sábado, 27 de enero de 2018

La Conciencia


Pantalla o músculo

Regirar o Ver

Odisea o Arco del Triunfo del Vacío

Turbiedad o Nitidez

Rascacielos o Automatismo

Esfuerzo o Espontaniedad

Preocupación o Fe

martes, 23 de enero de 2018

Nostalgia del pasado. No. Nostalgia del presente


Echamos de menos el presente
que no está
El presente candente
El presente vivo

La nostalgia supurante no es más
que vivir un presente no tan rico
No aceptar su pérdida
y la caída del escalafón
Es añorar la plenitud
Como el hambriento

Es llegar a creer
que nunca retornará
un presente tan pleno
Sentir ese presente amputado
y no poder creer en ningún otro
Porque la melancolía sólo responde
a una falta de fe en la vida

martes, 16 de enero de 2018

Los sueños no existen


Ay la pirotecnia como forma de anhelo. Qué daño hacen los sueños, los máximos, las fantasías inoculadas como un suero inconsciente y constante. Vivimos en la cultura del deseo. Pancarteado, espoleado, publicitado, cinematografiado. La carta de Reyes que nunca acaba. Si no son objetos, son metas y proyectos. La cultura del éxito personal. El deseo, como fuego, como hoguera interior donde no sabemos si acabaremos siendo incendio con él. 
Al otro lado de la acera del planeta, el budismo. El deseo como la raíz del sufrimiento.

Siempre he sido voraz. Psicológicamente. He detestado lo aburrido. He sido un inconformista. Me confieso un culo inquieto sobretodo mentalmente. Como si los océanos de tiempo siempre tuvieran que estar albergando una presencia notable de acontecimientos, tareas, temáticas. La velocidad de mi mente gambeteaba, siempre entreviendo la siguiente cosa, acelerando si hacía falta hasta ella. Cada vez más serenamente, pero voraz sí, con un gran estómago de acontecimientos.

Por eso a menudo anhelamos la pirotecnia. El espectáculo de la vida, un jueves mañana o un lunes tarde, por qué no? Yace ahí inconsciente esa ganuza perenne. El niño que quiere su semanada de fuegos artificiales. El credo de que la vida mola tanto que a veces se inmola. Un respirar que inhala y anhela pausadamente, pero sin dimitir de corazón milagrero.

Es ilusión sí. Es bello. Es una gran confianza en la vida.
O no. Porque tiene su algo de compulsivo, de inhalador. Una fe que no descansa porque se agota.
Los sueños no existen. Esa es la gran verdad donde caerse en la cresta de la ola del positivismo. Caerse bien, abandonar la militancia en los sueños. Porque esos sueños concretos nunca se cumplen, esas proyecciones y películas acaban teniendo otro sabor muy diferente y muchas veces un reparto de protagonistas nada esperado. Los sueños se cumplen, pero no como los esperamos.

Pero no dejamos de visualizar. Los que profesan la religión de visualizar, están pendientes en cada esquina del día que su deseo se cruce con su anhelo. Qué bonito monumento a la desesperación. El resto tampoco pertenecemos al club del desapego. No nos proyectamos grandes logros, pero no nos basta lo ordinario, lo que venga, enseguida nos sale la querencia y la fijación por lo extraordinario, lo especial. Los fuegos artificiales.

Lo hacemos por frustraciones previas y colindantes, que nos empujan al doping de experiencias. 
Vivir en la simplicidad, de una forma minimalista. De una manera poco artificial en el mundo de la naturaleza ya hipermegasofisticada de propio. Hacerlo desde un cuerpo humano que humilla cualquier gadget último modelo. Y así,  captando la densidad de lo ordinario (dirigiendo ojos y conciencia a otras historias), tal vez se llegue a la gran satisfacción de vivir en la nada, en un mundo vacíado de lo accesorio, y en un mundo igual o más candente, donde no pasa "nada", pero es suficiente y colma. 

jueves, 11 de enero de 2018

Miniaturas megalíticas del movimiento


Claro porque esto de escribir es una descarga de material candente y depende de una configuración mental. El material fresco que se descarga nunca será el mismo si en el lapso de unos segundos,  intervienen las velocidades puntas de la inspiración. No tengo ni pajolera idea lo que deparará esta segregación escrita.

El libro de Fritz Perls es una autoterapia más que una autobiografía, pero es que no existen secciones en el imaginario editorial llamadas autoterapia, así que se deforma su presentación con etiquetas predecibles. En "Dentro y fuera del Tarro de la Basura" Fritz habla de minisatoris. Me parece francamente interesante fraccionar algo tan definitivo como un satori. Para los que ignoran a qué realidad se refiere esta palabra japonesa, indica la iluminación, trance, estado místico, nirvana, al que se llega después de un arduo y largo proceso vivencial. Es la gran meta espiritual. Por eso hablar de minisatoris o hablar de microenamoramientos (oído por primera vez a Teresa, compañera de SAT), es una muy bonita forma de cortar la propaganda de lo Absoluto. 

Otro hallazgo bestia que emana de Fritz Perls en este libro escrito durante su estancia en el instituto Esalen de Big Sur, se cifra en la frase "el arte como síntoma". Se refiere al arte fallido, postizo, amateur, no lo dice él, lo digo yo. Y luego, comenta entender una metáfora como un minisueño. Algo que me parece genialoide y abremundos. Una metáfora no sería esa figura de patinaje en el lenguaje como la que me acabo de marcar, un gesto imaginativo que ilustra por analogía dos realidades paralelas. Funcionar operativamente como psicólogo Gestalt, artista o chamán, es creer en un gran depósito o inconsciente colectivo donde la mente puede pescar imágenes algunas de ellas muy afortunadas, capaces de ilustrar con una mera escena el hondo significado de una realidad compleja que se quiere explicar. Los sueños también son películas producidas desde lo más hondo, a veces con guiones inversemblantes, efectos especiales asombrosos y de una viveza cien por cien adherida. Entender venirte una metáfora a la cabeza como un minisueño, es conectar ese vasto continente remoto del inconsciente con estos miniviajes de la imaginación, que por reducidos y súbitos parecen insignificantes e inconexos. Una metáfora no suele insertarse en un paisaje de metáforas de su emisor, pero está claro que los estilos metafóricos de la gente son dispares y diversos en matices como sus perfiles coloridos de personalidad.

Por último, tras los dos primeros platos, de postre quiero partir de la idea de nuestro gitano terapeuta acerca de que "sufrir siempre es en fantasía". Sí, el sufrimiento psíquico siempre impepinablemente se da en medio de la fantasía, de nuestra cabeza. El sufrimiento mental es invisible ok, y es otra realidad distinta al sufrimiento físico. 

Ahora añado. Los traumas físicos del pasado son irreproducibles de nuevo como dolor físico en el presente por medio de la imaginación. Los traumas psíquicos del pasado nos solemos recrear en ellos. Mentira. Sesgo fatalista de la mente. Los verdaderos traumas psíquicos del pasado son placados, segados e incinerados de la conciencia, a veces desarrollamos toda una personalidad e identidad en la vida para ello. Eso sí, los enterramos en el cuerpo antes que nuestra fantasía crea que hemos conseguido que ardan para siempre.

Y el vacío.
Siempre el vacío
Ese momento en que todo puede ser abducción 
El grave momento en que mentalmente todo se desertiza.
Sentir el gran vacío 
El vacío-abismo que asusta 
Y el vacío-fértil donde todo empieza a formarse auténticamente por fin 
Desfigurado. Placentario. Prístino. Mágico  

viernes, 5 de enero de 2018

Los hoyos mentales. Tu hacker interno


Encender el Pc no puede tardar seis minutos. Maldita mierda de evolución de Microsoft la última década.

A lo mío. Sigo sorbiendo las ideas encuadernadas de Fritz. Me gusta su condición de asilvestrado. Me identifico. Es nudista. No da gato por liebre que viene a ser el timo estandarizado de cualquier ser humano. Es un gilipollas. Un tío acomplejado e inestable, pero es un ser libre.

Yo soy un bereber de tiempo. Habito un desierto temporal, un Kalahari. Desde hace lustros. Ahora aún es más árido en ocupaciones impuestas. Tengo 16 horas cada santo día vacías de ocupaciones, soy yo quien debe decidir e inventar en que las empleo. No trabajo. Vivo actualmente en casa de mis padres. Soy un eterno estudiante y ahora mi mayor interés es el planeta Claudio Naranjo, psicología Gestalt de vanguardia y terapia corporal integrativa. Me debo haber leído seis docenas de libros este 2017. Más los talleres presenciales relacionados con los temas. Aparte sí, me he dedicado también intensamente al mundo de Tinder y apps similares el año pasado. Mi otro desierto ha sido el romántico. De los 16 a los 39 años no viví una relación de pareja con plenitud. Veintitrés años de sed creciente llevados con todos los trucos propios de una personalidad. Vosotros también empleáis vuestros juegos. Algún día os bajaréis los pantalones.

Contacto y retirada. Mostrarse y retraerse. La vida pulsátil y cíclica como verdad de la naturaleza pervertida de linealidad en nuestra especie.
Esto es un brochazo filosófico marca de la casa.
El anterior párrafo venía a ser un plato fritziano de mostrarse que he aprendido al leer su libro. Un ejercicio práctico de su "dentro y fuera del tarro de la basura".

Me gustaría hablar de los hoyos de la personalidad. También aparece en su libro. En los esquizofrénicos están claros estos boquetes y cráteres que desconexan (y desconectan) la vital coherencia mental de estas personas. En el resto de mortales, el club de más de siete mil millones de personas neuróticas que es la muchachada humana, también existen estos hoyos, puentes y desconexiones, en una medida más compatible con la vida. Pero digamos que un sistema que no es robusto acaba dando sufrimiento o una mediocridad seria en el goce de la vida. Es como tener una estructura emocional infantilizada que queda cada vez más erosionada con las exigencias de la vida adulta y con una vejez y finitud implacables. Las piruletas son ridículas cuando se pasa cierta edad.

Soy un poco anticristo de la normalidad. Lo sé. Me quiero cargar un poco el mundo con mi sonrisa de niño bueno y sereno. Mi altivez está disimulada y como buena criatura que ha sido educada a palos no tengo apenas una mordiente agresiva. Hace tiempo que tiré por el camino de la santidad. Con sus pecas de hipocresía consustanciales, sólo soy un maldito francotirador psicológico cuando me arrinconan a mala leche.

Y me canso. Llegados a los 5 párrafos es hora de descansar un poco. Hablé de los hoyos muy por encima. Nuestros puntos ciegos, escotomas de identidad que nos escapan, las grandes incoherencias emocionales que han sido perros a nuestras faldas toda la vida. Ese agujero negro que tememos, el vórtice donde se originan todos nuestros temores, la cueva donde vive nuestro principal autosaboteador, aquel relé que nos impide libertad y goce plenos. Aún más plenos.   

jueves, 4 de enero de 2018

De Umbral a Perls. Andén 3. No efectúa paradas


Este escrito va acabar en el blog. Y como viene de honduras, las propias, tendré que contextualizar cómo emerge tal contenido en el seno de un blog abandonado.
Quiero ponerme a escribir y orbitar artísticamente sobre la teoría de la neurosis de Fritz Perls. Estoy leyendo el anárquico tratado suyo “Dentro y fuera del tarro de la basura”, una especie de autobiografía que el fundador de la Terapia Gestalt armó durante su estadía en el Instituto Esalen. El libro es una confesión palomitera de un prospector de la mente humana. El espeleólogo del psiquismo siempre está detrás de la pluma, pero él mismo se define como gitano, y alterna comprensiones profundas del psiquismo con mundanidad cualquiera del momento, porque sólo quien aborda lo corriente con una actitud diligente y valiente puede pescar aquello que siempre resbala del psiquismo humano.

Normalmente los psiquiatras e investigadores se han puesto guantes y han acudido a una sala reservada de los procesos mentales suyos o de los otros. Obvian la imaginación rasa, las ocurrencias fortuitas del momento, la instintividad detrás de sus mentes y batas universitarias, lo que les muestra su actitud corporal del momento a la cual seccionan en un búnker habitual. Los investigadores se ponen el traje elitista de exploradores de la mente y siguen su personaje. Freud se lo puso un poco florescente y reventó audiencias, por ejemplo.
Fritz Perls en cambio, es un gitano confeso. Fundó por los 60 una de las corrientes mayoritarias en Psicoterapia cincuenta años después. Pero lo hizo a su manera anárquica y palomitera. O a ver si os pensáis que el artefacto racional del animal evolucionado miles de millones de años se iba a dejar cazar por un señor cenizo de bata blanca.

El primer estrato de las neurosis según este viejo salido alemán que de nada se esconde, es el de los clichés. Veáse toda la sarta de primeras convenciones sociales para contenernos entre nosotros de buenas a primeras. Ejemplifico yo mismo con: conversaciones de ascensor, fórmulas sociales de encuentro, señalética convencional, o el abominable mundo de los tópicos. Sirven para albergar lo correcto y el decoro, una pacífica y desvitalizada carne social que seda los instintos ante el interrogante de los desconocidos, foráneos, que cada vez más se agolpan alrededor nuestro en las aglomeraciones poblacionales, y a los cuales no abordamos oliéndoles ni mucho menos como hacen nuestras mascotas espontánemente. No somos tan sabuesos y perspicaces, solemos poner una pantalla en medio, y tiramos de fórmulas de cortesía estandarizadas. Paramos un primer impacto, y en su trajín extraemos alguna nota característica de la otra persona al vuelo según nuestro mayor o menor ojo clínico. Si se alarga el encuentro entra un segundo estrato neurótico que es el de los roles y los juegos. Cuando nuestra personalidad se empieza a mostrar, aparecen el rol de tímido, el juego del misterioso, el rol del salvador, el juego del seductor, el rol de la víctima, el juego de la captación, el rol del responsable, etc. Empezamos a proyectar todo aquello con lo que nos identificamos. Pero son personajes, posiciones de defensa que se nos escapan, infantería psicológica, que luego en privado y en confianza se matizan hasta ofrecer una faz muy diferente. Lanzamos nuestra avanzadilla, más conquistadora o defensiva según nuestro coronel instintivo que en centésimas de segundo sí lanza una estrategia como el perro huele y reconoce al instante.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Escribe otro


Escribo bien, dicen. No sé si he dicho alguna vez que no escribo yo. El Jordi común, mayoritario, del día a día se comunica fatal. Mi versión oral de mí mismo está coja y suele ser muy torpe en arrancar. Cuando cojo velocidad de crucero aún empezamos a trenzar. No sé si he dicho alguna vez que la presencia física de desconocidos bloquea mi soltura, me sale un reverencial respeto, y soy un tímido de manual.

Es por eso que ante el papel en blanco fluyo de una manera muy diferente. Los otros están pero apagados y silentes. No hay otro ritmo que el de mi cabeza a solas, encontrando su ritmo más adecuado. No es lento, es bastante fluido, pero no tiene las interferencias situacionales que empobrecen su comunicación. El papel en blanco hace de vacío fértil.
Entonces sucede que siendo yo el agente, las palabras emanan de una instancia interior que parece que me dicte las cosas. No es así, no me las dicta, no soy un disociado mental, pero algo dentro se pone en marcha tal que los duendes de la cabeza. La inspiración, el aliento, la acción, que viene de lo hondo de la cabeza y transfigura. El talento, poco o mucho, a quién pertenece? Es tan fácil creérselo. Mis dedos son los que escriben... Es tán fácil explotarlo... qué sé yo, echar unas gotas ante el sexo opuesto y dejar que actúe su efecto embriagador y letal para seducir. El talento es escaso y mal repartido. Yo diría que sólo nace de dos padres: esfuerzo y sufrimiento. En mi caso todo el gimnasio de empollón de pequeño y toda mi historia de sufrimiento en la alta adolescencia. Músculo, potencia por un lado, y flexibilidad a la fuerza por el otro.

A fecha de hoy, toda esta sarta de trofeos personales que son los escritos, son como un cuadro de un baúl lleno y abandonado en la buhardilla. He aprendido que no son míos, no soy tan yo el que los hace. En estos tiempos que nos queremos cargar al ego, que nos hemos dado cuenta que hay una sutil dimensión superior a nosotros (sí, voy de yogui y esto es el parque yellowstone), sé que mis escritos se pescan más bien en un lago colectivo del cual tengo la suerte o la desgracia de tener la llave, una llave.
Creo que no os lo había dicho. Quizás hago copias y os dejo alguna debajo de la puerta. ¿Qué llavero queréis?

jueves, 30 de marzo de 2017

No quiero ser una persona equilibrada


No quiero ser una persona equilibrada. Lo he sido toda la vida. Mi cabeza ha estado bien amueblada y la he llevado a cuestas a multitud de ferias de la cordura. Creo que eso permitió hasta jubilarme un buen tiempo.

No quiero contener desequilibrios. Quiero sostenerme, tener una robustez mental, una consistencia de carácter lejos de ser veleta. No quiero caerme de mí mismo como norma. Ni berrinches, ni euforias súbitas, e inmune contra la desesperación no excepcional.

Pero repito que no quiero la estabilidad de una mente cabal.
Eso es muy estático. No basta con una mente ponderada y madura. Ese chasis ya lo pongo, no quiero limitarlo conduciendo cabalmente. Se acabó cierto equilibrio estático. No quiero una mente equilibrada. Quiero una mente equilibrada y gimnástica.

Ya es hora de saltar al vacío. Que allí funcione el equilibrio. Ese tan ejercitado durante cuatro décadas. Nos va a empezar a gustar no lo complicado - de lo que ya somos profesionales - porque lo complicado proviene de un cálculo. La ruta de lo complicado ya se vislumbra de primeras, es ardua y costosa, pero es cuestión de tesón y afrontarla en etapas.

No vamos a seguir ganando esas ligas. Esos proyectos a medio plazo tan ataditos y épicos. Vamos a por lo que nunca hemos acometido. Lo que siempre ha permanecido bloqueado. Lo que siempre nos ha dado respeto. Lo que siempre ha surgido de un miedo atávico al que nunca hemos podido llamarle miedo.

Afrontar lo que psíquicamente siempre ha estado pendiente es ese vacío. Un ejemplo en mí es la timidez. Está tan enclastada en uno, ha funcionado toda la vida así, que uno ni identifica la ansiedad previa y mínima al contacto social, de todo tímido. 

Tenemos más vacíos en nosotros. Más bloqueos. Más límites infranqueables que damos por hecho que están ahí para quedarse toda la vida.

No quiero una sabia mente equilibrada que también está paralizada como en un régimen del 36. Puestos a elegir quiero una mente equilibrada y gimnástica. Que poco a poco se entrene en esos saltos al vacío de uno. Con algún coscorrón de novato, pero que vaya dominando los límites de mi ser y ultrapasarlos.

Una mente virtuosa y fibrada que se supere a sí misma. Pero no por fuerza de voluntad amigos. Eso ya está muy visto. Esa es la superación low cost que pulula por los perfiles públicos en todas partes. Eso es la tenacidad de lo complicado picadito en etapas que ya hemos dicho. Eso es forzado.

La vida es más fácil. Se puede hacer en un segundo. Sólo es ver el vacío del miedo y dejarte caer. No es sacar ningún músculo. Es dejarte vencer por el miedo y dejar de luchar. Las manos se pondrán solas al caer.

*no hagan lo que aquí se menciona en sus casas. La chapa del día no es aplicable para todo el mundo, pese a tener ojos en la cabeza y poder leerlo.

miércoles, 29 de marzo de 2017

El amor cardo


Hoy hablaremos de fealdad. Pero de una fealdad muy específica. La fealdad del fin de una relación de pareja.

Pareja es aquella complicidad íntima que comparte meses y años de viaje sin necesidad de moverse, en que pulula la magia y va un día y se despeña.

Porque para matar ese paraíso conyugal ha de suceder cierto crimen. Hay que palmar a dúo tan buena racha y enfermar paulatinamente. La poesía, se ha de volver funesta.

La pareja llega un momento que muere. Y existe un momento en que lo hace de forma muy poco elegante. Para aniquilarla ha de darse un momento verdaderamente feo.

Un no-amor apabullante. Una declaración de indiferencia ensangrentada y envuelta en papel de estraza, sí, como una carnicería negra de los sentimientos vigentes hasta hace poco.

Eso rebienta y deflagra la relación. Vuela por los aires. Aunque no olamos para nada la pólvora, tan sólo una puta presión en el estómago.
(sí, a mí también me ha pasado)

No creo que la expresión sea que el amor se pudra. No se pudre. No es cuestión de descomposición para nada. Todo es igual de enérgico, pasional y potente. 

Tampoco creo que mute en su hermano bastardo, el Desamor. Yo creo que los amores mueren por locos. Por excesivos. Por tumorizarse. Se salen de la carretera y la palman en un accidente sin ninguno de los dos ya al volante.

Y esa tarde en que ya nos estamos precipitando a dúo hacia el más allá, solemos darle matarile antes que se estrelle contra el suelo. 

Lo matamos antes que se muera, con alguna burrada que queda para la posteridad. Nuestro testamento en la vuelta de campana es cierta ida de olla que ya es un boleto para tú a Boston y yo a California.

Los amores, llegados su momento feo y horrible, se acaban por expulsión.

lunes, 27 de marzo de 2017

Las canciones del más allá


La felicidad al final reside en las canciones que aparecen o no en nuestra cabeza al empezar el día por la mañana.

La vida es un musical sutil lo queramos o no. Y está bien que haya un indicador que no nos mienta.

No sé si existe un Dios, pero sí que hay algo superior a nosotros, más lúcido y cien veces más rápido, que en un instante automático emite un resumen certero de nuestra vida y además con arte.

Otras veces la música adveniza de nuestro jukebox lúcido es aún más francotiradora (en femenino, se hace extraño!). Porque no sólo es el tono de la música, la letra exacta es la que dicta y descifra nuestro estado interior.

Qué curioso que eso suceda en forma de música. Es como si hubiera una estrecha rendija de la lucidez y sólo la música, líquida ella, disuelto su mensaje en ritmo, pudiera colarse en la rendija del oráculo.

Los tentempiés espirituales que la música nos regala con estos cocktails emocionales y cápsulas cifradas a lo largo de nuestra vida son incontables. Nuestra vida en ochenta años se podría resumir y transportarnos perfectamente en un medley clavado de las canciones que nos han elevado y mecido.

A veces hemos vivido literalmente en una canción. Hemos tenido la sensación de morar en ella y sentido plenamente identificados durante tres minutos que no parábamos de reproducir.

Los salmos y mantras directamente son boletos de viaje hacia lo divino, puras herramientas talladas en la ferretería de lo espiritual.
Es difícil vivir sin las transfusiones habituales de la música, bregar descargados de música provoca cólicos al alma. Pero esto de la música es una droga muy juan palomo. El sistema alimenticio y excretor de la música funciona de manera muy privada.

La musicoterapia empieza a expandirse. Y sí, que menos que en el siglo XXI haya doctores musicales. Radiografías de esas mañanas sin música o con mensajes cifrados de dolor.

Gente, aparte de los agricultores, granjeros y cazadores de música, llámese músicos, que redistribuyan la exhuberancia de la música en el tercer mundo de los sin música. Que lo hay, distribuido aleatoriamente en los domicilios de cualquier ciudad.

Y al igual que Nietzsche sólo creía en un Dios que supiera bailar, parece que lo superior a nosotros no se manifiesta con el lenguaje lógico, las palabras y todo lo sólido de nuestro mundo civilizado. Parece que el misterio y las revoluciones en esta vida siempre brotan en el seno de la paradoja y de la música, donde no se las espera.