jueves, 6 de agosto de 2015

Secarral

Somos una colonia del verano. De ser una estancia donde conquistábamos la vida cada curva del año, de ahora en adelante el verano nos subsume a nosotros bajo las órdenes del calor. El cambio de régimen del verano de 2015. 

El golpe de primeros de julio cuando entró exagerado y descomunal hasta convertirse en norma, y nosotros aturdidos sin apenas constatarlo, dominados. Los días iban pasando y el verano de todos los años ya era otra cosa. Tampoco lo proclamábamos pues bastante teníamos con sufrirlo, dormir poco, ventilar el agobio, zambullirse a riesgo de sofoco, esconder la factura del aire acondicionado. No servía de conversación de ascensor pues el sudor ya terminaba cualquier discurso de la mirada diplomática.

Zombis de calor, disminuidos térmicos, acabamos dimitiendo del verano. El guiso emocional y aventurero de la estación balneario había cambiado de temperatura y su receta milenaria se iba al traste. 

Y yo ya soy un animal ex-tropical. En el verano de 2015 me cansé de los veranos, dejaron de ser sagrados y anhelados, me acordé del antipático invierno, y empecé a amar más al entretiempo, como una separación y cambio definitivo de cónyuge climático.

domingo, 21 de junio de 2015

El ángel Wozniak y el demonio Jobs


¿Cómo podría explicar Steve Wozniak la trayectoria modesta y secundaria de su vida? Él fue el demiurgo de Apple, pero nunca un Dios ha sido tan despedido de su condición. Como superdotado de una época y en el origen del valle del silicio, Wozniak simplemente quería regalar su invento revolucionario. El clásico ingeniero genialoide y bonachón tan inteligente como nada ágil socialmente. Una persona feliz, tocada por una varita de lucidez abstracta, que cree ingenuamente que su maravilloso mundo de números goza de la misma armonía en el resto del orbe. El yan y el yin que forma con Steve Jobs, pura ambición, bulimia de éxito, angel caído desde una temprana orfandad. La cara de Steve Jobs cuando oyó que Wozniak quería regalar el futuro Apple I. La eyección al hiperespacio de Wozniak en la posterior singladura empresarial de Apple. Y como treinta años después el trozo de pan de Wozniak, igual de ufano, guarda cola para hacerse con una nueva versión del Iphone en un lateral de las tiendas Apple.

Era el amigo de Steve Jobs más friki - un protofriki -, y el empresarialmente más autista alrededor suyo. Con la personalidad parasitaria del primero, su relación fue el encuentro de un chucho feliz trotando por el campo y una garrapata paciente esperándole en un junco. Puede ser que le sorbiera la genialidad y el santurrón de Wozniak no sea capaz del rencor. Que ésta sea la historia californiana y contemporánea de un ángel y un demonio arquetípicos.

Existen dos palabras hermanas y cainitas en todos los idiomas: inteligencia y astucia. La primera no suele tener hambre, se alimenta de la imaginación exhuberante de su mente. Así como la lotería de la genética te puede dar un físico porsche o tener chasis de miss, los reyes magos de los genes te pueden traer un juguete en la cabeza con potencia de pentium ene que te permita un banquete vitalicio con el universo.
La astucia es la inteligencia, poca o mucha, con las alas del hambre. No es nada intelectual, funciona a base de carteles sucesivos de 'Wanted' y las recompensas que otorgan. El niño, el perro, la zorra, son capaces de encumbrar su justo intelecto si desean fervorosamente algo. La astucia es una fiebre, que siempre tiene que ocurrir antes de la desesperación. No sigue otras leyes ni otro tempo que los del fenómeno físico de las olas: mar plano, incitación, viento a favor, timing, crecimiento, y rizo monstruoso del mar, o de la inteligencia. Nuestros momentos astutos tardan en montarse, configurarse, como las olas, a menos que seas un mar cantábrico, encajonado, hambriento, recurrentemente zorro y robaperas. 

O bien como Wozniak y tanto ingeniero de telecomunicaciones, que seas lago de alma, alpino y acotado, y no mar. Que nunca te crispes como un buda alfanumérico. Que tengas un mundo interior autosuficiente y feliz como un océano pacífico binario y real.









sábado, 6 de junio de 2015

Te voy a comer to lo negro: la novela negra


Todos tenemos una puta, un entrenador de fútbol y un escritor de novela negra dentro, está demostrado. El otro día ponían conos en la Casa del Libro para que al avanzar por las secciones no pisases los nuevos libros de detectives con o sin gabardina que les llegaban a razón de cinco a la hora. Y es que la novela negra con detective antiheroico que masca la madurez entre caladas, es el nuevo utilitario que la marca Ford, Planeta o Mondadori, equipa para sus clientes. Más bien, es el utilitario donde se siente cómodo un escritor-a, el utilitario trama donde subirse, tirar millas y cobrar el estipendio. Todos tenemos, Carmen la portera también, un inspector de policía dentro que aparece una hora después en el lugar del crimen, mantiene charlas con testigos y suoboficiales, tiene una vida mortal y doméstica detrás, y en sus horas libres se dedica a resolver los crímenes de forma pausada como para que quepa en quinientas páginas. Alters ego que viven en un ecosistema templado, de profesión candente pero que con su moverse diletante y espaciado, dan una fantasía sostenida de misterio dosificado mientras incrementan la condición terrenal y mundana del protagonista. Al final la empatía del lector es total con el detective, que pasa de especialista criminal a hombre común, y empalma con ese inspector original que ya todos teníamos dentro, con lo cual se llenan las gradas de aficionados, y Ford o Planeta pueblan de banners el estadio. 
No estamos más que operando sobre un arquetipo colectivo, pues de ello se trata cuando activamos tales resortes ancestrales que hacen brincar personajes con el crimen, el sexo o lo lúdico/balompié. Sin color que tiña el líquido neuroquímico, sin el negro de fondo de la novela, la receta no funciona tan fácilmente, ni es tan identificable, ni se patrocina igual. Que haya un crimen, muerte, violencia, es un recurso tan ancestral en la literatura oral o escrita como una descomunal polla mandinga eyaculando semen rosa pastel en plaza pública. Modere después la imagen, extiéndala, y ya tiene una vertiente para deslizar su novela. Sexo, violencia y balompié son los chollos, los signos de exclamación en todo argumento, aquellos que activan los botones biológicos para los que estamos programados. Son ese viaje del Imserso a redescubrir por vigésimonovena vez el Mar Mediterráneo, porque todos tenemos alma de trirepetidor de primero de Bup, y sin querer nos gusta comer las mismas gambas y leer la misma mierda cada verano, faltos de la mierda que se esnifa. 
Aquella batalla de atrapar la mente no desde un asesinato en el bosque vecino, sino desde una primera comunión del niño o desde un puesto de vendedor de melones, suele dar una pereza tremenda a mucho creador de tramas, jolín aquí ya hay que pensar, sin jokers ni to lo sucio, y me da peni porque yo ya tenía ese personaje antiheroico del detective tan potentón. Sí hija claro, ese personaje que no existe y que sale directo de la ecuación: crimen + solucionador del mal, involuntario, fallido, atractivo y real. Es el molde del Bien postmoderno, el Bien que se dejaba llevar. El detective es un ángel mundano, que muestra sus heridas, canoso, mientras su efectividad emerge entre muros y pañales, hasta coronar una cima provisional, pues el chollo de la novela negra como las de caballería, es que permiten la venta por fascículos acumulativos de quinientas páginas. Nuestras madres no se perdían la novela vespertina, la culebra, el lagartoreptil, nuestras mocedades más talluditas no se pierden la versión-csi de nuestros días. ¡Y aprenden cosas apuntadas a pie de párrafo como en el No-Do!

martes, 19 de mayo de 2015

Sálvame mea a Knausgaard


Me ha desestabilizado mucho leer a Knausgaard. Me duele el mundo. 
El primer libro que pedí de él ya lo devolví a Amazon en cuanto llegó, pues en los días del envío me pude hacer con un extracto de “La muerte del padre” y tras leerlo, no decidí otra cosa que devolver el ejemplar tal cual llegaba un par de días después.
Pero es que el otro día en la Fnac vi las flamantes fajas de sus nuevos libros, y como aludían sobremanera a mi proyecto literario, esa extensa autobiografía desficcionada que estoy levantando no de golpe como él sino a añadas y ondas, me vi en la tesitura de comprar uno de los dos libros posteriores al devuelto, para intentar comprobar de donde venían aquellos elogios gloriosos de los críticos en las fajas.

Y está tan mal escrito, sin más, no quiero perder el tiempo argumentando. Su obra es tal monumento megalítico a la irrelevancia, que me jode el revuelo que ha alcanzado el libro. Tanto que habrá que investigar sobre ello algún día, desvelar todos los actores y vectores de esta gran farsa.
¿Cómo un lenguaje plano puede dedicarse a transcribir minutos intrascendentes de una vida aquí y allá? Desde cuando existe la autobiografía de las paradas de metro, de las visitas del contador de la luz, de aquella vez que me cepillé los dientes en el lavabo una mañana, de junio, sobre las diez, y cerré el tubo, coloqué el cepillo, y me puse a atar los cordones, para después, ponerle la correa al perro, y bajarlo? 

Nos hemos vuelto locos? Hemos de perdonarle por escribir 3500 páginas en seis tomos sobre su vida cotidiana? Y su pobreza léxica? Me apuesto a que se puede hacer lo mismo con un dictáfono en menos de una semana por-favor!? Su gran mérito es hacer un "Sálvame" de su vida? Acabáramos.
Juro, a dios pongo por testigo, que Sálvame me entretiene más como obra cultural, relato o corpus narrativo, que esa aglomeración de banalidades y monumento megalítico a la intrascendencia que es la obra de ese señor escandinavo.   

martes, 21 de abril de 2015

El almacén de discos


Aquel julio nos afiliamos Xavi y un servidor a nuestra sociedad de dos tímidos, tras varios años para romper ambos hielos, continuando fieles y afines cada verano. De entonces en adelante puede ser que hiciéramos toques de fútbol de a dos, nuestro principal pasatiempo, más de un millar de veces. Que bailásemos cómplices de San Juan hasta la Diada en la pista, todas las canciones sentidas de un verano. Que hiciéramos listas y rankings de las chicas que más nos gustaban de la calle de Vip's, orillados en nuestra timidez. Y que pasáramos por el tamiz de nuestra tertulia los acontecimientos y gentes de nuestro grupo, chequeando la realidad en una comunión y visto bueno de a dos. El tercer cómplice de los veranos era Marcel. Junto a él nos denominábamos "Los tres pardillos", por nuestro retorno continuo de la calle de Vip's, la calle de fiesta, sin haber ligado ni por asomo. Como un país pintoresco de la periferia, en esas olimpiadas adolescentes nos limitábamos a participar, según el barón de Coubertain. Nos dedicábamos al deporte sexagenario de mirar desde la barrera. También ignorábamos la importancia del dóping. Buena parte de nuestros competidores acudía con la ligereza y el aplomo del alcohol, mucho mejor adaptados a ese ecosistema. Salir de fiesta siempre ha sido una peregrinación. Adolescentes y adolescentas que acuden a un mercado común como llevados por una gran flauta de Hammelin sonando invisible. Quien no acude es una minoría desplazada, porque no le dejan o cultiva aficiones barrocas, ya que los instintos de la mayoría sintonizan atraídos por el nuevo hábito. Siempre uno del grupo ha ido ya en la ciudad, o el otro tiene hermanos mayores que lo llevaron un día, y esos tiran de cada grupo hasta la gran convocatoria común en la nueva ágora de los tiempos. Su aforo multitudinario sienta cátedra sobre el hecho de que se trata de un proceso natural. Las discotecas son instituciones normalizadas como el colegio y los clubes federados. Para la estupidez del adolescente la magnificencia o decadencia del entorno de una discoteca es especialmente llamativa. Con su mente colmena el verlas atestadas reafirma su voluntad de estar, no hay mayor consenso para el adolescente que la presencia. Después el olfato a mayoría de edad queda saciado en esa atmósfera, como si fuesen habitaciones del futuro, escenarios de un teatro indefinido e incierto sobre la edad adulta, que atraen como un gran ojo escénico. Todo escoltado por la música, elemento que no cesa sumiéndolo todo como en una gran noria de tres, cinco horas. La música es la gran sustancia que camufla todo, que acaba dando sentido, todos sostienen la historia y se sostienen bajo la gran red de la música. Y no se peregrina cada noche del verano, o cada sábado laboral durante años, a escuchar música. El mundo no está lleno de tanto melómano. Salir de fiesta ocasiona el gran encuentro erótico de una forma orgánica. Los instintos y hormonas estrenados se realizan en estas ferias. La masa flotante de adolescentes afluye a verse, a gustarse, portan las flechas de su erotismo que allí se precipitan en diana y cobran forma. Son portadores de una energía que debe direccionarse, entomar su sendero. El tinglado mastodóntico de las discotecas es una gran carpa de una feria de energía erótica, ese es el gran sentido subterráneo de todo. Empieza la gran aventura erótica cuando esa energía está personificada ya en alguien del otro bando, focalizada y no desparramada, y se le sigue cada semana, se auscultan sus miradas escaneando interés, se catapultan sentimientos en tertulias grupales. Si el deseo desarrollado es correspondido, la energía entra en trance y viene la fase de dejar miguitas de pan avanzando el pelotón de miradas y gestos unos cuantos pasos. Si finalmente se entabla una conversación inflamada de sentimientos y comienza un noviazgo, se alcanza el cénit de la experiencia del bandido adolescente y se pisa el cielo unas cuantas semanas. Después, curiosamente, hay mucha probabilidad que los novios adolescentes se den de baja de los congresos discotequeros, salgan de la calle y se vayan al cine, hasta una nueva alta en el régimen de solteros.

Realmente no sé si nos gustaban las discotecas. Si aquello que era nuestra misa diaria o semanal tenía sus elementos soportados a nuestro pesar. Ni todos los locales eran de diseño deslumbrantes ni ponían música como en la Cavern de Liverpool. En cada pueblo o ciudad te encontrabas lo que había. Nuestro primer local a los catorce años, Hollywood, era un recinto viejuno con madera requetebarnizada para atraer alemanes en los setenta, que con la oscuridad pasaba por los pelos nuestros sentimientos de rechazo. Muchas discotecas iluminadas de día son museos de los horrores. A pesar de eso, y que de comer ese año tocaba Chimo Bayo y Doctor Alban te gustase o no, como párvulos de discoteca nos bastaba con poder charlar y tontear con nuestra primera novia en esa mámpara ambiental que provocaba la oscuridad, el ruido de la música y el ambiente vanguardista para nuestras vidas de la discoteca. Otra vez más, facilitar esos encuentros justificaba cierto cutrerío y hasta a Chimo Bayo. 
De mayores tuvimos que digerir alguna canción ridícula, idas de oda de dj's, aglomeraciones con donantes de sudor, cobras y calabazas, venenos de garrafón, y gemelos sobrecargados por querer irnos hacía horas y quedarnos no sabíamos muy bien por qué, vemos dos canciones más a ver cual ponen y ya. Como feriantes expertos, cada vez iba perdiendo un poco el encanto de la peregrinación, a la vez que la especulación con la bebida tenía números de cotizar al alza. En nuestro caso, la de los niños de mi comunidad de apartamentos, la transgresión con las drogas fue mínima por no decir abstemia, por lo que perdimos un vulcanismo interesante en aquellos tiernos y pacatos años.

miércoles, 15 de abril de 2015

El pavo filosófico

Echaba en falta menos pluralidad en la Historia de la filosofía. Se presentaban a las decenas de filósofos como versiones distintas de la verdad. No dejaba de ser un gallinero secular de la verdad. Esa verdad, la respuesta correcta, toda aquella jauría de intelectuales no éramos más que niños empollones y precoces buscando el diez en la pregunta más compleja a resolver. Adolescentes esencialistas, parmenídeos, estructuralistas de sangre, que habíamos mamado la religión de pequeños. No hacíamos otra cosa que sacudirnos de dogmas, en esa ardua batalla biográfica de los intelectuales contra la tutela moral de la idea de Absoluto. Había un eje vertical que todo lo transía, y la carcasa de nuestro pensamiento pivotaba sobre esa verticalidad de planos. El pensamiento llano, echado, horizontal, no sucedería hasta que se rompiera aquel eje. La megalomanía de todo filósofo, intelectual, político o empresario, está en funcionar todavía con ese eje vertical ascendente. Aquellas versiones de la verdad de la Historia de la filosofía no eran más que literatura (deforestada de adjetivos). Pero llamar literatura a la religión o a la filosofía era o una herejía o un sinsentido dentro de las coordenadas trascendentales de lo vertical. Decir que la religión cristiana era una mitología o que la filosofía occidental era una literatura resecada de adjetivos era demasiado ofensivo y genialoide para la época. 

Todos necesitan un sentido de la vida, todos debemos tener respondida esta pregunta de forma explícita o implícita. Nadie funciona con un vacío en la respuesta. Otra cosa es que nos convenga aparcar el cuestionárnosla explícitamente unos años o toda la vida. Se puede esquivar su planteamiento durante décadas, el ser humano es especialista en ello. Es lo común aplazarla, en el orbe hay los filósofos justos. Aquellos que nada más estrenada la facultad de raciocionio en la adolescencia se ponen a utilizarla de forma intensiva. Lo normal no es abordar la pregunta sobre el sentido de una vida de forma tan explícita, fabril y exhaustiva. Quiero creer que también se da en aquellos con una extrema vocación hacia la vida, aquellos cuya respuesta al sentido de su vida es algo urgente y extremo, que no pueden vivir con una respuesta aproximada, sino lo más precisa posible por la importancia de su vida misma para ellos. Creo que la filosofía es una forma extrema de vitalismo, pese al enrarecimiento que produce en la propia vida, la suspensión que provoca, su abstracción que parece abandonar los cuerpos. El filósofo sorbe la vida al máximo con las cañas de su análisis intelectual, rebaña la realidad a base de conceptos, crea un elixir mental concentrado del mundo porque en el fondo ama vivir en ese mundo al cual se pone a hacerle y picar una cantera obrera de ideas. Al filósofo no le importa ser un obrero impagado de este mundo, un fajador, romperse la cabeza, porque en último término ama este mundo. La admiración aristotélica como origen de la filosofía lleva implícita antes una atracción esencial del filósofo hacia el mundo.

martes, 31 de marzo de 2015

Martes 31 de Marzos


Acabo de alistarme y fundar la petición para que algunos meses del año pasen al plural, o que meramente se permita como una cuestión de estilo. Hoy es más 31 de marzos, que de marzo, todo el mundo lo sabe. Así Sabina también recuperaría uno de sus abriles por probabilidad.

Estos días están cuajados de primavera, como dispositivos con diversos sensores biológicos no podemos escapar a esta percepción. (menuda forma de decir el 'ya es primavera' del Corte Inglés). [para que después digan que la literatura no es raruna, alternativa y por suerte, poco metafísica y sustancial, versando sobre callejuelas de la realidad].
Meridianamente, el paisaje se enverdece, se motea de colores/flor, nos olvidamos las chaquetas en los coches, la piel se enrojece, se atesta la playa, como síntomatología y evidencia del presente. Mas subrepticiamente, de incógnito, la cascada hormonal labra otro carácter por dentro. El animal que somos abandona la hipoactividad del invierno, su configuración defensiva de cueva, y no sólo vamos a poblar playas y bosques, sino que todo en nosotros se vuelve más expeditivo, aunque en el proceso ni caigamos en su análisis. Después a los accidentes colaterales de la primavera les llamaremos de otra forma confundidos, con lo fácil que sería echarle el muerto a la sangre, alterada, de la primavera. Es más, podría haber un teléfono lírico de afectados, con un equipo de poetas cubanos al otro lado. Lo ven, esta idea surrealista es por ser víctima animal del cambio de estación.

A medida que me hago mayor las flores me gustan menos. Son tan oportunistas. Burguesas de lo vegetal incluso. De derechas, ya me parecen de derechas. Quiero decir, que como peatón habitual de campo, valoro el todo y no su producto estrella. Le he cogido cariño a los verdes y marrones de maeses vegetales durante todo el año, y este colorido mínimo, puntual y repentino, me parece más una fiebre discordante, o una belleza demasiado evidente como pasajera. Nuestra especie se desborda en primavera a recolectar todas las flores posibles, llenar despensas, regalarlas a tutiplén. Yo me imagino en cama de hospital y me parecerían demasiado azucaradas, me reconfortaría más un ramo verde y marrón del hermano bosque, básico y discreto poco dado a maquillar situaciones. Las flores son un chute más, y para el aula secular del bosque suponen un momento alienígena.

Al final la literatura es hacer transitar a la gente por parajes de lo imaginable nunca recorridos. Trazar nuevas calles al mundo y promover ese turismo. Por los marzos y los julios, la kale borroka de la primavera, y la floristería de tallos, hojas y raíces, para peatones bosquimanos. Extravertir un introvertido todo ese contenido que se le va precipitando en la cabeza como estalactitas estéticas inexploradas.

Contra la autoayuda IV


Leo un retweet de Luis Enrique Martínez, entrenador del Barça, que dice:

Corre, descansa, nada, camina, pedalea, haz lo q sea pero sobretodo...

lo que decidas hacer, asegúrate que te hace feliz.

Otra sentencia más de la heteroayuda sí. Que a algunos nos produce cierto rechazo a la décima de segundo de leerla. Cuando oímos que alguien vela por nuestra felicidad, así, de manera general, nos toca en parte la poca intimidad que tenemos. Oiga, yo no reparo en un cajón de mi existencia que responda a la categoría de felicidad. Es más, ustedes lo inventan, es una fábula. Digamos que aquello que ustedes no paran de mentar como el axioma de una nueva religión, y que hasta imprimen en tazas de desayuno, no es más que el resultado de una profunda ecuación con muchas variables, por lo que su doctrina me parece llanamente superficial. Se la quieren saltar los fieles de la autoayuda con una regla de tres, buscan atajos simplones o una receta manuscrita de algo tan hondo como la felicidad. Y como todo apostolado, como toda necesidad de afirmarse los nuevos sacerdotes de la sabiduría, te la implantan a la mínima oportunidad que pueden. Necesitan predicar para creerse aquello que en el fondo les rechina de una manera sorda. Es más bien el síndrome de la fe.

Nunca se mojarán los pies en pantanos científicos donde su estudio sobre la educación de los niños te puede echar un capote en los temas más trascendentales de cara a tu felicidad, ni mejorarán tu status laboral con la formación precisa que catapultará tu currículum, qué va. Ellos repanchingados en un sofá pronunciarán una sentencia generalista comodín, consolatoria, lastimera, concurridísima, de párvulos de psicología, sobre la felicidad, tu felicidad, y se aprovecharán de tus horas bajas con un autoengaño en una frase, tal que el "consigue tu casa con una pequeña aportación al mes" de los bancos, "conviértete en millonario con sólo unas pocas horas al día" de los trabajos estafa, "yo soy el amor de tu vida" de un tío enbolingado a las cinco en la discoteca. Una receta de una frase, un libro con dos únicas ideas parafraseadas de cien formas, una tirada de cartas de tarot, una partida de risk, un trivial, un parchís...

Me la pela tu "felicidad" de marras, me la pela mi felicidad. Cuando era pequeño una secta ya se encargaba de mi parcela en el cielo, y ahora vosotros hacéis ver que tenéis la fibra sensible por la parcela de felicidad de cada uno. No quiero más prospectos vuestros, no contaminéis con tanto panfleto, libro, taza y dejadme los chakras en paz, porque yo tengo uno muy grande por donde desembozan todos los otros y no voy exhibiendo su contenido por doquier como hacéis vosotros con vuestra boquita de piñón. Magos de la felicidad, ilusionistas, no secuestréis la insatisfacción de la gente y hacerlos un poco menos dependientes de vuestra cuenta bancaria, gracias.

domingo, 8 de febrero de 2015

También esto pasará, Milena Busquets

A los de la editorial les encanta deslizar la imagen de una Feria de Frankfurt infartada, milenizada, cuyos pasillos se parecían al Gran Bazar de Estambul un día de atentados. Cientos de editoriales trajinando arriba y abajo entre frenéticas carreras, para hacerse con los derechos de "También esto pasará". El hecho es que 29, y no 30, 29 editoriales extranjeras compraron esos derechos incluso antes de una primera toma de contacto con su público nacional. El libro apestaba a éxito incluso virgen. La cifra picuda de 29 y no 30, denota como se celebró cada paje del urdu, magiar o malayo, firmando el contrato hacia la audiencia universal. Milena había parido un melocotonazo. 

El libro es bueno de cojones. En mucha parte debido a que es una historia autobiográfica con zapatillas de novela. En un mundo editorial tiranizado por la novela, su ejercicio impúdico le obligaba a disfrazarse un poco, no vaya a ser que la falta de ficción y parapeto escandalizase la mente victoriana actual del mercado literario. La vida de milena blanquita de piel, Blanca, engancha porque es de carne y hueso, no de guión. Atrae porque es singular, no es como su blog simpático y de lugares comunes, sino que en el libro muestra un desnudo de su vida compleja y solista, de autor. 
Milena sabe donde están sus armas de escritora, y nos las cuela entre capítulos. Su arma, aquella tal vez que heredó y no cita, es la lucidez [relata una madre cableada con la lucidez]. Sus frases demoledoras, a partir de lo anecdótico (aka literatura), sus frases Primeras, de sabia de la tribu, filósofa de paisano, pasan a los anales de sus lectores. La bestia-niña de Milena opone la muerte al sexo, y tras dos milenios de debate estéril, nos convence a unos cuantos y le aplaudimos en una ovación interior y silenciosa, pero en Kerala, Hungría y Sebastopol. Ella seguro que la oye si está en algún escondrijo de Cadaqués. "aunque tal vez los amaneceres, como muchas otras cosas, sólo adquieran su pleno sentido de triunfo y redención en silenciosa compañía". 

Dice que no le gustan los escritores que se recreean en su jugo, en su talento. Ya es hora de que alguien quite la licencia a todos esos hijos de puta que hacen talar árboles para zumbarnos descripciones de paisajes, habitaciones y caretos. Busquets Tusquets tira de descripciones interiores, emocionales y/o estéticas, que es de lo que va esto de las humanidades. La fotografía y los globos oculares ya nos sirven para el resto. Editores, apuesten por la lírica, si quieren que les mida 29 cm antes de sacarla, que pasarse pantallas en los videojuegos de da vinci es feo para lectores cardados.
Y no se recrea en su jugo, cosa que ya puede permitirse petisina, nos puedes mostrar tu alma barroca. 

La historia se crece cuando aparece Óscar. Nada que ver con los bluffs de los amantes y posibles, que sacan la cabeza entre las páginas del libro. Óscar cabeza de toro es el último gran amor, alguien que aún puede transportarla a la dimensión mágica y grave en que los amantes se transforman en padres algunas noches oscuras.
¿Seguirá en un cuarto libro todavía hablando con su madre? [Irrumpiendo, de repente, celestial] Por qué no. Sería una marca de la casa, un personaje inabarcable e ineludible.
Este duelo es la obviedad argumental de la novela. Quizás también el motivo para que la autora por fin fuese escritora, lo que llevaba en ciernes, desmarcándose. No escribe el libro de la madre, escribe su libro personal abriéndonos su vida. Aquello miserable en nosotros que nunca aireamos o lo hacemos convencidos que es otra cosa, como su asignatura pendiente, ser un fraude de adulto, su versión albina del peterpanismo. Nos sirven las aventuras y desventuras cotidianas de Blanca, queremos las secuelas de sus historias porque llevan sus ojos con ella. Sabemos que el final del relato no es gran cosa y hasta un fracaso en sí, pero adoramos los fracasos de Blanca y confiamos en su sabiduría perra y torpona. Como cuando nos hace llorar por el magno personaje de Rey, nos convence de su olvido entre verbenas y calas, pero termina el libro asegurándonos, que al final, se queda, con él.

miércoles, 14 de enero de 2015

TV3


Y de repente, entre sintonías metalúrgica de sampler, apareció TV3. Cierto era que en aquellos tiempos monolíticos inconscientemente se esperaban canales de televisión como agua de mayo, que fueron como los miembros fantasma ausentes de nuestro siglo veinte. Pero en 1983 un canal "autonómico" debía partir de cero y seducir a niños directivos y adultos exigentes. El éxito fue automático y por nada de patriotismo, que entonces se mantenía anestesiado, sino debido a la calidad. Mérito claro de los profesionales que levantaron TV3 con sus ideas, y los equipos pioneros que las sostenían, con la distinción añadida de nunca doparse con sensacionalismo, y no crecer a base de tetas, destape o tombolismo. Fue un despegue aeronáutico consiguiendo la velocidad de crucero súbitamente tal que un avión virtuoso.
Nosotros nos enganchamos a Filiprim, Tres i l'astròleg, Fes Flash, Oliana Molls, Vostè Jutja, Mag Magazine, Bola de Drac, Els Joves, y todos los programas que iban saliendo de la chistera. Un ejército de niños castellanoparlantes se topaba con un canal cojonudo y quedaba seducido por la calidad de sus formatos. Así claro, cualquiera. Sí, puede ser, acepto la comparación entre KGB, SS y TV3; las tres tuvieron un impacto considerable, salvo que la tercera arrancaba corazones en un sentido artístico el cual la subespecie de la caverna no posee de serie ni de lejos en su anatomía. A algunos nos dejaron empezar a ser catalanes, culturalmente, por ese gol rebuscado y guardiolista en la prórroga de la Transición. Hacer una tele los catalanes seguro que fue visto por el palco rancio de la península, como una suerte de ejercicios astronautas estrambóticos. Y veían monigotes, un astrólogo con una ruleta, un presentador hablando por un zapato, y se iban a dormir tranquilos, y unos. Casualmente, las personitas de esos programas no hablaban bable sino catalán, como la música que nos gustaba era en inglés pese a ser tan alieno, y pronunciar wachimei. Nos normalizamos, eso de hablar la lengua milenaria de donde habitas, por prestigio cultural, y allí empezó nuestro monstruosismo secesionista.

Mención aparte tuvo para mí Oliana Molls i l'Astàleg de Bronze, pues cada niño tiene sus programas fetiche y éstos traspasan la pantalla y convulsionan su vida durante unos meses. Adquieren una dimensión total en su vida y le conquistan inspirándole devoción, humor, temor y magia. Le envuelven totalmente y copan casi el sentido de su vida en un fenómeno fan a los ocho años de vida.