lunes, 23 de diciembre de 2013

La perroteca de Bucharest


Leo un artículo en El País sobre los perros de Bucharest. El censo de perros abandonados que deambula por las calles, asciende a la brutal cifra de cincuenta mil. Tal cual, sin datos de la policía y los manifestantes, 50.000. Perros como pueblos más grandes que una capital de comarcas.

Se trata pues de una ciudad surrealista, entre el cuento y la realidad podrida. He paseado por Atenas y fue la primera civilización que visité con vocación de perrera. Centro de la ciudad con acrópolis y perros de nadie, integrantes del día a día, despeinados y mendicantes. El número era anecdótico, dos o tres decenas a lo sumo, un mero testimonio de dejadez. En Bucharest hay manadas en cada calle prácticamente.
Es un epicentro, un foco mundial de algo, que nada tiene que ver con el concepto de civismo. Y no entiendo por qué no le han dado un premio, una mención, un algo, y el personal se encuentra el fenómeno cuando al viajero empedernido de turno le da por plantarse en Rumanía. La epidemia de abandono del mejor amigo, debe ser sólo una rima de toda la estrofa urbana y degenerada que contiene la ciudad.

Es pues un destino ideal para los amantes de las causas perdidas, tal vez sin retorno. Yo mismo, vería interpeladas mis entrañas en aquel abandono animal masivo, seres anecdóticos sin nombre que se descomponen de fragilidad y vulnerabilidad entre rascacielos y palacios. Llamada generalizada de la vida urgente, telegrama atávico a los orígenes, imposición de la destrucción y degeneración de la vida, con la septicemia cansada de la desidia.

Estaría ante una ciudad capitulada, invadida por la degeneración, con sueños de uranio y terror. Visitaría las imprentas donde se encuadernan los tomos de la ética del mal. Y dispersaríamos manguerazos de lírica por las calles, tal vez llamando uno a uno a cada perro, aerosoles de poesía, mala leche y coches bomba llenos de ironía. Bucharest como la perroteca del mundo, reservorio, centro de exportaciones Ceaucescu S.L. y así.

Bucharest o el gran acantilado biográfico para los mohicanos de los perros, los misioneros del surrealismo, o los líricos en estos malos tiempos para idem. Irse al epicentro del incivismo y quedarse allí preso, de todos y de uno mismo, como en cualquier lugar y en casa, pero en una versión lírica, puramente estética, de verdad mascota, pero igual de zoológica que las verdades fililales, extraviadas y humanoides de cada cual en su ciudad origen.

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