sábado, 28 de febrero de 2009

La verdad es dérmica

Con las palabras de Carmen, dan ganas de tirarse como los saltadores de acantilados mejicanos, en salto en picado al vacío del agua, hacia un gozne del Sentido, buscando el mayor clavado gimnástico que haga enhiesto el sentido de todo.
Quizá esto intrépido, es lo que me compensa el sudar, la asunción del cayado, el frenesí del pionero, puede ser.
Y cuando uno va en busca del punto común del universo, la pregunta última, nunca la clava y se le escurre como pez ene veces.

Me imagino a la verdad a veces, como una piel sin ojos ni boca, pero con rostro, una piel con formas, un amago de lo humano, corpóreo y a la vez despersonal, una piel viva que se mueve y habla a su manera de piel, tan opaca como la dermis y con tan pocas pistas, pero tan humana y sensible por contra.
Una piel sin manos que hagan, la verdad se toca, se siente, se intuye, nos envuelve, una verdad-piel. Es como una membrana, que cambia por la transpiración entre el adentro y el afuera. Es en fin, como la piel de debajo de los ojos, que nunca será vista tal como es, pero siempre estará tan cerca de la fuente de visión.

Hay que olvidarse de la verdad a menudo y a la vez no olvidarla nunca. La verdad taxidermiza las cosas y es tóxica en dosis metafísicas. La vida es una vasta galaxia de cotidianedades ajenas a lo esencial, que sólo se asoma de éxito en fracaso, cuando nos doblan.
Pero un frasco, de esa intensidad de saltador al vacío, hay que llevarlo siempre, por lo que pueda pasar esta tarde, un comodín ontológico para cualquier crisis o triunfo aplacavida.

La alquimia auténtica es saber gotear ese frasco en la galaxia de la rutina, teñir de poesía el máximo posible de días.
La verdad cotidiana es la lucidez. Unas gotas de esa intensidad, perspicacia, hambre de conocimiento-aventura, deseo de espectáculo... bastan, para mutar el mundo, y hacerlo bello.
Después sólo hay que abrir la boca y soltar esas palabras, poesíA

La máquina lírica

Vamos a ver cómo estamos de escritura, y... veo como es necesaria la reflexión para notar que no está enchegado el brasero de las palabras. Mi contenedor de lenguaje no hace chup chup, el caldo léxico no humea con facilidad, la química literaria se desprende a cuentagotas. Ya vendrá otro Jordi un día a analizar y arreglar la caldera. El de hoy se despereza de unos días de dieta lírica. Porque yo le echo lírica a todos los guisos escritos.
Es curioso como llueve sobre los valles mentales de uno. Como se llenan y montan las cañerías en nuestro imaginario disponible, día a día, experiencia a experiencia, y forman nuestra presa literaria o artística. Después ocurre una caja de Pandora, una especie de viento involuntario, una barita imantada que coge las palabras y sus ideas en estiletes, para tallar la molicie del lenguaje en una figura esbelta y con olor propio.
Ese procesador maravilloso que tenemos en la cabeza, que en décimas escanea cientos de palabras y pesca la precisa, sumergiendo su brazo dentro de los miles de contenidos del cerebro, es algo gratuito y desmesurado, un regalo de serie, propio de una fiesta de cien cumpleaños.
De todos los viajes posibles el más remoto e ignorado es el viaje al centro de la cabeza. Ese subcontinente reducido a menos de metro cuadrado que es como un magma de energía nuclear en cuanto a imaginario contenido. Sin el cráneo cesaría tal vez la gran mascarada.
Y bueno, parece que se prendió con la chispa del inicio la máquina lírica. Funciona con vientos, es una pena que no se quede encendida buena parte del día, con esa mirada que tiñe todas las cosas y permite verlas más hondas, más íntimas y suyas. Otra instancia de mí, la atalaya que anota y prescribe, la que me auto-recomienda e intenta mejorarme, sentencia en este post que un secreto de la satisfacción de los días, es recordarme que existe esa máquina lírica, y que le cuesta bien poco ponerse a humear. Un poco de voluntarismo lírico, remata.

martes, 24 de febrero de 2009

Sambódromo




Tres treinta de la noche, sambódromo de Río de Janeiro. El ambiente es, una lo-co-mo-to-ra de sonido, la samba percute hasta donde la vista llega. Llevamos cuatro horas de carnaval, aguanto cocacolado, ya rendido, con el día caminado y 35 grados fieles cada hora a mis espaldas.

Desconectado ahora de la mara-bunta, y cambiado al canal personal del blog y vuestros ojos. Mientras aún la gente bota esperando el desfile de la escuela de samba de Mangueira, entregándose a repetir el mismo son durante hora y veinte minutos, unas 40 veces, en paulatino sambar y automatización de la felicidad. Millones de gente somos tribu de nuevo esta noche y las endorfinas salen espasmódicas al ritmo de los tambores en un africanismo revisitado. Hay reportaje amplio de la noche de hoy, ocasión única para el video y la fotografía.

Río no se acaba nunca, Vila-Matas y Parises sí. Es una ciudad insaciable, hipertrófica, no mesurable. Ciudad donde se sentaban los gigantes, en sus mogotes y colinas artísticos, prestada a los humanos para coparla. Tiene algo de mítica sí, mini-país engarzado con la naturaleza, estado, parque natural, urbe de cien barrios y tres cabezas, hogar de 9 millones de almas en coro, Copacabana y casco histórico colonial, Ipanema y ocho autopistas, Concha donostiarra y New York de playa, matraz en fin de imposibles.
Lugar auténtico como un pueblo de playa y capital yuppie como una city de Londres. Sitio para vivir varias ciudades, quizás cuatro, de las del resto del mundo.

Nos hemos dedicado a combatir el calor, uno de los principales quehaceres en Río. La tradición usa hacerlo con el playismo, verdadera cultura aquí. La arena es lugar de compras, práctica de baile, encuentro social y taberna, competición y entreno. Todo para exprimir el sofoco in extremis lindando con el sentido final, el agua "gelada" del Atlántico, elixir y condición de posibilidad de la vida en Río.
Dos temperaturas extremas, que fructifican en la neblina-vapor de Río, condensación de ese binomio. Y que dan subidones termales al cuerpo, experiencia levítica y precripción de salud de los médicos.

Y Río, pasará a mi biografía, como el lugar en que se me ató la vida a la de otra persona a más de 10 mil kilómetros de distancia, estando así de lejos y a la vez tan al lado mismo. Esas magias, labradas, del destino.

jueves, 19 de febrero de 2009

Sao Paolo

Escaleras de la catedral de la Praça da Sé, sitio tópico de Sao Paolo. He anexionado a mi manera este destino y le pongo el post como bandera, en estas escaleras tan paulistas, núcleo del meollo de la capital, centro psicométrico.

Sao Paolo no deja indiferente. Es una ciudad que uno no imagina y que no nos han enseñado en las escuelas o en la tv. Es una megalópolis de esas que decían que iban a existir, o lo más parecido a las urbes futuristas que Bola de Drac nos mostraba. Montones de desfiladeros urbanos, pasarelas, rondas, plataformas, la ciudad más vertical y de niveles que he visto. Un juego de puentes, cinturones, cañones urbanos, entre pertinaz paisaje de semirascacielos, sin urbanismo chato, y ausencia de barrios sin apariencia de centro. Todo es centro.
Un estilo de Castellanas y Diagonales como calle tipo, de arquitectura sententera que se aguanta con dignidad, orlado con una vegetación-jardín privilegiada de trópico. Sao Paolo está en un estante salubre y anticanícula, a 700 m de elevación. Y en los 70 debió haber un boooom inmobiliario-económico, que pobló de semirascacielos la ciudad como esporas... qué hay? 2000 edificios de 30 pisos o más?!

Es la capital de un país enorme, el corazón de un territorio infinito para el mortal, una megaciudad dinámica, moderna y desigual, con lo mejor y lo peor, en grande. Por sus oquedades de país en desa-rrollo se cuela la cojera de la modernidad paulista, favelas, mendicidad, pobreza y enfermedad.
El centro de Sao Paolo es interesante, un pasear peatonal entre desfiladeros walestritenses con aires de trópico y vegetación exhuberante, en medio de moderneces del siglo XXII, setenteces, ciudad señorial, y tamaño XXL. Un centro de ciudad que se me adivina único, diferente.

El calor golpea constante y produce más fatiga al pateo. Las brasileñas se pasean con camisas grandes de playa sin pantalones, que las hace elegantes en el trópico, entre señoras de playa, y oficinistas de las Antillas. Los jugos de frutas fríos se venden en cada bar de la esquina como seña de lo que refresca en el territorio, para poder proseguir el camino. Y yo voy a echar tras el descanso de piernas, un fisgoneo por el barrio de Liberdade, hogar de un millón de immigrantes japoneses. Boa tarde!

El fenómeno de la moda

Es curioso como los humanos repetimos conductas. El fenómeno de la moda huele a que tiene una raíz muy tonta, muy humana. Uno intuye ese chasquido explicativo pero necesita estar parado en perspicacia para cazarlo. La moda es una especie de contagio, una epidemia estilística. Hay un momento en que una nueva tendencia se expande, es visible, socialmente. Automáticamente, va a proseguir su transmisión. Son fuegos que arden. Los hay de focos muy potentes, destinados a triunfar en su alcance. Los hay endebles que pueden no llegar a arder. Y a lo largo una gradual intensidad de mayores o menores éxitos. Eso sí, en medio siempre ha de haber maleza, distribución, publicidad, medio. A veces una cerillita insulsa basta para ser moda mundial si la maleza distribuidora es inmensa.

Siempre existe la moda como que la estadística también existe y existirá. Es chocante que te digan que un color está de moda, lo es aún más que la moda dependa de lo que diga un señor muchas veces fantoche. La creatividad no va por cuotas. Es de naturaleza volcánica, silvestre y salvaje. Y si acabas en un concierto vestido de uniforme como todos los asistentes? También ya es una moda la frase "Sé tú mismo". Nunca entenderé la ansia de vestir de una manera porque el gorrino de la derecha lo dice. Imitamos a quien admiramos cierto, debe haber algún adefesio mental que lleva tatuado Bush.

Hay cosas que están de moda, esencialmente en el vestir, en las programaciones de tv, en las películas, los libros, todo lo que consumimos; y hay cosas que son moda. Moda estadística, cualidades que nunca cambiarán, como moldes de las cosas. La especie humana tiene su moda conductual, y los modismos cambiantes para todo lo que puede Mastercard. Las modas se ingieren porque molan. El molar ya es un verbo con hecho y derecho, muy postmoderno. Un gustar paladeado, lamido, corto.

La moda tiene parte de aprobación, consenso, prestigio racionado, eucaristía de la sociedad, afectuosidad del rebaño, sintonía con los vecinos, guiño de masas. Es calor social, mecherazo. Nada más ni nada menos. Uno de los vectores de La corriente en esa gran Ola de la distribución normal estadística (o la verdad en gráfico de la vida), que nos puede a-vasallar o rarificar, según el mucho o poco caso que le hag...

La Corriente

Puede ser que el movimiento heredado de todo post-adolescente del que hablé, forme parte de La corriente. La corriente no es más que ese fluir arremolinado que no percibimos conscientemente, pero que nos arrastra socialmente a sitios involuntarios. Un tíovivo de influencias sutiles, continuas e incesantes, que llueven constantemente y se filtran en nuestro aparato de decisiones. Mucha gente se casa llevada por la corriente, tiene la pareja de críos, va a la universidad a estudiar lo que todos, se compra el coche de moda mecido por la corriente.

Somos unos organismos de corrientes, cierto, de tendencias comunes que no por compartidas dejan de pertenecer a uno. O a veces sí. A veces se nos va la personalidad con el agua y nos vemos en un destino algo amnésicos y estupefactos de su camino. La vida precisa de mediatez, de tiempos muertos, de algún leve entrenamiento fuera de vida, de pista. Hay que saber dejar pasar la vida de largo a veces, como un surfista que escoge la ola apropiada para el espectáculo del vivir.

No hablo por mí, yo me paso de estrategias, parones, y nado de solitario. Carezco de corrientes, y un exceso de autonomía te deja a veces sin agua. Los destinos de la vida dependen de un surfear la sociedad, para ir a parar aquí o allá, aprovechar sus corrientes mientras se aprende la técnica de como bajarse de ellas en movimiento. Porque todas las corrientes van a la estación de Lo Mismo. A una masa homogénea en que tú eres calcado a mí, somos pura moda, programa. Las corrientes son un virus que programa. O los programas son corrientes de virus.

Siempre hay una satisfacción de capitán canoso, de líder de la vida de uno, cuando se pilota la misma. Llevar el maillot de la propia vida.
Pero el motor de la sociedad, un uno multiplicado, siempre es mucho más potente y siempre acaba dando uno a la vez, y retorna al yo. Hay que hacer un viaje social volviendo a dormir a casa. Nutrirse de la gran corriente y sortearla hasta nuestras islas, con nuestro propio mundo y nuestra gente. Con cuidado, porque se te lleva la corriente o te anquilosas en un yo seco y salado.

Mi Amazonas insatisfecho

Aeropuerto Eduardo Gomes, Manaus, cuatro de la tarde.
A veces queda bien fechar, pasar el sello temporal al inicio de un escrito, le da empaque, tono. Así pues, en la puerta de desembarque de Manaus, apuntando de nuevo a Sao Paolo. La capital brasileña del Amazonas catea ampliamente en cuanto a infraestructura turística. Algún día supongo les dará por aprovechar su infinito atractivo y explotarlo o compartirlo mínimamente. Algunos destinos se convierten en viajes equivocados cuando ya es demasiado tarde para ir a parar a otro sitio. El pseudoamazonas que he visitado quedará pendiente para atacarlo por otro flanco, sea la amazonia peruana, o una agencia experimentada de veras en él. El escrito es más bien negativo y quejumbroso, pero hay que rajar hoy de haber venido al Amazonas y que haya tanta dificultad para disfrutar de él.

Por otro lado la gente de aquí parece no saber de qué van las cosas, como si los mosquitos inyectarán atontina aparte de succionar el suero, en pocos sitios me he encontrado con este aturdimiento generalizado de quien se acaba de despertar a las nueve de la noche. Ni mapas en el hotel, ni guías en las librerías, ni agencias de viaje, ni más de dos excursiones generales, ni idea si preguntabas a taxista, informador turístico o carnicero. - Ah, que hay un Amazonas aquí atrás?! Ahora me entero senhor espanhol, jeje, sólo les faltaba decir.

El lunes hice la excursión en bote, en la que estás 4 horas bote que te pego, no ves un triste pez, y suerte que no me quedé en el lodge más de medio día, porque era una isla incomunicada y sin selva, donde básicamente veías el tiempo pasar, y cada cuatro horas había una actividad nada del otro mundo. Me encontré un valenciano que chillaba insultos y se comunicaba vía fútbol con todas las nacionalidades, en su español monolingüe y monolingüe. Y asistí a cuatro horas de conversación entre él y un finlandés sobre alineaciones, estadios, partidos, souvenirs, de dos únicas realidades: FC Barcelona y Manchester United, los equipos de cada uno. Mmm, muy del siglo veinte.

Al día siguiente fui a un museo de animales disecados tan grande como mi sala de estar, y luego al INPA, un parque conservatorio de flora y fauna de la zona. Esto al menos salvó un poco la escasez experimentada. Pude pasear a solas por una selva reproducida y extensa, pero sin bichos ni peligros, vivir esa sensación intraselvática, quizás la esencia de un viaje a la jungla, pero sin las incomodidades que una serpiente mortal te aparezca de frente, o un jaguar te amenace la carne.

Y uno añoraba esa travesía de varias horas selva de verdad adentro que no se me ofreció, o un piragüear entre canales selváticos, viendo algún manatí, tapir, o perezoso, transmitirme el sentimiento del lugar. Una calificación de dos sólo se compensa con un doce, y ya está pendiente volver, quizás por Iquitos o Ecuador, y compensar con creces y aventura este catear mi Amazonas soñado.

martes, 17 de febrero de 2009

80 minutos de viaje transmarino



[..] Una hora y cuarenta minutos de lancha cruzaocéano remontando el río Negro. Turistas australianos o durmiendo o dándole al palique. Puro palique, vamos a dejar la voz encendida diciendo lo que sea porque si mi vida no es una radio me deprimo. Como tampoco aparece Morricone, sino un tópico Tribalistas de música cerebral de fondo - como sin haber arrancado aún el telón de las brasilidades -, pues no los echo por la borda, se quedan en el bote.

Ayer Manaus me recibió en domingo desierto, de esos en que parece haber explotado una bomba nuclear en la ciudad. Mi amigo Andreu ya me ha advertido de como la religión y la familia mantienen unida esta inmensa pasta de 150 millones de pessoas, de las cuales la vasta mayoría están a 10 km del umbral de la pobreza. No hay otros consuelos, droga aparte, no hay otras ínfulas. O crees que está vida es la de mentirijilla, o te solapas a los tuyos como un caracol ex-ermitaño a sus conchas. No hay lugar quizás para el individualismo estanco, porque es como permanecer en el infierno de una vida sin sentido. ¿La palabra en "equilibrio" de verdad nunca apareció en la mente de nuestros abuelos colonialistas?

Y el sensato náugrafo va teniendo razón sobre la escalabilidad de Brasil, su tamaño desaforado, como una novela de un millón de palabras. Aquí, es importante la seleçao (bis).
Uno ha de dimitir de su viaje a Brasil, eso es una quimera, uno debe reformular y asumir su mosaico luso-afroamericano, el mero bautizo como visitante por horas de Bra-sil. Así que nos conformamos con oír algunas notas de una canción, nunca la canción entera. Consuelo de otro modo, para el viajero crónico joven.

Esto de viajar es una profesión de la cual uno sigue aprendiendo.
Y que zumbante es el motor del bote.
La orilla de la ribera del río, me sigue pareciendo tan parecida y a la vez mucho más lejana que la de Costa Rica. [Continuará...

El síndrome XXL


El escritor se apoya en los escollos anti-inspiración que le rodean, necesita mentar el ruido del motor de la barca, el zozobrar de 40 km seguidos en bote, y así exorcizarlos en el papel. Y asumirlos. Sin esta muleta no se puede proseguir.

Escribo en una especie de furgoneta fluvial del Amazonas, o llámese el destino demasiado vasto para un homínido. Aquí todo es gigante, un territorio más allá de la XXL que no se ajusta a nuestro transitar bípedo o fluvial de talla S. El Amazonas viene grande.
Habría que vivir en él, sobre él, un lustro para empezar a tomarle las medidas.

Uno fantasea naufragar en este bote y hacerlo concreto, suyo, no quedarse en el mirador de una cara del icosaedro. Lo más revisto son metros cuadrados de agua y de cielo, como en un océano, y es que el Amazonas tiene mucho de océanico.
Manaus no es para nada la idílica ciudad selvática y romántica que uno preimagina. Es una metrópolis. Con más edificios altos que Barcelona o Madrid. Con 2 millones de habitantes.

Y así uno se da cuenta de las medidas tan humanas del turismo en Costa Rica, el 1/10 de España con 40 Parques Naturales, más playas y volcanes, país abarcable y sorpresivo como una feliz caja de bombones. Tan selvático San José y el resto del país montañoso-tropical, sí viene a ser amazónico de veras, verificado desde aquí, madre de selvas.

domingo, 15 de febrero de 2009

Brasiles

Sobrevolamos los tres mil kilómetros de verde que separan Manaus de Sao Paulo. Sin haber sintonizado aún las coordenadas anímicas de Brasil. Sólo me he asomado, no he podido ver más. Dice el autor de este blog que la verdad está en los primeros segundos de las cosas. En las primeras impresiones que inaguran una habitación propia en el cerebro por sorpresa, impresiones que no están condicionadas por toda esa colmena de miles de neuronas durmientes de la experiencia, que se despiertan alborotadas ante el ruido emocional de la llegada, y se ponen a mirar y hablar como un auditorio ruidoso influyente.
Hay unos milisegundos de pureza donde lo nuevo hace clic y encaja en nuestra estructura. Luego el todo ya no nos deja ver con claridad esa parte aislada, ya se ha bañado de todos nosotros como un ingrediente desperdigado en una mezcla, ahora ya sólo podemos olerlo a tientas, no verlo.

El cerebro es mucho más rápido y sensorial de lo que se piensa, mucho más escáner que computadora. Pero es un procesador cinestésico, sin lindes entre los números y la música, sin tupperwares para los olores y las palabras, con estado gaseoso para los miedos volubles y el placer que todo lo impregna. Así una suerte de lavadora y computador mezclados.

Brasil se me aparece mucho más europeo que toda Latinoamérica, y a la vez más exótico que Argentina. Huele a resumen del mundo, con todos esos blancos que viven en urbes tropicales a espaldas de chozas y crimen despiadado. Un occidente isla en medio de selva, tercermundismo y oscuridad. O un continente selva moteado de exquisita modernidad y supervivencia a quemarropa. Un extenso verde desigual.
Si dicen que hay dos españas, no sé cuántos brasiles puede haber. Sao Paulo ya es un país, con 20 millones de habitantes o 3 Holandas en sólo su metrópolis, y 40 en su estado o 1 España. La costa que va de Natal a Salvador de Bahía puede ser otra forma llamada brasil. Río, el Amazonas, el Matogrosso... son hechos para cambiar el nombre del país a Brasiles, y hasta ponerle color a cada uno de ellos.

Me esperan 3 días en Amazonas. Como ya dije, un sueño cumplido. Ir a la mayor fuente de naturaleza del planeta, a aquella que se extiende horas y días en un Mapamundi, rebosada de animales y tribus primigenias, la selva de las selvas, el reservorio de vida del planeta, la fuente de vida del mundo, es toda una fortuna. Uno se imagina que al surcar los ríos se enciende una música celestial de Morricone a la altura del espectáculo, y uno debe aprender a meditar en esa experiencia, a destilar en alambique, a sacar lo más puro de uno, a miles de años luz de cualquier comentario de turista yankee mascando chicle, seré capaz de tirar al río cualquier subnormal yankee -o italiano- que pervierta con su imbecilidad esa melodía sensorial divina, valdría la pena ir a cuartelillos por estos ajustes de cuentas en pos de la vía mística.
Pues eso, próxima parada: Manaus.