jueves, 16 de octubre de 2014

Nombres de otra pila


Cuajaban motes benignos como chichi, señalando las chichas de un empollón trozo de pan y hasta corrigiendo su sobrepeso de forma aceptada y con cariño, en ese tribunal de pulgares arriba y abajo que era la poética de los motes. Para otro gordito cuajó un simpático chorchete, para un tercero se perdió más el respeto con Toci. A un cabezón de Cou al verlo y saber su mote "la Tele",  no hacía falta hacer más clase de literatura, era telegráfico. Al que iba de transgresor y quemaetapas de forma bocazas le cayó un lúcido "Mayor" como seña. Al insoportable y repulsivo de trato, se le conocía directamente por el "Pégame".

El bullying, algo no descubierto todavía pero corriente, sentenciaba a los marginados con "Mofeta" "Gitano", apelativos que no dejaban dudas sobre la opinión de la clase. Estaban los motes ligeros y positivos, como "buñuelo", "crispeta", "potato" o "espárrago", y todas las abreviaturas de apellidos "canti", "santa", "turi" o "lechu". Frente a otros de clara antipatía como llamar "búho" a uno con cara de conde draqui, descartando la opción amable; poner "el huevo" al que era chorras como un huevo; "camilo" al que era tan resabiado y repelente como Cela, o simplemente pronunciar un apellido salibando y escupiendo porque esa persona inadaptable, entre otras cosas no sabía hablar de otra manera. Aunque el episodio más cruel jamás visto fue una masa de niños vociferar idos desde el patio al primer piso, "Piu dimite la clase no te admite" como si de la toma de la Bastilla se tratase.

Los profesores de los pacíficos cursos de primaria no tenían motes y eran llamados por sus nombres de pila, Manoli, José Carlos, Agustí... pero en sexto de Egb empezaba la selva, crecían pelos en las ingles, y comenzaba el hostigamiento entre la clase y los profesores. En sexto nos esperaba "el Bacterio", vivo retrato de los cómics de Mortadelo. En inglés tocaría "el Chino", un chino muy cabrón y con poca vocación. El mote más usado del colegio era el de "Porky" para el prefecto, su verdadero nombre Gabriel Cervós, era desconocido por madres, padres y pequeños. El cap d'estudis de Egb se ganó a pulso el mote de "el Peluco", cuando optó por abandonar su calva y aparecer con una rata gris poblando su cabeza. Circulaban otros más suaves y obvios como, "Barrilete", "Heeman" o "Bruja". En Bup esperaba "el Rana", feo y cazamoscas; al buenazo de literatura su voz le sentenció como "Alf"; al parias de Historia le llamábamos "Paco" porque no éramos tan mala gente como para llamarlo "Truño"; y al casposo Valverde de matemáticas le llamábamos "Lonchas" como digno personaje del programa "Al ataque".

martes, 14 de octubre de 2014

Apogeo y perigeo de un verano


Nunca había vivido un agosto tan calvo, arrasado de televisión, cine y noticias. Aquí todo el mundo ha desertado, se ha ido de vacaciones hasta la última neurona de la península. Sólo da para narrar el último minuto del traslado del cura con ébola, que si ha tomado tal calle tras parar a cambiar una rueda. Eso es este agosto, otro modo de hibernar, como si la realidad se preparase para un festival de referéndums y segundas transiciones en otoño.

De momento diez reporteros se plantan en Queralbs, siguiendo por calles empedradas y pirenaicas si Jordi Pujol ha comprado un pan con un billete de quinientos, o si ha ido al bosque a desenterrar un bote de nesquik con toda la información de la vacunación de sus hijos. Faltan tres cámaras más haciendo un reportaje del esperpento periodista. La realidad está de baja, está cansada. Ahora se recurre al hueso de Gibraltar, que cada verano se lanza a los españoles a ver si lo roen. El prime time también  se ha ido de vacaciones, el país ha cerrado la persiana como nunca. 

[...]

Hoy 22 de septiembre sí que se reinicia la cara A del día a día. Hoy vuelve a apetecer tomar té caliente, y lo manda el cuerpo, que es aquel que preside la vida, ya que mi yo no es más que un asesor adjunto. La lluvia de hoy no concede ninguna impresión más acerca que hoy se reinicia la gran rueda del año. También dejamos las conductas alternativas, y antes de tomar conciencia del inicio del reseteo, ya había retomado el desperazarme leyendo periódicos en el iphone, poner a Basté en la radio, o empezar a escribir y publicar mis adentros. Kobe espera en la parrilla del sofá su momento de paseo. Hasta hoy por fin los abogados se pondrán a trabajar y estaremos embarazados. Hoy es más lunes que nunca. 

A septiembre primero llegó el fútbol, después los cuerpos, y al final el ferrocarril de la cotidianeidad. Mecánicamente, la ciudad vuelve a estar atestada de nuevo; y en el campo se hace patente la luz ronca de septiembre.

domingo, 12 de octubre de 2014

24 horas en Verona



Los tenderetes del centro de las ciudades tales como los puestos cazaturistas de fruta cortada, en macedonia o brochetas, son muy absurdos. Apenas los vecinos de la ciudad pueden encontrarlos por sus barrios, pero se convierten en el recurso manido de los comerciantes del centro con las simples frutas a precios desorbitados.

Paseo Verona a las nueve de la mañana de un sábado de octubre, paseo el clasicismo tumefacto de las paredes de sus monumentos. Entro y salgo de sus interiores rupestres y medievales. Llegué ayer al mediodía, pero no estuve en Verona, mi cabeza era una cesta repleta de hierbas salientes y rastrojos que pinchaban. Madrugadora, desordenada, convulsionada de cotizaciones, desterrada de internet, estresada, desesperada, y rendida. Con horas de sueño y el caos bursátil resuelto, vuelvo a estar en Verona, Veneto, Italia septentrional.



Resulta que yo estaba alojado por el culo de Verona, su parte trasera. La faccia la tiene al otro lado, por el Duomo y el puente de piedra sobre el río. Allí ella es única, con esas vistas abiertas en plena ciudad a colinas con palacios y cipreses pintados por algún ser supremo. Te asomas y ves todo aquello, en un mirador accesible y peatón. El ciprés como obra de arte y especie vegetal, flecha esbelta y sobria que apunta al cielo. Quien diga que el ciprés es un árbol miente. Es más una pluma que un árbol. Sentarte en la ribera, sentir la serenidad del río fluyendo otro siglo más, acompañado por el canto oceánico de las gaviotas, que es un himno de la soledad y lo remoto. Verona, sede de la historia y la mercadotecnia de Romeo y Julieta, tendría que ser un paraje romántico de forma obligada por definición. Y lo es lánguida y medievalmente en los entornos del río y el Ponte di Pietra, como lo es en sus ventanas arabizantes y románicas a la vez, veronesas, europeas, soñadoras y flamígeras.


Las catedrales blancas y puras, menos terrenales, imperfectas y atractivas que las oscuras y barrocas en sus fachadas. La mañana avanza y con ella la masa, como sucede en todo núcleo turístico. Aquí los nobles y señores de la región, también emulaban a los faraones en el medievo dos mil años después. Plantaban en la calle sus mausoleos monumentales, esculturas barrocas y ostensibles, para, ilusos y ególatras, ser cadáveres y piedra famosa toda la vida, para un montón de desconocidos desafectos.


Las italianas por otro lado tienden a miniaturizarse, aparte de morenizarse con teñido o bronceado. Tal vez es de los pocos países en que se busca ser morena antes que bionda. Y Julieta, y el Balcón. La marabunta lo custodia, que viene a ser como el averno. El lugar está chicleteado, literalmente, centenares de gomas de mascar aplastadas contra los muros del patio donde Romeo trepaba al balcón de Julieta. Allí, over the che-gum, la tribu de los suertudos del amor graba sus nombres, y si no, atan candados a las enredaderas del patio, y si no, grafitean las paredes del largo corredor de la entrada, donde millones de nombres superpuestos ya no dejan verse entre sí, tachándose, en una pandemia del amor, y ahora se usan post-its encima, o los graban en las papeleras, o ya en las señales de tráfico cercanas, y hasta en mi mismísimo perineo si lo aparcase allí a un lado. El amor es asín de histérico y propagandístico, frente al balcón de Violeta, oh Violeta, perdón, Julieta!, se convocan los espíritus de un ejército itinerante. Los fanes y fanas del amor. Y Shakespeare por allí en medio. La condición circense del género humano y el marketing puro.




Pasaba por allí tras entrar en boxes gastronómicos. Pasta al dente y una baccalà que devolví por oler a muerto, me cambiaron, disculparon, compensaron, y recomendación que se ganaron [Ristorante Shakespeare, cómo si no]. Uno de los pecados capitales de este mundo es hacer la pasta blanda, pasada. En Italia jamás la encontrarás. En otras latitudes sí y sin condena. Es mera cuestión de texturas, pero estos aspectos sutiles de la vida despiertan o adormecen las emociones en el día a día rutinario.



El centro antiguo de Verona tiene demasiadas calles desiertas, sin presencia animal o humana, le confiere un ambiente desangelado casi báltico, falta de vida vamos. Los veroneses habitan la ciudad moderna alrededor, y pocos de ellos ocupan las construcciones palaciegas e impolutas de la ciudad vieja. Y en un visto y no visto subo a la colina de la ciudad y veo por primera vez a la urbe extendida a la vez que me despido. Veinticuatro horas en Verona que han cundido, y permiten tener el presentimiento que regresaré a pisar esta ciudad más tarde o más temprano.



lunes, 6 de octubre de 2014

Los mercadillos


El progreso hasta nuestros días ha obrado una mejora en la tecnificación, pero progreso también ha sido sinónimo de crecimiento en oferta comercial. Antes peregrinábamos a Andorra o la frontera, donde la libertad, a hacer las grandes compras. O bien atravesábamos la ciudad para llenar la despensa, en el único Pryca o Baricentro pionero que existía. Para ir a un Pokin's o un McDonald's debías acudir al centro de la capital, con una de esas tarjetas de autobús alargadas que ofrecían un descuento en su reverso. El Corte Inglés sí fue un invento antiguo, y entonces reinaba junto a Galerías Preciados como grandes almacenes. Llegada la Navidad era un acontecimiento la decoración articulada y magna de su fachada, pero dejó de reinar ante la apertura de miles de tiendas, se acabó el medievo comercial, y se empequeñecieron las representaciones de Navidad.

Lo que nuncá cambió fueron los mercadillos. Vendiendo melones, trapos, aceitunas y artesanía a mano del Camerún. Son entes inmutables al tiempo, puertas del espaciotiempo. Su condición básica y espontánea, una mesa improvisada y un telar recubriéndola, es más vieja que Matusalén, y se remonta a tiempos inmemoriales, y algún día los gitanos le llamarán lou-cos. Los mercadillos son un lugar ideal para el expolio caprichoso del niño, que aprovecha el caminar abarrotado y cansino, para suplicar a la madre desesperadamente por chuches y juguetes de los tendereres infantiles. Allí sacábamos esas pistolas con cargas en cubiletes de pólvora, los monederos colgantes de playa, las pistolas de agua con profundo olor a plástico, o los videojuegos de la época, acuajuegos, que se movían por palancas de agua.
La plazoleta del mercadillo era un lugar conocido por todos, locales o foráneos, uno de los epicentros del pueblo donde la chavalería iba luego a jugar entre cajas caídas y sandía espachurrada. Con el pasar de los años, ese mercadillo creció a la par nuestra, y rebentó el cinturón de la plazoleta, teniendo que emigrar al aparcamiento del nuevo mercado. Más adelante un mercadona lo hizo reubicar en el paseo hacia el pueblo viejo. Y así, como una bestia transhumante, ha ido resistiendo los embates de la modernidad.
El martes, los martes, el mercadillo de mi pueblo es y será ese día como las misas han pertenecido a los domingos hasta el fin de los tiempos.

viernes, 3 de octubre de 2014

Una mañana cualquiera


Chocan los contenedores de gente, sorprenden los cargueros, esa remesa masiva de individuos bajando al andén y siendo depositados a trabajar. A la hora, bien pronto, cuando toca. 
Como se consigue doblegar a esa criatura caprichosa, salvaje, escapista, que es el ser común, y acaba vencida por la obligación. Tras veinte o treinta años de preformateo en colegios y cunetas, se instala con calzador en los engranajes civiles. 
Como un reo se desfoga en el gratuito facebook, clamando las horas que restan del encierro laboral, y empapela todas sus paredes virtuales y ningunas, con los pósters de sus vacaciones. A veces fantasea con escapar, otras veces lo sueña. De joven flirteó con la vida bohemia, lasciva y beoda, hasta que se acabó la vida subvencionada.
La gran trinchera de esta esclavitud civilizada recae en aliarse con alguien bell@, showm@n, psicólog@ y mag@ con chistera, que transfigure una vida mediocre. Después se despierta de la idealización forzada, aka espejismo, y se suman los costes de abogado al divorciarse. Entre medio se tienen hijos, todo el mundo los tiene che. Y acaban convirtiéndose en la última cuerda para redimirse, son la tabla de salvación definitiva, la brega consoladora para que su vida sea algo mejor que la propia. Y todo por este mal endémico que es no ser aristócrata.

jueves, 2 de octubre de 2014

Los 80 domésticos


El día a día de una familia se concretaba en breves desayunos, para correr con la madre sobre calles empedradas en un Seat 127 al colegio. Comprobar antes de entrar si alguna editorial nos regalaba paquetes de cromos en la puerta como cebo, mientras una masa de niños abusaba del pobre repartidor-presa. Cuando las puertas del aula se cerraban, nunca  pensábamos lo que les había deparado la mañana a nuestros padres. Estaba más que asumido socialmente en la época, que el padre salía de casa a pelearse el jornal. Nosotros pasábamos cuatro horas de forma más o menos profesional en el colegio, y saboreábamos los caminos de la escuela a casa, el avituallamiento, la sobremesa con juegos, y el regreso más escopeteado a la tarde colegial. Nuestra madre se había pasado el día arreglando la casa, sin llamadas de móvil de su marido. Bajo sus gobiernos matriarcales estaba el cuidado de los hijos. Los maridos se peleaban con números, toda suerte de piezas metálicas, o mercaderes de humo. Las madres moldeaban niños necesitados. No es de extrañar pues la generación de padres de posguerra tallados con hielo, y el papel redentor en la esfera emocional de las madres. En un mundo marcadamente desigual entre los géneros, la tendencia para un niño fue que las madres salvaran lo que los padres traumaran. En ese artefacto chapucero, todoterreno y sideral, que son las familias, el equilibrio del sistema se conseguía con un padre fajador, una operativa restrictiva para los niños, una madre-pilar colmada de paciencia, un perfume religioso, y unos veranos libres y callejeros.
Tras el colegio le dábamos al deporte, a los dibujos, o al juego de muñecos que también hacían deporte. Nos poníamos a hacer deberes en posturas de equilibristas, y pronto llegaba la cena, cuando aparecía bregado nuestro padre. El día estaba coronado por algún programa esperado de televisión, El precio justo, el Un-dos-tres, la Copa de Europa de baloncesto. Y nos dormíamos o rezábamos o caíamos en el sofá. Nuestra vida y nuestra felicidad era aquella cadena de idas al colegio, chasquidos de juegos, dosis de deporte, entretenimiento de televisión, y estancia familiar a la vera de nuestra madre. La infancia es un viaje, con doble órbita, es un tránsito, y va acompañado del sentir de los exploradores y los descubrimientos, porque el mundo se iba moviendo y se nos iba apareciendo mes a mes, y a la vez nosotros cambiábamos, mutábamos progresivamente, en una metamorfosis suave y excitante.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Los niños como desinversión


Los cursos de Primero de Egb olían a campo y bocadillo, mirábamos alrededor a cuál era más nuevo, en una situación convulsa de estreno colectivo, caminando con más cuidado sin darnos cuenta. A nuestra profesora la acabamos amando todos en silencio, no lo dudo, aunque no nos lo hemos dicho nunca. Los niños de pequeños sólo concebimos y concedemos el amor a nuestra figura materna. Si hiciesen la estrambótica encuesta sobre parejas y amor erótico a niños de seis años, la madre sería lo más cercano a la pareja elegida. Después de las monjas del parvulario, que eran ángeles asexuados o bien lechuzas, pero no eran civiles, pasábamos a convivir seis horas al día con una mujer joven que velaba por nosotros. Como pequeños hombres manteníamos nuestras microfichas con la profe, y ella nos devolvía ese 0,01 % de tensión erótica hacia nosotros. Así que bajo una atmósfera tan idílica como vacía iban pasando los meses, y claro, llegado el día de la despedida antes de las vacaciones, fue dando un beso a todos, menos a mí, que por hacerme el interesante conseguí eludir ser uno más de los besuqueados por trámite. Y ahí terminó todo.
Primero de Egb tenía el profesorado todo féminas, pero de segundo en adelante la proporción macho dominaba de forma totalitaria.

En los países emergentes, los que rugen, y España lo era en los ochenta tras la eterna dictadura militar de derechas, en esos países la educación cobra una importancia radical. Los padres han probado el bocado acre de la vida al tener que hacerse un porvenir sin estudios, a base de sudor e incomodidades. En España un tiempo, o en la India en otro, pueden ahorrar a sus hijos esa brega ingrata y asegurarles un futuro feliz con la garantía de unos estudios. Las instituciones escolares se comparan en esos tiempos, se miden las instalaciones, se hacen rankings minuciosos, como si caer en una o en otra pudiera deparar un porvenir seguro frente a otro mucho peor. En nuestro colegio palpábamos esas referencias de prestigio. Para entrar debías pasar una prueba de aptitud; los profesores eran elegidos entre bastantes candidatos; ellos hacían referencias a ir a Maristas o no; por instalaciones había un cine mastodóntico, un museo de ciencias, una piscina, bar, varios laboratorios, tres patios, iglesia, y todo lo que los religiosos habían podido rapiñar en cuarenta años de nacionalcatolicismo. Así que los dos mil hombrecitos que acudíamos a aquella escuela en pleno Eixample de Barcelona éramos unos privilegiados por obra y gracia de unos padres que se rompían los cuernos para llevarnos ahí sin tener nosotros ni pajolera idea de todo aquello.

martes, 30 de septiembre de 2014

El léxico de mis abuelas


El léxico de mis abuelas siempre fue peculiar. La tía Marina, maestra de ceremonias de meriendas, nos ofrecía un mantecao, que era su forma de llamar al helado. Nos contaba que al tío Rafael le había dado un paralís, y que si teníamos ganas de hacer un pipinolis. Mi abuela era sencilla y auténtica como sus patatas fritas. Nos preguntaba si queríamos más norcilla, al color rojo lo llamaba encarnao, y nos decía lo bien que estaba Emilio Aragón en el vin noche. La tía Marina peinaba a domicilio señoras pudientes como la señora Baldovín, y exportaba de esas casas a su vida una aristocracia de segunda mano, algo incoherente que mi abuela llana siempre le tildaba de fantasías. También le recriminaba su servidumbre comercial a la señora Cardina, la dueña de un colmado que colocaba a mi tía los productos más caros contándole una procedencia legendaria de los mismos. Ellas eran muy diferentes y convivieron como viudas mucho tiempo. Una asentada y tranquila, la otra más infantil y sin hijos. La coquetería de mi tía no cejó hasta los noventa, y su última década la pasó ennoviada de un noventón al que nosotros llamábamos Arturito, que le recitaba versos en las comidas familiares hasta que un día decidió dejarla entre visitas a la uci. Mi tía consiguió preservar la ligereza de la adolescencia hasta más allá la tercera edad, en un acto egoísta, despreocupado e inocente. Su piso forma parte del museo de mi memoria, ese piso alargado con tanta madera marrón oscuro, que imagino al leer las memorias de los años cuarenta en Umbral, pisos que son un fondo de la memoria de todos nosotros. 
Allí batalló su lugar coqueto en el mundo, con mucho cristal y vitrina, revistas de celebridades, colorete e historias domésticas de marquesas; mientras mi abuela tiraba su pan duro en el café con leche, arrastrando con él la posguerra, y escuchaba a su querida hermana fantástica, como una versión plausible de ella, mientras releía las cartas rizadas de azul de sus hermanas de Irún y se evadía pensando en sus cinco nietos.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Juicio a tu escuela


Nadie ha llevado a juicio su escuela una vez ha salido de ella, por motivos educacionales. Probablemente nadie lo hará, los adolescentes no están para eso. Los padres y las instituciones de la generación anterior, forman parte del establishment educacional de los colegios del momento. El problema es que un niño es un artefacto propulsado en el tiempo por la vida, entra como un enano al sistema educativo y no sale de allí hasta los veinte, y de mientras el mundo se ha desplazado, ha cambiado, a un niño paradójicamente se le ha de preparar para un mundo desconocido y venidero. Los esquemas, incluso hábitos, de la generación anterior pueden quedarse obsoletos. Y la tendencia más común del ser humano es educar de acuerdo a lo vivido, sin proyectarse en el tiempo o dejar los esquemas abiertos, sino aplicar los patrones del pasado a un mundo que está mutando y ya no será el mismo.

Cuando relato la educación religiosa que recibimos, soy muy crítico y es fácil caer en ello a toro pasado. Los juicios tardíos a la escuela, llegan a partir de los treinta, en que uno sintoniza o rechaza esos órganos trasplantados que en las aulas se produjeron. Hoy testimonialmente sentaré a esa escuela en el banquillo, para intentar subrayar más lo bueno porque lo malo con los años se ha hecho más desvelador y acaba saliendo más que lo primero. En especial el hecho de formarnos en lo sobrenatural, y desde allí toda su ramificación cerebral en lo moral mientras ese cerebro vacío iba siendo inaugurado. El prepararnos para otra vida del más allá recién nacidos a ésta, cuando lo que más necesitábamos era adaptarnos lo mejor posible a la única que existía. Nos daban igual los siglos pasados como horizonte, porque hubiese sido preferible forjarnos en emprenduría, finanzas, educación sexual, humorismo, tecnología, soledad del siglo XXI o compromiso político. Pero adorábamos iconos en madera y no rezábamos ni la ley de Moore ni las bondades del Apple II. Tal vez hubiese sido un gran colegio si le quitamos toda esa parte supersticiosa, estigmatizante e invasiva que era la religión. Que es como decirle a la Historia que hubiese podido prescindir de lo supersticioso mil billones de veces. Pero en los ochenta, la educación todavía permanecía mayoritariamente en manos de la Iglesia, y la Historia es un proceso natural y consumado que tiene sus circunstancias y sus estadios irreversibles.


Sin embargo, sí teníamos ordenadores Apple en plenos ochenta en el colegio. La vanguardia aparecía entre enseñanzas monásticas. Papá colegio nos estigmatizaba con la religión, pero llegaba a casa tarde después de traernos medios punteros para el aprendizaje. De aquel colegio salías bien preparado para comerte la universidad, pasando sus cribas y utilizando todos sus medios e instalaciones. Era un colegio efectivo, donde tampoco faltaban los recursos necesarios para divertirte y no convertir aquello en un encierro. Actividades extraescolares, deporte sobre todo, festivales, torneos, salidas, colonias... Tenías todo lo necesario para ser un hombre de provecho, hacer una buena carrera, acabar copando una clase media-alta... supongo de forma paralela a todos aquellos que iban a salles, jesuitas, escolapios, de la misma ciudad. Lo de la religión iba en la factura, era la muleta que todo el mundo llevaba en la época, y la traspasaban a todo hijo de vecino porque los tiempos no permitían apenas otra solución. Esa cojera de la especie no te la curaban. Tenías que ser tú con el tiempo quien se desvinculase de una mitología hebrea, quien desligase su vida de la superstición y el más allá absolutista, quien se extirpase las balas masoquistas y uniformadoras de la culpa, y quien se pusiese a sorber el mundo y la vida como lo único real, a la vez que se iba extinguiendo.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Sucedió este verano


He hecho unas carreras por la banda del sueño. De cuando al dormir parece que corras en una cama nueva intentando atrapar al sueño que va más rápido que tú. Sucede cuando todo tu engranaje de hombre gigante está orquestado para desvelarte de forma precoz, herido de insomnio leve. Mi sueño lleva el dorsal 7, pues a esa hora se ha afincado hace tiempo para empezarme los días.

Me busco la horma estirada de mi cuerpo en los sofás de esta casa nueva, estirando el descanso. Me he levantado con los espíritus de Mortal y Rosa en la voz, y mi escritura resuena en su eco aquella obra tan densa. Dicho de otra manera, me he despertado con el aliento exhalando lucidez en el vacío frío del Norte. Será que esta vivienda es más una dacha, umbraliana, gélida, continental y esteparia, a años luz de mi ático mediterráneo, tan pacífico y ligero.

También es que llevo una densidad orbitándome, asuntos pesados en las alforjas de la mente, y eso le da este toque trágico y rosa a lo que vierto, aparte de producir el leve insomnio, que me roe dos horas al día este verano. Puede que mi estado rime con la campiña helada portuguesa de las siete de la mañana, con la densidad de esta casa centenaria y sus paredes de bloques inmensos de piedra, que la rima haga el empalme con mis catacumbas líricas, y salga este texto denso y pausado enfocándome un amanecer más de un verano convulso.

El Sol se lo llevará todo, hasta mi oficio de escribir. Me dejará sin trabajo una vez más, pues el trabajo sólo entiende de madrugadas, encierro y la hostilidad del frío. El trabajo se ha levantado conmigo al mismo tiempo, este oficio de descifrador de los estados mentales y líricos, pintor de la propia biografía o psicólogo exhibicionista. Buscamos formular la realidad con un pentagrama nuevo, lo que pasa todos los días despojado de lo manido, hecho convencional, tópico y que causa un virus de gente arrojándose cubos de agua helada por encima, como playmobils movidos por las redes sociales de una marioneta global.
Las campanas de las dos iglesias del pueblo estrellan el silencio, con un gong bruto. Pretenden escoltar la vida de las gentes, son los esbirros sonoros de la religión, que percute los sueños cada media hora instaurando rutinas subliminales. En aquel "Dios está en todas partes", había un plan staliniano de controlar la mente hasta en la forma de cortar el pan. Dios es un absoluto filosófico y el motor de un régimen absolutista en la práctica. 

Mi sombra perruna, mi escudero literario, no aguanta el ritmo de mi desvelo y se queda un rato más en la cama. Hasta que su radar de compañía se percata y viene a verme, alargando los buenos días. Necesita unas cuantas caricias más en el lomo, pues hemos alquilado una casa a mil kilómetros de nuestra cueva, y está algo desnortado. Enseguida, se mete bajo mis piernas y prosigue el sueño en mi regazo. Uno no sabe que hará cuando le falte un ángel peludo y particular alrededor suyo, cosa que pienso unas cuatro veces por semana.

El Sol empieza a entrar en la casa, como un gas benigno. Comienza a darle un baño de verano y ligereza a los campos y las casas, hasta entrar por nuestras fosas nasales y quitarnos lastre. Tal vez enseñando el pasaporte de mi mañana densa y gélida puedan dejarme seguir escribiendo, atravesando este país que no entiende de estaciones.
En la casa están todos muertos, lo que las paredes y los objetos, lo hacen mejor. Como las canciones en inglés al conocer su letra y asentarla, la espléndida casa va perdiendo magia a medida que mis ojos la poseen. Puede que pase también con las personas, cuando ya nos las sabemos. Esa portezuela del cerebro donde van a parar las cosas que ya no deparan sorpresas ni alteran temperaturas. 
Esta casa de paredes tan de aldea y justamente colorida y actualizada, con la decoración mimada en una cerámica apagada, antigua, y sugerente. Las lámparas azules donde deben estar, y los cortineros rojos de solistas en su preciso momento. Una moderna casa de paredes centenarias en armonía, que da gusto medrar.

Kobe y yo nos izaremos, tras la prórroga estirada del trabajo. Nos pondremos al fin en perpendicular. Revisaremos el jardín mojado de rocío, yo con la vista, él con nariz y vejiga. Cazaremos algo muerto en la cocina, o tal vez lo lleve a apresar algo vivo por el monte, aunque nunca lo consiga. Y luego cobrarán vida mi sombra humana y su hija. Entonces ya será mi hija, y empezará la brega de hacerla mayor otro día, eludiendo al tiempo e inventando protésis que la alejen de un padre que no la quiere. De aquí quince días activaremos un mecanismo para que un juez constate que no la quiere, y ella pueda ser libre y no moneda de ninguna vida resentida. De momento tiene unos bichitos de poca autoestima, nerviosismo y tosquedad, que cada día lavamos y ponemos tiritas. Pero hemos de llegar antes que el tiempo la haga mayor, antes de que crea firmemente que somos unos carcas trasnochados y antiguos.