martes, 4 de septiembre de 2012

Lenguaje subliminal y clandestino


Toda palabra que usamos al pronunciarla o al pensarla, va acompañada de una mini representación mental asociada. Si por ejemplo pensamos en la palabra jardín, y nos detenemos un poco a repasar qué imagen se enciende en la cabeza al pensar en la palabra... veremos que cualquier palabra tiene una especie de pegatina súbita asociada, muchas veces tratándose de un color que nos suscita la palabra, o bien otra imagen de un término que suena parecido [posible:jazmín] porque parece que al coincidir en varios estantes clasificatorios juntas, el imaginario se solapa o se contagia. Asimismo, algunos rasgos de sonoridad de la palabra muy característicos, erres o jotas marcadas, pueden contribuir a aparecer en la pegatina mental de una palabra.

Cuando emitimos una frase, un discurso, o pensamos de corrido, no nos paramos a observar la estela de apuntes que suscita cada palabra. A veces parecen perder todo ese puntillismo impresionista natural del lenguaje cuando se trata de un discurso. Pero siempre está detrás agazapado. Es en la poesía, o en el lenguaje publicitario, cuanto más se explota todo aquello que suscitan las palabras. Porque aparte de ciertas imágenes, algunos fonemas asociados también despiertan algunos sentimientos aupados por una pronunciación determinada.

Algunos hablan de la subliminalidad del lenguaje. Pues es verdad que existe esta clandestinidad de las significaciones del lenguaje, ocultas por una falta de tiempo de procesamiento. El común de los mortales no puede ir analizando la génesis de las ideas mentales, pues él las usa, las utiliza, por simple adaptación al medio, y en ello claro omite cierta conciencia del proceso.
Más tarde, puede sentirse realmente impactado e impresionado, por un lenguaje poético o publicitario, que le engancha sin saber muy bien por qué. Nada más allá que está siendo captado, es decir, al mismo tiempo que él capta todo ese reguero perdido por el que ha transitado pero que ha visto de refilón, sendero que le es propio y alieno a la vez como un brazo fantasma, sentido pero invisible... al mismo tiempo que capta aquello es captado, como si se abriese una compuerta entre esos dos canales incomunicados, y se produjese un reflujo en ambos sentidos.

Bendito aquel que puede moverse y manipular en ese entresuelo del lenguaje. Por ejemplo, cuando nos imaginamos los años 1987 o 1994, la pre-imagen en la mente que nos suscita, puede ser muy diferente a la que provocan 2005 o 2012. En mi caso los 1900 suelen adquirir un color rojizo, mientras que los dos miles gozan de un color blanco plateado o azulado, dado por su modernez. Seguro que si viese por la calle un cartel con un 2017 muy a la antigua, me engancharía un rato por el contraste que ya ha creado mi mente, por esa destilación natural clasificatoria que hacen todas las cabezas. Existe pues una franja del lenguaje semi-oculta, donde adquirir ciertos matices concretos puede hacer mutar las palabras y hacer que impacten por sorpresa a los ojos de la gente, una zona inflamable que siempre yace ahí, pero que mágicamente necesita de cierta aventura y arqueología para ir a rescatarla.  

2 comentarios:

Yves Gerbeau dijo...

Doncs sí, post molt bo, pots estar molt content! ;-)
No recordo a quina assignatura, però a la Uni vam parlar d'això.
A més, és un tema que professionalment veiem molt sovint. Quan posem titulars en portada sempre surten aquestes discussions.
Discussions estèrils, però que sempre hi són. La frase normalment és:
"A mí XXX me suena a YY". És a dir, una paraula que va associada a una imatge, sentiment, etc.
Amb els noms propis ens passa el mateix, no? COm escollim el nom dels nostres fills? Posaríem el nom d'un conegut que ens cau malament? no ho crec...
Paraula i imatge... Paraula i sentiment, sobretot.
Felicitats

Jordi Santamaria dijo...

Hola Yves. Merci. El mateix nom teu o meu sona molt diferent segons les circumstàncies. De gent que et deu dir Íbes a Aif... no és com tenir dues personalitats, però quasi dues tarjetes d´entrada.
Jo de petit a vegades era un altre, Jorge, i de més gran a països anglosaxons riuen o pregunten quin sexe és "Jordy"...