las playas.

La sagrada manguera siempre fue una secundaria insustituible. Al venir de la resecación total de la playa, la lluvia refrescante y salvaje a manguera la hacía imprescindible año tras año, pues de alguna manera nos restituía. Descalzos y desnudos sobre la grava, con esa inundación, experimentábamos un edén meteórico. Nos fundíamos entonces con la naturaleza, nos extirpábamos toda la memoria del asfalto y de los techos de ciudad, y sin saberlo nos estábamos regenerando.

Sólo queda en pie en este jardín fotografiado a smartphones, el hermano de aquel cerezo, un albaricoquero. Primero desapareció el ciruelo, por estar en medio de todo, como un rosal que también se esfumó, luego se fue un manzano treintañero que nunca dio manzanas pero que caía bien. Dicen los mitos que hasta hubo un almendro. Al final los que han desafiado al tiempo han sido un olivo y un madroño, arrugados, retorcidos, dispuestos a sobrevivirnos. Porque los que siempre estuvieron, y nunca se marcharán, los únicos autóctonos del lugar, son tres pinos ancianos y monumentales que no paran de reírse. Saben que ese jardín ha sido preservado por unos padres y que ha sido su obra eterna de cada tarde. Sacar hojas, segar la grava, podar los árboles, cortar el seto, abonarlo todo, y así. Una obra exhibida unos minutos desgranados de otros minutos, una penitencia agradable, el reservorio común de los Santamaría Lasheras, el escenario querido, algo así como el edén parcelado de treinta metros cuadrados. Dicen que mi madre, antes de subir al cielo, arregla feliz un jardín donde aplica su mimo a las plantas, sabia y zen, como antes lo aplicó a unos hijos, al gobierno de una casa, a una vida épica que preside desde sus azaleas y sus mimosas, en una metáfora del retiro merecido de una diosa común y madre.