jueves, 5 de abril de 2012

Los cuadros

A todos nos han dado miedo, o repelús, algunos cuadros de casa de algún tío abuelo. Ventanas pictóricas que nada tenían que ver con lo que se respiraba en esa casa, pero con personajes secos, poco humanos e intrigantes, bien realistas desafiando como nada la atmósfera de los demás.

Cuadros así dominan la casa desde la retaguarda, y son para los niños visitantes una efigie hipnótica. La tradición hizo colgarlos un día sin mucha voluntad propia, y hoy en día serían el único vestigio de la austeridad perdida, la pobreza abandonada, el eco remoto de una posguerra de otros. Estas alegorías de la pobreza, florescentes en caras huesudas, fondos negros, escenas de comida, y personajes labrados de arrugas, eran de mal gusto en nuestro boom económico. Pero más allá de combinar con el papel de pared y la alfombra, si para algo sirve un cuadrado-decorativo, un cuadro, es para ser un ipad prehistórico y monotemático de un solo mensaje. Usted elije, usted decora, usted tapiza. Yo creo que algunas familias echan de menos la alegoría de la pobreza del tío abuelo.


Lo de decorar escapa de todo raciocinio humano. Steve Jobs se pasó los 56 años de su vida, sin poder decorar una casa. Vivía en ellas con la decoración aplazada, en un amago provisional esperando el día de la implantación definitiva. En casa del diseñador del orbe, cuchillo de palo.
En lo doméstico, se acaba el discurso, o el discurso duerme, como todas las cosas de este mundo. Es el ámbito de las distancias ultracortas, algunas estereotipadas, otras soñolientas y en pijama, si es que no están dopadas de emocionalismo. Los grandes interioristas, de casas, como los escritores mueren si su obra se queda sin ser enseñada. No crean para vivir en ellas, sino para las visitas.

1 comentario:

el numeroset dijo...

Fantàstic! M'ha encantat aquest tros: "Los grandes interioristas, de casas, como los escritores mueren si su obra se queda sin ser enseñada. No crean para vivir en ellas, sino para las visitas".