sábado, 27 de octubre de 2012

Radiografía del sábado


Cientos de millones de humanos consagran el sábado a las tareas de la limpieza por la mañana, para después remontar el vuelo y salir, hacer algo por la tarde, homenajearse la semana. Los sábados son un híbrido de fregonas y galas domésticas de tarde, nuestro Sabat contemporáneo.
Las mañanas de sábado siempre han sido despreciadas, limosneras de la semana, como una rampa para el fin de semana. De niños las usábamos entre pijamas y ojeras para perderlas, hacer un poco de deberes en batín, mientras la tele emitía bolas de cristal, magos de oz, cajones desastres, sabadabadás, programas todos como hechos a medida para la matinal del sábado. O bien las mañanas mueren yendo a la misa deportiva semanal de los niños, de ruta por la geografía de los colegios de la región, entre cafés calientes y bocatas de rigor.

Se llega a la comida y se come en familia o se siente que no se tiene familia, o bien está desperdigada, que es lo mismo. El fiestero ahora despierta de la madriguera, se despereza hasta la meriendacena. Vive otro cronos, ya se cruzó a las 8 con las quedadas de niños en chándal para ir a la misa deportiva. Repasa la singladura de la noche, sus batallas, sus trofeos, se reúne con la mesa cuadrada de sus amigos por what's app, trazan el nuevo plan de la noche.

La sobremesa es un hiato sagrado de la semana, una pequeña zona delicada de la misma, que si te la alborotan rehincha los bemoles. Se gana conciencia en ella del tiempo de reposo que es el fin de semana. El cuerpo, nuestro jefe íntimo, en la primera digestión del tiempo de tregua, no tolerará ningún traqueteo ni ápice violento innecesario.
Pasada esa clavada de banderita en el terreno del asueto, ya podemos vivir de puertas afuera, sin la cadenita laboral y su candado abierto. Habrá cines, quedadas con parejotas con hijos, excursiones a esnifar campo y playa, eucaristías futboleras y sexoses en nueva yorks locales, cada cual a su gusto.
Y se finiquitará el día con unas copas y toda su sangre, o con toda la grasa cultural de fracaso personal que supone terminar el día con El Gran Debate, test y síntoma que se pasta en masa, que la vida no nos ha deparado un lugar común de sábado noche sin bandadas de murciélagos peperos y sociatas, esas dos decadencias oficiales de nuestra sociedad.

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