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lunes, 19 de octubre de 2015

Thessaloniki 1/5


Llego al atardecer en un autobús eterno y maratoniano desde al aeropuerto a la avenida Egnatia. Se me está colando el aspecto decadente y vencido de la ciudad, por los poros de mi ánimo apagado y melancólico de un viernes tarde de bajuna, como gajes de mi travesía separatista de este otoño. Es por eso que el halo costarricense de urbanismo precario, también se me aparece como una alucinación desarrollista de la memoria.

Descargo maletamen en el cuco apartamento que he reservado, en mi debut con Airbnb. Procedo al primer contacto libre por las calles. Salgo en modo cazador de imágenes con la cámara, como en los viejos tiempos, y en hora azul. Las pausas de turista me molestan: desenfundar objetivos, recolocar la bolsa, atar los cordones de unas bambas insolentes.
La lírica se desatasca, después de semanas, no hay como agitarse en un traslado en avión, trasplantarse de peatón en un lugar remoto, y la lírica empieza a brotar como una planta estacional de latitudes. Y solo a 2500 kilómetros, a uno poco le queda más que escribir.

El lenguaje escrito se aparece ininteligible. No se entiende ni una letra, pese a que letras y palabras sean tan familia como nuestros antepasados, pero al abuelo cirílico no lo entendemos. En la capital remota de Macedonia ya estuve en el pasado, en el julio sabático y desertor de las ciudades fui a un pueblecito costero en la península de Halkidiki, y es mi quinta venida a Grecia. Es el trillado mediterráneo aquí exótico, o bien una prima oriental que siempre da bien de comer.

Salónica o Tesalónica, metro o hectómetro, San Sebastián o Donosti, en qué quedamos. El nombre originario y bíblico es Tesalónica, es el imperio otomano quien le duplica el nombre, y ya en su retorno heleno durante el siglo pasado recupera las dos primeras grafías. Su centro urbano es una batería de calles paralelas a la costa, surcadas por pasajes verticales menos populosos. En el vientre, intestinado sin puertas ni señalizaciones, mora el mercado, estómago pintoresco de la ciudad. La platería de los pescados, el virtuosismo multicolor de las hortalizas, la carnicería de animales degollados en exposición, el gitanismo universal de los textiles, son una bicoca para el fotógrafo amateur que se cree un Cousteau de los mercados de abastos.

Anochece y regreso a mi nido. Juego al candy crush de las conquistas online. Cuando me entra hambre ceno unas verduras con feta siguiendo mi régimen para revalorizarme por diez en los mercados. Antes de dormir hablo con mi familia, aquella con la que he compartido los siete ultimos años de mi vida, y que sigue estando aquí pese a la distancia y las separaciones. La luz del día se extingue, y yo caigo a las 10 de la noche como un monje en mi celda trasplantada.

Thessaloniki 2/5


Izo mi presencia en Grecia a las 4 am. En la habitación navego tres horas de madrugada en la pleamar de internet. A las 7:30 desciendo a las calles, que ya existen rumoreadas de buses y tráfico. Avanzo avenida Egnatia al este y se suceden los omnipresentes kioscos. No venden prensa, son la unidad callejera del snack, uno por acera, de forma perpetua. Se alternan con las cafeterías y sus mostradores de hojaldres. El hojaldre en Grecia es un sacramento cotidiano, bendecido por las espinacas y el feta. El hojaldre griego es el mejor que nunca he probado y de ahí su coronación habitual en las calles helenas. El hojaldre portugués, por ejemplo, es una práctica satánica de mal gusto frente al hojaldre griego que te cruje en la boca. Yo a estos polígonos deliciosos de hojaldre, triángulos o rectángulos en su mayoría, les llamo hojaldrikis, en un guiño que incluye a mi partenaire viajera de los últimos años.

Los viajes, no nos engañemos, son una suerte de homenajes a uno mismo. Un acto egoico de autodisfrute en que te mimas con expediciones a otras dimensiones culturales donde embobarte y estimular la admiración. Viajar no es otra cosa que exportarse a sí mismo, premiarse viendo mundo y escapar así de la prisión de la rutina cotidiana.

Tesalónica tiene un punto gótico en sus gentes, se da una familiaridad estética más cercana al meollo de Juego de Tronos. El pasado aún permanece en este siglo XXI cosmético y eliminador. Te vienen perfumes antiguos, te asolan olores olvidados a armario ropero, a chotuno, a carne de caza, a cuello borreguero, olores de caserón y entreguerras que no sabes bien coño cómo sobreviven.

Otro olor con el que me topo es el de unas hojas de romero que arranco en un parque. Que le voy a hacer, si colecciono piñas de pinos donde voy, y huelo los romeros y lavandas de los desmontes mundiales. Nací en el Mediterráneo, y soy fetichista de ello. El romero macedonio que arranco, me sulivella. El cabrón tiene un olor que pincha a cítrico y marino rápidamente, tiene rock and roll gastrónomico. Los romeros de casa están más dormidos. 
A continuación me pregunto el por qué del desarrollo de la enología y no de tratados acerca del romero, la sidra, o el rooibos. Podría dar para un libro el porqué del fetichismo cultural y barroco del vino. Otras sustancias no contienen un boleto a un cambio de personalidad como el vino, pero matices varietales y gastronómicos tienen los mismos. También entiendo que el peyote o las setas ofrecen un boleto supersónico que acojona, lo del vino es una revolución tranquila y pasajera, apta para las vaguedades comunes de la existencia.

Me guardo unas briznas en el bolsillo de mi romero estrella. Lo que sí provocan estas variedades locales de un producto, es el barroquismo gastronómico. Unos lineales calabacines a la plancha en una carta, pueden derivar a calabacines al romero y la sal, o divinizarse con el título de: calabacines blancos al romero fresco de Macedonia y a las escamas de sal ahumada del mar muerto. El progreso y la globalización pasan por requetegourmetizarse progresivamente, y no me parece mal.

Thessaloniki 3/5


Desde la emblemática Torre Blanca junto al mar, remonto la ciudad hasta el antiguo Foro. Alrededor de las ruinas milenarias comparten barrio las ruinas contemporáneas. Zonas ya no decadentes, sino deprimidas, un grado ulterior de degeneración con multitud de locales cerrados, destrozados, pancarteados, grafiteados, con un aspecto triste, condenado e irreversible. En sus aceras deambulan los perros de la calle, los vecinos comunes del histórico teatro de Galerio. Perros grandotes y mansos, que dormitan en su vagabundez, perros abandonados por humanos con una vida más perra, en esta costumbre adefésica de la Europa Oriental sureña, con epicentro en Bucharest y su radio circundante. 

Prosigo mi marcha espontánea camino de los mercados ventrales de la ciudad. Me acompaña una vieja amiga griega, de nombre bursitis y que se ceba con mi rodilla operada. Igual de raquíticas son las barandillas de todos los edificios que me circundan. Después del gran incendio de principios de siglo XX, la reconstrucción dejó un panorama de apartamentos playeros desarrollistas por toda la ciudad. Las barandillas raquíticas de los balcones testimonian el urbanismo precario del bloque común que puebla estas calles.

La ciudad es un mirador al mar, a su bahía, y los barcos cargueros son como mastodontes cotillas agazapados mar enfrente. Se transmutan en edificios varados en el mar, los barcos acaban siendo referencia para el foráneo, que no los pierde de vista al ir cruzando travesías de calles. Aquel marrón que draga se transforma en un monumento pasajero que indica la altura de una plaza, el azul que no se mueve es referencia perpendicular a la zona de los mercados, etc. El mar hace de mapa como un espejo.

Me compro unos souvlaki y me los hago con verduras frescas en casa. Consigo hacer una siesta que compense la burrada de hora a la que me desperté. A las 15 h reanudo mis paseos de polizón por Salónica. A esta hora de la sobremesa de un sábado la gente joven está apilada frente al mar y al café. El autóctono sabe que Se toma café, por decreto biológico. El café es el mate camuflado de estos gauchos egeos. El griego está intubado al café como rutina social, pese a que este aspecto no haya entrado en el esquemático contenido del estereotipo heleno, desplazándose al de los italianos, más cercanos y matizados.
Los mejores y más vanguardistas locales de Grecia están destinados al café, aquí nada es decadente ni deprimido, sino todo lo contrario, superan los estándares de sus equivalentes europeos: de diseño, a la última, sobrios, elegantes y envolventes. A los griegos tampoco les importa pagar 4€ por su frappé alto, espumoso y gourmet, acompañado de un vaso de agua mineral y un bizcocho. Es una eucaristía social, con el café de sacramento. Los locales están llenos con tribunas sucesivas frente al mar.

Thessaloniki 4/5


En las terrazas asoman griegas esbeltas. Mi esquelatura de Minardi surca el paseo con resultados de Minardi. De vuelta a los circuitos eróticos fortuitos, no hay otro destino que cambiar de escudería pues poco importa el pilotaje en las frenéticas distancias cortas que gobiernan el mundo. Me recuerdo del aplomo del alcohol, de como muta la densidad de la personalidad y nos cambia momentánea y fehacientemente del material que estamos hechos. También en el paseo litoral por el malecón se me ocurre la posibilidad de armar un libro crónica de este otoño de viajes y separación que se avecina.

Dejo el malecón. Al igual que en la Habana es accidental. Los cubanos se llenan la boca con la referencia del Malecón, y luego compruebas que no tiene entidad. Como en Tesalónica es un finisterre de la ciudad, un linde abrupto sin más que sostiene la inmensa bahía. En Santander nadie habla de Malecón y está mejor urbanizado. Porque el urbanismo en Salónica deja mucho que desear. No soy arquitecto pero paseos y plazas están desangelados, con décadas de improvisación y poca autoestima. Lo tiene todo para lucirse, un paseo marítimo gime a gritos dejar de ser un malecón portuario, pero hay ciudades milenarias, incluida la mía, que se pasan buena parte de la era de la modernidad de espaldas al mar originario.

Cruzo unas calles arboladas y enseguida asocio las zonas arboladas, oxigenadas, a los barrios pudientes. Llego al pier que se adentra en el mar en la zona portuaria. Hay una luz borracha en el crepúsculo, que llega a ser vahoroso para la vista y parece estar levitando. Es una puesta de sol de museo vivida caminando en ella. A una ribera del pier se reúnen los adolescentes en sus tardes goonies de sábado. A la vuelta compruebo que en la otra ribera toman vinos y tapas la gente pudiente que dejó de ser adolescente al otro lado. Son sólo veinte metros entre dos generaciones, veinte metros de densas iniciaciones, a metro por año, que los separan años luz sin que ellos lo sepan. Finalmente, advierto que los veinteañeros también tienen su zona, sus corrillos y sus posturas, en la plataforma de salida del pier. El pier como trampolín oceánico de la vida compartimentada por edades.

Dejo la puesta de sol fantástica y drogada en la bahía, y me dirijo a Ladadika a cenar un gyros, antes de descargar las fotos y escritos en mi habitación que ponen punto y final al día.

Thessaloniki 5/5


Tesalónica se me hace pequeña e improviso una excursión a Véria. Salgo de casa dirección a la estación de tren. Hoy los edificios del mar han cambiado. La leyenda del mapa del mar cambia cada día, como un zoológico de buques transhumantes. 
Sin café aquí compruebo que soy un proscrito. Mientras lo pido tengo un escarceo repostero. Me encuentro en el mostrador un hojaldre que hechiza a los ojos, el súmum del croissant milhojista. No caigo en la tentación y al irme el local me despide con un olor que embriaga. Turbado sensorialmente, logro contenerme.

Ciudad sin metro y sin restaurante alguno de sushi que haya divisado. El paisaje urbano desanima, almacenes abandonados, edificios desconchados, colores industriales, dejadez y degradación urbana. Cuando las imágenes se acercan en el recuerdo a la Habana, ciudad corrompida estéticamente, perversidad paisajística, malo. Por las noches te topas con calles ciegas sin una triste farola, en plena oscuridad como en un bosque ignoto. A uno le viene a la cabeza el título oportunista y dramático de darse aquí la noche más triste de Europa.

Véria es un traslado trámite pues es una población periférica sin encanto a menos que te gusten las iglesias. Aprovecho para comer la ineludible moussaka y retorno haciendo la digestión en el autobús junto a un monje ortodoxo barbudo y folclórico.

Mato las horas antes del vuelo de vuelta paseando por última vez mi recorrido habitual por el centro. Sé que tardaré en volver al norte de Grecia, y me emplazo para una visita en la tercera edad, cuando todos estemos cambiados. Ha sido un fin de semana helénico lejos de lo habitual, interesante, crítico como es marca de la casa, y suficiente. Siguiente parada, Berlín.

domingo, 12 de octubre de 2014

24 horas en Verona



Los tenderetes del centro de las ciudades tales como los puestos cazaturistas de fruta cortada, en macedonia o brochetas, son muy absurdos. Apenas los vecinos de la ciudad pueden encontrarlos por sus barrios, pero se convierten en el recurso manido de los comerciantes del centro con las simples frutas a precios desorbitados.

Paseo Verona a las nueve de la mañana de un sábado de octubre, paseo el clasicismo tumefacto de las paredes de sus monumentos. Entro y salgo de sus interiores rupestres y medievales. Llegué ayer al mediodía, pero no estuve en Verona, mi cabeza era una cesta repleta de hierbas salientes y rastrojos que pinchaban. Madrugadora, desordenada, convulsionada de cotizaciones, desterrada de internet, estresada, desesperada, y rendida. Con horas de sueño y el caos bursátil resuelto, vuelvo a estar en Verona, Veneto, Italia septentrional.



Resulta que yo estaba alojado por el culo de Verona, su parte trasera. La faccia la tiene al otro lado, por el Duomo y el puente de piedra sobre el río. Allí ella es única, con esas vistas abiertas en plena ciudad a colinas con palacios y cipreses pintados por algún ser supremo. Te asomas y ves todo aquello, en un mirador accesible y peatón. El ciprés como obra de arte y especie vegetal, flecha esbelta y sobria que apunta al cielo. Quien diga que el ciprés es un árbol miente. Es más una pluma que un árbol. Sentarte en la ribera, sentir la serenidad del río fluyendo otro siglo más, acompañado por el canto oceánico de las gaviotas, que es un himno de la soledad y lo remoto. Verona, sede de la historia y la mercadotecnia de Romeo y Julieta, tendría que ser un paraje romántico de forma obligada por definición. Y lo es lánguida y medievalmente en los entornos del río y el Ponte di Pietra, como lo es en sus ventanas arabizantes y románicas a la vez, veronesas, europeas, soñadoras y flamígeras.


Las catedrales blancas y puras, menos terrenales, imperfectas y atractivas que las oscuras y barrocas en sus fachadas. La mañana avanza y con ella la masa, como sucede en todo núcleo turístico. Aquí los nobles y señores de la región, también emulaban a los faraones en el medievo dos mil años después. Plantaban en la calle sus mausoleos monumentales, esculturas barrocas y ostensibles, para, ilusos y ególatras, ser cadáveres y piedra famosa toda la vida, para un montón de desconocidos desafectos.


Las italianas por otro lado tienden a miniaturizarse, aparte de morenizarse con teñido o bronceado. Tal vez es de los pocos países en que se busca ser morena antes que bionda. Y Julieta, y el Balcón. La marabunta lo custodia, que viene a ser como el averno. El lugar está chicleteado, literalmente, centenares de gomas de mascar aplastadas contra los muros del patio donde Romeo trepaba al balcón de Julieta. Allí, over the che-gum, la tribu de los suertudos del amor graba sus nombres, y si no, atan candados a las enredaderas del patio, y si no, grafitean las paredes del largo corredor de la entrada, donde millones de nombres superpuestos ya no dejan verse entre sí, tachándose, en una pandemia del amor, y ahora se usan post-its encima, o los graban en las papeleras, o ya en las señales de tráfico cercanas, y hasta en mi mismísimo perineo si lo aparcase allí a un lado. El amor es asín de histérico y propagandístico, frente al balcón de Violeta, oh Violeta, perdón, Julieta!, se convocan los espíritus de un ejército itinerante. Los fanes y fanas del amor. Y Shakespeare por allí en medio. La condición circense del género humano y el marketing puro.




Pasaba por allí tras entrar en boxes gastronómicos. Pasta al dente y una baccalà que devolví por oler a muerto, me cambiaron, disculparon, compensaron, y recomendación que se ganaron [Ristorante Shakespeare, cómo si no]. Uno de los pecados capitales de este mundo es hacer la pasta blanda, pasada. En Italia jamás la encontrarás. En otras latitudes sí y sin condena. Es mera cuestión de texturas, pero estos aspectos sutiles de la vida despiertan o adormecen las emociones en el día a día rutinario.



El centro antiguo de Verona tiene demasiadas calles desiertas, sin presencia animal o humana, le confiere un ambiente desangelado casi báltico, falta de vida vamos. Los veroneses habitan la ciudad moderna alrededor, y pocos de ellos ocupan las construcciones palaciegas e impolutas de la ciudad vieja. Y en un visto y no visto subo a la colina de la ciudad y veo por primera vez a la urbe extendida a la vez que me despido. Veinticuatro horas en Verona que han cundido, y permiten tener el presentimiento que regresaré a pisar esta ciudad más tarde o más temprano.



jueves, 19 de junio de 2014

La Sicilia africana


Como quería visitar la Sicilia oriental tenía que cruzar la isla desde Trapani. Sorprende comprobar que existe una "Sicilia africana" en las guías. Y es que atravesando Marsala hacia Mazzara del Vallo vas entrando como en unos asentamientos, con caserones de hormigón apilotonados, algunos de ladrillo eterno, sin pintar ni rebozar para siempre. Aglomeraciones tribales del sur de Europa. Como mediterráneo común empiezo a ofenderme por la falta de pinos, si Serrat viera esto. Es una Sicilia secarral y calva, con transplantes vegetales que lo disimulan. Al lado está Selinunte con sus templos, cuando esta región tenía su plenitud antes de Cristo. Después vino el periplo histórico en que los latinos y helenos se vieron superados por el Norte para siempre. 

Tras un percance al tener que duplicar mi seguro del coche por incompetencias de webs y rentacares, la inspiración no me carbura hasta media mañana pasado el enojo. Me dirijo a Agrigento por una carretera de asfalto blanquecino, a la sombra de los eucaliptus y flanqueada por las espigas ya albinas de junio. Voy con las dos ventanas abiertas sacando el calor, y paro en la playa de Eraclea Minoa a ponerme en remojo. La siguiente parada es otra playa, la Scala dei Turchi, una formación rocosa que es una rampa enorme blanco nuclear junto al mar. El camino hacia ella por la playa no tiene desperdicio. Piscinas naturales de escasa profundidad, hileras de roca  en batería para caminar sobre las aguas, lodo para aplicarse por el cuerpo, peces bólido surcando el mar, y al final la impresionante plataforma de un blanco coralino, moteada por las miniaturas de gente que suben su rampa en diagonal y se hacen fotos en ella.

Me detengo en una tavola calda de la carretera y muevo el bigote. Me quedan unos 170 kilómetros hasta Ragusa Ibl. He dormido tres horas, decido hacer carretera y manta seguida para llegar al nido.
Los olivos encanecen los montes, con la plata cana del reverso de sus hojas movido por el viento. Sicilia se va volviendo más inerte, más marmórea, en las nuevas colinas que aparecen en la carretera. Yo hoy estoy más siciliano que nunca, rebotado, sin haber dormido apenas. En las ciudades se conduce sin ley, y en las carreteras es una constante la de los coches escoltando el rebufo. Se pegan al vehículo de delante y demarran el adelantamiento, es la forma de transitar aquí, no hay otra. Las incorporaciones son sin frenar, así que los morros de los vehículos se entienden en cuestión de centésimas. Yo no estoy para impertinencias, y me hago siciliano inmediatamente. Dos seguros de coche me avalan.

Ragusa, Modica y Noto: no las recomiendo


Ragusa no aparece nunca. En sus cercanías entro en un looping viario que me extravía treinta kilómetros. En 1693 hubo un terremoto que devastó la zona. El núcleo de la tierra tiene una válvula de escape en el sur de Italia, escupiendo fuego por sus volcanes o sacudiendo las ciudades con los sismos. Las turísticas Ragusa, Modica y Noto, son tres localidades de interior que se han subido allá arriba a las copas de las montañas donde un posible terremoto será más benigno. Ragusa Ibla es Ragusa la vieja vamos, y al igual que las otras dos me decepciona, pese a dorar las guías sus tesoros y palacios barrocos. Llego a Modica muy temprano y no se ha levantado ni el tato, más con la resaca de Manaos liderada por un pirlo casi inmortal. Después me dirigiré a Noto, otra "perla barroca" donde tampoco se salvará ni el que dicen es el mejor helado de toda Sicilia. Si Chicote probara el de pistacho, saldría extasiado y dinosaurio del bar dirigiéndose a la cámara, para decir que tiene el mismo rockanroll que el canto gregoriano de Silos.

Los colores demasiado muertos de los muros de estas ciudades, de un sahara inerte e igual, mejorando un poco el aspecto de la Malta poligonera, esa indeferencia que provoca la arquitectura de la arena. Estas piedras son muy sosas. Y las "perlas barrocas" no escapan al cariz pueblerino, de secano y de interior, con un gran halo campesino adosado. Ciudades apenas cromáticas, descoloridas, rahídas pictóricamente. El corpus de pueblacho no se lo sacan de encima por mucha Unesco. Y la poca gracia del barroco. El barroco es la modernidad e irreverencia de la curva, frente al gótico y otros estilos, más todo el progreso condensado en los nuevos adornos. Hay una metafísica de la geometría, las líneas y ángulos del arte trascienden toda una cosmovisión y hasta una moral detrás. En alguna vida haré un libro sobre eso.

De Siracusa a Taormina


Me reencuentro con la Sicilia jugona de nuevo en la naturaleza. Bajo de la encaramada Noto a su litoral, y me doy un baño en la Riserva Oasi de Vindicare. Unas marismas con playas, observatorio de pájaros y flamencos, una antigua atunera abandonada, una bella isla con fortificación, todo muy auténtico. Reanudo la marcha camino de Siracusa, la legendaria capital del mundo antiguo, donde los primeros científicos y filósofos de la humanidad residieron hace más de dos milenios. La ciudad tiene su núcleo en una isla casi pegada al continente, Ortigia, rodeada de aguas turquesa. No es muy grande y tiene una piazza del Duomo refulgente de blanco donde el sol se estrella y nubla un poco la vista. En Piazza Arquimede hay un par de palacios catalanes que despiertan mi orgullo. Paseo por la Giudeca y rodeo la isla por el malecón hasta el parking de Talete antes que los truenos se traigan el aguacero. Como el día de ayer, madrugador, tras la comida, me conjuro a hacer de golpe los casi doscientos kilómetros que me quedan hasta el próximo nido en Taormina, en clásico rally siciliano. No me detengo en el anfiteatro de Siracusa, como tampoco hice en los templos de Agrigento, soy un hijo de puta lo sé, pero os podéis meter las ruinas y las piedras un poco por el Ohio. Cojo la autopista hacia Catania y cae una tormenta burra sobre la carretera. Tras dos horas tomo la salida de Taormina y sorpresa, Taormina aún está más trepada en lo alto de la montaña que las perlas barrocas. Curvas cerradas con 20% de pendiente, pasos elevados estrechos, unas rampas equivalentes a subir seis Montjuïcs seguidos. El hotel vendía vistas, ya las podía haber regalado. Un hotel caro y rancio del 1969 y remodelado en un año posterior a 2014, lo aseguro. Desde la autopista pensaba lo imbécil que era residir en aquel pueblo puesto en sólo la cima de una montaña escarpada. Ahora tengo ese pueblo al alcance de una piedra.
Bajo al centro de Taormina y sudo de entrar a otro anfiteatro en ruinas que ya veo en las postales. No soy de piedras. Paseo sus calles, hago mis fotos, admiro las vistas en picado y ceno una pizza al vuelo. Es una localidad pija con festival de cine estos días donde acuden los pudientes. Que se la confiten. Yo me quedo con la naturaleza del Etna del próximo episodio.

Civismo y Sicilia


Me vuelvo a despertar a las seis y empiezo la expedición hacia el Etna. Hoy para variar también toca encaramarse con el coche a las alturas. Desde Taormina me acerco por el menos concurrido acceso norte. El ascenso ofrece extensiones de piedra volcánica, vistas perpendiculares de la costa, y bosques densos con aire alpino. Otra vez la naturaleza en Sicilia golea a los caóticos núcleos urbanos. De Linguaglossa voy a la Pineta Ragabo, un bosque tupido de pinos, arces y abedules donde hago trekking quince minutos. Oigo ruido en el bosque solitario, un sonido de fábrica a lo lejos, de movimientos de cachivaches... de las entrañas de la Tierra. Es el Etna.
Emprendo el descenso loco hacia Milo desde los dos mil y pico metros de altura. Hoy toca trabajar a media tarde, así que descarto callejear por Catania y me conjuro de nuevo para cruzar la isla de este a oeste y llegar a Palermo a tiempo.

Apretando el acelerador me planto en dos horas en la ciudad que me sorprendió por caótica el año pasado. Las autopistas en Sicilia son un mundo aparte. He transitado por tramos de asfalto peores que los de las urbanizaciones de los ochenta. Las señales de desaceleración son constantes por la frecuencia de baches. Y la vegetación de la mediana invade el carril de aceleración un metro en algunos tramos. Dejadez, Sicilia es eso, dejadez. Eso sí, si Aristóteles Onassis se hizo archimillonario construyendo buques en Grecia, la misma suerte debe haber corrido quien construía puentes y pasos elevados en las autopistas de Sicilia. Los hay a montones, kilómetricos, por todas partes, es un continuo el bachear espaciado del coche al pasar por las juntas de los puentes. Mientras el de atrás te enseña las fauces de de su alfa o de su audi por el cogote frontal de tu retrovisor, y te adelanta con parte de su chasis por tu carril. Hay una agresividad asquerosa en esta isla, incívica, o acívica, digna de un berlusconi gobernante. El colmo ha sido ver como un coche invadía el carril contrario en una carretera con el semáforo en rojo, a la vez que cerraba el paso a una moto grande que venía por el carril contrario. Cuando ésta le pitaba con toda la razón del mundo yéndose al arcén, el cívico le ha lanzado un vaso contra él por la ventana. Abuso, maltrato, Sicilia es una historia de maltrato vecinal cotidiano.

Habana, capital: Palermo


Palermo, envilecida y apocalíptica, sede de la decadencia. Una capital perroflauta dejada, con la anécdota de centenares de monumentos arquitectónicos impávidos. Donde
los pescados tienen luces de estrellas de hollywood, y apestan a mar, deliciosos. Palermo, caótica, estúpida, y sucia, pero a lo grande.

El verano ya ondea por toda la ciudad. Me asolan los dejà vues - en este caso, dejà sensues - como pocas veces viajando me ha sucedido. Y es que Palermo y la Habana tienen con esta temperatura, una puerta del espaciotiempo bien comunicada. Lo sensorial experimentado en Centro Habana y la Habana Vieja se solapa con lo que vivo ahora en Palermo. Calor, humedad, dejadez, urbe, olor agrio, suciedad, mar, pasado glorioso hundiéndose en la cochambre. Cada cual tiene su Prado, su malecón, el mulatismo aquel, sus palacios abatidos.

Cuando Cuba sea libre, se puede dar una emigración masiva de habaneros a Palermo, y sentirse como en casa. Hay una aritmética caprichosa de las sociedades que hace que al sumar una habana comunista antillana y un palermo socialdemócrata europeo den lo mismo. Que dos focos casi antípodas e inversos, desemboquen en tanta estampa hermana e igual. "Los estímulos de ano urbano que evocan a la Habana", leo como primera nota apuntada en mi móvil. 

Y es que estas ciudades parecen asoladas por una guerra, por un algo, una termita social que las va descomponiendo. La literatura de mi admirado Umbral sucede la mayor parte en una España también asolada por una guerra o por ese otro algo posterior. Se da en un ecosistema de pobreza y precariedad. Lo literario mana más en estos escenarios volcánicos prolongados. Entonces y en estos ahoras sumamente decadentes de Palermo o Habana, todavía no se ha dado el paso aséptico y para siempre de nuestro fin de siglo, cuando todo parece cosido y terminado. En cambio el mundo aún está destruido, se ha de construir, la gente se levanta cada mañana y en el cogote tiene la vana ilusión de que algún día ese mundo caído se regenerará. Aquí la vida vale menos, rotundamente sí, o tal vez nosotros especulemos con el valor de la nuestra, y no la derrochemos, metida en un frasco, hacia una vejez triste y vulgar. En estas latitudes se da una vida con la trepidancia del desorden y el caos, con la improvisación y lo informal como bandera. Cualquier tarde puede pasar de todo, el destino va a bandazos. Los buenos aventureros triunfan y disfrutan como enanos aquí, y hasta alguno se atreve a concluir en un muro: <<Quiero vivir en una ciudad donde mis hijos todavía puedan ser atropellados por un tranvía anarquista>>

Vacuna palermitana


Dejo Palermo y su caos consagrado, dejo al desconcierto que siga batiendo eterno, en parte ya dentro mío. Camino del aeropuerto atravieso lo que para mí es la parte más bella de Sicilia llegando a Trapani. La que me hizo volver. Comprobado que Sicilia es colinosa, más que montañosa, que es un como un pase de diapositivas de laderas, me encuentro ante las más exhuberantes. Una sinfonía de colores inclinados, gracias a las plantaciones de vid de la denominación Erice. Rectángulos amarillos, verdosos y marrón se alternan plásticamente moteados por algún ciprés daliniano. El trono estético de la isla está en el pueblo medieval de Erice, que desde las alturas posee las vistas de toda esta zona espectacular y simple.

Bajo del ático de Erice al principal de Trapani, aparco al linde de su zona peatonal que es como un arco hacia el mar. Sólo quiero hacer una visita. Esprinto caminando hasta la panadería Oddo, cargo con sus pizzas y arancini, y me voy al aeropuerto a embarcar. Y cada vez que vuelva Erice y Oddo. Erice y Oddo, luego todo lo demás.

Ya en casa, noto el contagio siciliano en el carácter. Tras mil kilómetros afirmándolo defensivamente en la carretera, he ingerido esa forma asertiva, obcecada, líder y despota de ir por la vida. En Sicilia hay dos cientos líderes en un calle, y sus consabidas hostias. En nuestra realidad, digamos que nos pasanos con la ingesta de calmantes sociales y a veces vamos empastillados de consideración, cogiéndonosla con papel de fumar. Un poco de tabasco siciliano en el trato con la gente viene bien, cierta agresividad para los que crecimos demasiado mansos. Y tú, deja de leer y promociona estos escritos que no has leído en tu vida joder


Razones gráficas aquí:

https://www.flickr.com/photos/jordiny/sets/72157644826628908/

jueves, 13 de febrero de 2014

Córdoba


Es un breve viaje a Andalucía, pero nos ha tocado varar en su envés, en su anecdótica cara B de lluvia e invierno verídico. Córdoba está configurada para el calor, su mayor repecho, pero unos días al año viene el circo del frío y de la lluvia, y  las palomas moribundas de la mezquita se enladrillan en las oquedades roídas de los muros, esperando que cese la lluvia pertinaz. Así nos sentimos los foráneos, encapsulados en una cafetería pasando el chaparrón. Y la ciudad se paraliza, los patios se clausuran, y el salmorejo para máquinas. Sales de vez en cuando a cruzar algún puente, y en las riberas te vienen dejavús polacos de arboledas necrosadas de marrón y hielo.

El casco viejo de Córdoba es una cosa intestinal, que acaba digeriéndose en el río. Pisas el empedrado del intestino que se despliega retorcido varios kilómetros, territorio ajeno a los coches, donde algún taxi esquiva este domingo un ensayo previo de costaleros que ocupa las callejas. Es la intrahistoria de la Semana Santa, aquí vigente, allén de los nortes ausente. El centro viejo es una cuestión de cuatro turistas, es como un pueblo independiente adosado a la ciudad contemporánea, verdadero estómago de la ciudad, lo dicho, el resto es una historia intestinal. La vida cuece de oficinas y juventud ahí fuera, mientras languidece y se muestra desierta dentro del intestino antiguo. Córdoba aún no es un invento, quiero decir, un invento turístico, no ha entrado el marketing a coser y cortar, no ha trascendido a la dimensión que masifica la oferta y todo lo encarece. 

¿Y cómo es Córdoba? La antigua, la intestinal, repite su apariencia de pueblo, su cortijismo, su aire castellano en el corazón de Andalucía, la insistencia de sus forjados en las rejas y las letras, tan de época concreta, como si la ciudad hubiese sido hecha toda en el mismo lustro. Resulta antigua, y algo desfasada por las pocas incorporaciones de las décadas recientes. Una revisión estética no es fácil en su clasicismo-casticismo, tal vez el mero color actualizaría, un poco del barrio de Boca sabiamente colocado. Estas revisiones se dan espontáneamente cuando un vecino se cansa de su ciudad y un par de arquitectos le siguen el contagio. A veces este vecino resulta ser el alcalde y ahí prima ganar dinero y cargarse el patrimonio. 
Si Córdoba continúa estática, el paso de los años le dará valor, el mérito de la resistencia estética, que otras ciudades ya han logrado y aquí todavía fermenta.

viernes, 24 de enero de 2014

En el norte de Portugal


La forma alargada de anguila de la almohada provoca que toda la noche sueñe con cosas oblongas, alargadas, que no se dejan coger. Extranjero de mis sueños me desvelo con cada nueva versión. Despierto en Porto por un día sin que la niebla haya acampado como de costumbre. Voy a desayunar a un McDonald's que ocupa un local futurista años treinta, la misma época en que nacieron las octogenarias verduleras del mercado de Bolhao, los barberos inmortales del centro y tanto comerciante de antes de las guerras. De sus hijos no tenemos ficha y de su querencia por una vida en los asilos menos. El centro de Oporto es lo más parecido a una balada a la inmortalidad.

Los fados no, ayer un tocadiscos de una buhardilla arrojaba uno a las calles, y esa sintonía tumbaba la lírica lánguida de Oporto hacia el abatimiento y la tristeza. Redundaba, subrayaba, coloreaba explícito lo que la ciudad sólo apunta. El silencio es siempre mejor a una canción melancólica por las arterias decadentes y bellas de Oporto.

Fue tras una puesta de sol que no se enmarcaba en la ciudad, sino que se adentraba y la transitaba. No la mirabas, sino que paseabas una puesta de sol intrusa en las calles. El tener de espejo a un océano bestia, más el callejero ondulado de simas y barrancos, ocasiona unas luces inflamadas, gélidas, epifánicas, que sorprenden y no se dan en otros lugares. Así, la puesta de sol invadiendo los recovecos donde paseas, te envuelve en un ambiente más espeso, de repente todo es más denso, la mente se mueve más pesada, y todo cobra un peso mayor. No es melancolía, es lo opuesto a la levedad del ser, es la pesantez mental que vuelve plomizas las sensaciones y sus contenidos, a causa de un efecto lumínico y atmosférico.
Basta acabar el paseo, no mezclar otros asuntos ni creerse a los otros, para constatar el carácter siempre efímero de las puestas de sol, sean obras de arte kilométricas o torbellinos hormonales.

La cena de tres platos a cinco euros, trae consigo la ligereza del vino, es decir, recupera aquella levedad del ser, que había arrancado la puesta de sol wagneriana. Baco siempre refutará a Arquímedes, la psicodelia siempre replicará a la ciencia, como un perro que ladra la relatividad del tiempo y el espacio, pues toda fórmula matemática o filosófica debe especificar si es con vino o sin, si contempla matices lisérgicos o sólo terrenales. El vino aporta taninos e ideas felices a Oporto.
Se me va soldando el mapa mental de la ciudad, conecto calles hasta acabar el puzzle de zonas en mi cabeza. Casi diez horas pateando la ciudad que tiene puertos de montaña. Uno se siente como en el Tourmalet cuando ya va por el sexto repecho, dosificando el paso, buscando un ritmo, y balanceándose cogiendo fuerza con toda la bici-cuerpo. Hay varios grupetes en cada cuesta, los jubilados sincronizan su ritmo tenaz de tortuga, los jóvenes demarran con prisas, las parejas se apoyan asidas en su pequeño pelotón. 
Voy ya por el catorceavo puerto, haciendo la goma, rozando la pájara peatonal. Corono el hotel con este maillot de la experiencia, rebosante de topos, asteriscos y matices tripeiros. Me acuesto. Con una almohada que no consigo asir.

Porto III


Sale un día primaveral de enero en mi Porto. En esta tercera venida, me dedico a ver la cara B de la ciudad. Empiezo por un parque, bañado de esa luz atlántica y meiga, y al pasar entre 2 árboles me convenzo de pasar a otra dimensión de las cosas.

Un parque ya otro con una laguna verde, y de fondo el repicar de unas campanas encantadas, como el clavicémbalo de un niño gigante que suena desde la Iglesia de los Clerigos. El parquecito da a una plaza donde hay mercado. Unos tenderetes de tela que venden todo tipo y color de pájaros: canarios, agapornis, loritos y cotorras, junto a alguna que otra mascota.

Me dejo caer por las calles menos concurridas y voy a parar al Miradouro da Vitoria. Un mirador desvencijado, entre ruinas, pero donde atrapas a Porto en una emboscada escénica. Es el mirador en medio del meollo, el que domina todas las vistas, por la retaguarda, como un mirador nuca. Lo más parecido a un ala delta estática y pictórica. Luego, al fijarme en los mejores grabados de la ciudad, confirmaré que aquí es donde moran las paletas de los que se hacen llamar pintores.

Oporto nunca me defrauda, ni en una paseata a la deriva por su cara B. Paro en la Taberna de San Antonio a repostar. Salgo con un bacalhau a cuestas, por esta urbanidad tan poco horizontal y terrestre, la montaña rusa peatonal del norte de Portugal. Me adentro en algunas iglesias unos segundos por visita, tan sólo mirarlas. Sus caras barrocas repletas de detalles en un oro oscuro. ¿Todo eso sale de dentro de los portugueses? ¿Semejante intestino artístico está allí metido? 
Llego hasta el Pabellón del Agua, testimonio trasplantado de la Expo de Lisboa que ahora hace de polideportivo y recinto ferial. Este mes es sede de la feria de libro viejo, allí husmeo alguna de las tres obras de Umbral traducidas al portugués - Mortal e rosa, Memorias de um jovem fascista, E como eram as ligas de Madame Bovary? - sin éxito. Se pone a llover, lo hace por vicio, con desgana, chirimiris despistados de quien se dedica a llover profesionalmente. Sin querer me meto en un parque que acaba maravillándome. Un parque abusón, enmusgado, de aguas negras y muretes de piedra, un parque romántico con toda la languidez vegetal del Atlántico, pesebre enorme y natural, acantilado junto al río y con el puente coloso en el horizonte. Es curiosa la interpretación que se hace de lo romántico en la naturaleza. Los parques versallescos no son románticos, y los parques enmusgados con fuentes y poca luz lo son. Lo frío y analítico de un parque afrancesado se delata como oficial, institucional y burocrático. La sencillez pesebresca, tupida y recoleta de un parque atlántico o montañés, se identifica como romántica. En contraste, lo romántico fuera de la naturaleza sí mantiene lo recoleto pero insufla artificialidad estética versallesca a cholón. Ay, si sólo nos quedásemos con la naturaleza, y dejáramos el amor palaciego y versallesco en la basura de la entrada junto a lo pomposo y pavorrealesco.

Tras el parque y esta excursión filosófica, llego a una Tierra nueva, la parte contemporánea de la ciudad. Insulsa, igual y sin historia. Otra más, con letras en portugués en los bajos. Apartamentarse aquí, es desterrarse a un ático de las alturas. Es otra galaxia adosada, otra historia, una ciudad Typpex de la anterior.

martes, 26 de noviembre de 2013

Mañana en Porto


Envalentonado me aproximo a una de las sedes del vértigo en Occidente. El puente de Luis I sobre el Duero. Si la ciudad ya flirtea con ser perpendicular a él, aquí el ángulo recto es meridiano. La otra vez me achanté, en ésta es sólo una ilusión de fortaleza la que tengo al iniciar el puente. Tras unos cuantos pasos, la escritura se suspende, en general el cerebro, que escanea unas vistas cíclopes, con barrancos tras un reguero de tejados que van a dar a ríos mates y gelatinosos de alturas. Es la incomodidad del precipicio, su energía potencial chillándote. Es toda esa potencialidad de cetrería para la que no hemos nacido, bípedos y terrestres, antónimos del águila. Una fuerza de gravedad amañada, que ya no nos pega al suelo, y provoca desorientación, mareos en otros, a nuestro gps biológico.

Dejo el puente e inicio el descenso hasta la torre de los Clérigos. Pasan portuguesas del norte, tan hembras; como su tierra, apuntan a ser más accesibles y franqueables, en especial las cejijuntas claro. Se suceden panaderías, con el hojaldre luso de un dios menor. Un hojaldre grueso, blando, mullido, que no cruje ni por asomo. Luego en Brasil se replica el mismo hojaldre que hace bola en la boca, panadería desgraciada, en una burda fotocopia colonial, y a ese país aún ha de venir alguien que revolucione el hojaldre, francamente, helénicamente... que es donde tienen el mejor hojaldre del mundo. Los griegos, siempre los griegos.

Cruzo el centro hasta el mercado de Bolhao. Un trompetista interpreta un "vamos a suicidarnos" simulado, un tema triste, lento y herido, que no desentona con el azul y la melancolía de Porto.
La arquitectura silente, de persianas cerradas, se torna ciudad fantasma si uno repara en la cantidad de edificios abandonados por el centro. Me entran ganas de comprar uno de ellos y restaurarlo lentamente. Se lo dejó anotado a otro yo rico que tal vez acuda allí en un futurible. 

Las primeras de la clase de las gaviotas, aparcan su planeo en el mercado de Bolhao y se posan en los camiones refrigerados de los pescateros al acecho.
Toda la nostalgia de lo que fue el Borne de Barcelona supura, en este mercado anclado en su, nuestro, pasado. Tiene todo el perímetro exterior con su corona de comercios de abastos, granel, artesanos, campesinos y botijeros. La tienda modernista de semillas y abonos, sigue en pie, en local premium, no derrocada por Amancio Ortega el Grande. Enfrente cuelgan chorizos, morcelas de Cabidela, y un pan de leña mulato que me envuelven en papel de estraza y se lo llevo bajo el brazo a mi señora, con toda la maleta y el vuelo perfumado, por un café de la colonia recién molido. Conclusión: en Oporto dan ganas de trasplantarse.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Porto vs. Barcelona en ring estético


Amanece en Porto con una resaca de niebla sitiando la ciudad, niebla, o bruma atlántica. La bruma es efectista y dota de carácter legendario donde se posa. La historia es otro turbión más profundo de leyenda. El tenis del colonialismo, devolvió a los imperios europeos a sus dimensiones pretéritas, entonces igual de originales que de miniaturizadas. Esta pérdida fulminante de franquicias e ingresos, con una reducción de aparatos y gastos tardía y demorada, es lo que viene a dar la decadencia secular de británicos, españoles y portugueses. La primera triste, engreída, rancia y democratica; la segunda violenta, cainita, abrupta y cutrefacta; y la tercera desoladora, pues Portugal de regreso a la metrópolis es muy pequeña, y Brasil, tan perdidamente grande.

En viajes felices a uno se le destapa una juventud fresca a borbotón que ya menguaba. Tras varias horas en la ciudad - en esta segunda venida, que ya no tiene la falsedad vitalista de la primavera y sus ropajes, en aquel abril de 2012 -, uno claudica que empieza a estar enamorado de Porto. No me resisto a esta belleza bruta, cargada de impurezas, desfasada y vetusta. Además, vengo de la capital de la belleza neta del sur de Europa. Me doy cuenta que Barcelona tiene una singularidad de nivel planetario. Algo que los locales no tenemos del todo consciente. Hablo que tiene un motor dentro, un relé, que es una vocación renovadora imparable, con poco parangón a escala planetaria. Nueva York tiene esa dimensión también de bestia, cosmopolita y aglutinadora, que la hace capital oficiosa del mundo.
Barcelona es una bestia remozadora, vanguardista en lo urbano, catedral del diseño, y que como contrapartida ha borrado tanto pasado y tanta menestralidad. En Barcelona no hay sitio para lo cutre, lo imperfectivo, y lo vetusto, es una especie en extinción. Y en parte es una ciudad tan poco bruja, que previsiblemente al llegar a Porto, antípoda estética, uno es seducido por su imperfección, estatismo, improvisación, ausencia también bestia de vanguardias, aquí especie más bien de zoológico.

Aquí deseo que no llegue ese momentum histórico corrosivo que todo lo borra y nada mantiene, esa plaga de la modernidad. La innovación que se gusta y acaba derrocando y tiranizando un diseño clásico y heredado de las cosas. La rebelión absurda de los herederos que se niegan, la creatividad radical que se siente autosuficiente.

De esta forma se eliminan las impurezas dentro de una estética, tal como un pibón de nuestros tiempos depura su perfección por todos los flancos. Dieces estéticos nos vadean. Barcelona es la ciudad pibón, y se la rifan los turistas. 
Pero aquí en Porto todo puede pasar. El día y los lugares están preñados de explosividad, en medio de los pubs zoológicos de diseño una puerta abierta deja ver los bajos de un desván de otros siglos, donde su propietario maneja útiles y sacos que dejan con el culo torcido a las almas modernas que frecuentan los bares. Tecleando a tu iphone 5S enviando un wasabi, te cruzas con un calderero y un afilador, y te invade esa sensación tribal, precaria y posibilista, que tu biografía puede virar y estallar en cualquier momento. Ese sentimiento que está ya entumecido, mortecino, en las ciudades lisas y previsibles de Europa, incluida Barcelona, y que excluye a toda la morería peninsular de Madrid y sus radios.

lunes, 22 de abril de 2013

domingo, 21 de abril de 2013

Berenjenas y guettos


La ciudad vieja también mantiene su espíritu gremial. Te encuentras una calle con tres o cuatro tiendas seguidas de ropa especializada de bebé, más allá otras tantas pegadas de artículos de boda, acá marmolistas, allí iconografía religiosa... Cuando en media faz del mundo ya se han extinguido muchas especies comerciales, en Palermo aún funcionan las tiendas de afiladores, o todavía te invade las fosas nasales la exhuberancia tostada del café al pasar por el comercio de torrefactores. Venir a Sicilia es en parte viajar al pasado. Recuperar treinta años es razón más que suficiente para hacer unos miles de kilómetros. Ya nada volverá a ser como antes. No es una sentencia sentimental, aparte es una sentencia cosmológica y categórica. Colarse unas décadas a la actualidad, es un pequeño milagro.
Quien fue en algún momento Medina, mantiene siempre un zoco abierto. En Palermo hay calles interminables ocupadas por tenderetes redundantes que venden fruta y pescado principalmente. En un zoco ha de haber redundancia, comercios repetidos, y el tema de las licencias comerciales muy dejado de la mano de Alá.

En Sicilia las pescaderías tienen enormes bombillas que funcionan de día, como en la metáfora de Nietzsche de los hombres con linternas destellantes a mediodía. Este modo lumínico de altar, homenajea al pescado. Tal es la cosmética que gastan. Los pescados en Sicilia son relucientes como medallas del mar, mientras los ves pasar callejón arriba. Y el atún es tratado en un despacho aparte, con su monumental cabeza dando fe de la magnitud del ejemplar, y un experto cortador rajando a conciencia esas rodajas rebosantes de carmín y de mar.

Calle abajo escaneas la exhuberancia de la abundancia frutal. Berenjenas tumoradas, como un tomate gigante y lila. Berenjenas diversas y locales, pues Sicilia es eso, un berenjenal. Calabacines cual palos de metro y medio, verdes brillante. Alcachofas liliáceas con espinas. Fresas de pitiminí.
Mientras escuchas esa habilidad de hacer picar la ce hache y sonorizarla, que le da un brillito atractivo al lenguaje oral, lo hace más charolado.
Luego te topas con una catedral sin un ápice de gótico, al igual que muchas iglesias de la ciudad, de ese pulcro neoclásico tan poco atractivo. Exterior monocorde, paredes blancurrias, aspecto de funcionariado religioso, el barroco a tomar viento, una gran oficina limpia, amplia y ventilada. Edificios colmo del aburrimiento.

El zoco acaba dando a unos barrios donde la marginalidad es palpable. Son guettos, lunares de una sociedad no resueltos, maneras de asfixiar al tercer mundo a domicilio. Un guetto es eso, que en una oquedad del primer mundo, el tercer mundo venga a parar, emigrando, para seguir siendo una república igual de precaria en medio de la riqueza. Es la anticolonia, una expedición fracasada a la Metrópolis, pero más que eso es una constatación de la teoría de la Involución de la Especie, porque el verdadero fracaso es el de la propia sociedad, el de la Metrópolis. Que ni organiza antes, ni ahora puede integrar en crisis, y ni se preocupa después por el guetto. Hasta que ya tarde, colmo de la desidia, se da cuenta de todos los males que salen de ese guetto, que es una malformación del primer mundo en el tercer mundo, pese a que se acabe extirpando y encerrando a los débiles.

Ciudad cochambre


6 am, Trapani, noroeste de Sicilia. Contenido estomacal: spaguetti trapanese, arancia rossa spremuta, cagnoli. Grado inspirativo: desconocido. Todo es muy Csi a tales horas en estos apartamentos que todavía duermen.
El que escribe es bocachancla como todos, ignorante que larga sin saber. Resulta que Palermo la vieja era la guarra, que si caminas un kilómetro hacia el exterior te encontrabas una ciudad normal y tal, con hechuras civilizadas, recogedores de basura y edificios sin prácticamente derrumbes.

Mañana queremos ir a ver un museo de muertos, las Catacumbas de los capuchinos, un lugar fresco y húmedo ideal para la momificación a lo largo de los siglos. Ahora es un museo donde te enseñan los fiambres por gremios y siglos, así que a sacudir el espíritu goonie que todavía recala. (Spoil: el tráfico esquizofrénico de la capital nos hizo desistir ayer de la visita). En este rebelarse contra la lógica común, ejemplo sumo en el conducir temerario, parece que flote subyacente un ánimo de venganza. Una vendetta continua y cotidiana por véte a saber tú que injusticias de los siglos.

No entiendo la dejadez y descuido del patrimonio como política de vida. Me asombra la exhibición pública de ello a todo visitante. La pobreza, la precariedad africana o hindú, no contiene todo el índice de deterioro de La Habana o de Palermo. Las dos fueron flamantes urbes abundosas de palacios y casas nobles, y su estado tercermundista de degradación en la actualidad es más grave. La cochambre campa por todas partes, la decadencia es lastimante. En África hay urbanismo primario y a la vez vanguardista para ellos, aquí el ambiente es dantesco, inaudito, el único ejército que debió ser temido por los antepasados era el de la propia dejadez de sus descendientes. Hace 500 años Palermo era cincuenta veces mejor que en su estado ruinoso actual. No llega a la categoría de ultrajante el deterioro y no pasan coches de los 50 como en la Habana, sólo triciclos motorizados. Más que nada es cerdo, pero muy literario.
A pesar que aquí uno se entrega a la fotografía, se hace notario de la cochambrez, frente a las miradas no muy preocupadas de sus habitantes. Pero no hace falta haber salido alguna vez de su ciudad ni ser muy conspicuo, para sospecharse el porqué los turistas retratan tanto la decadencia y el derrumbe de mis calles.
[Los niños aplicados fotografiamos hasta la saciedad. Y la saciedad misma si podemos también la inmortalizamos].

Sólo en estas latitudes depauperadas, se cultiva espontáneamente lo kitsch. La cutrez ha formado parte ya de una infancia palermitana y ha sido ingerida y asimilada. De mayores algunos prosiguen esa tendencia ortera extendiéndola con nuevos giros y rizos. Palermo viejo tiene altares callejeros con leds. Y ya pueden sus contemporáneos buscarse los tesoros esfumados, como los griegos se buscan ahora sus genios, filósofos y plenitud "aC".

Palermo antiguo es una ciudad propicia para borrachos. Toda ella es una borrachera arquitectónica tras una noche dejada de los tiempos. Refleja el estado pocilguero de una casa cuando sus dioses se levantan por la mañana tras nueve siglos de juerga y alcohol. Un lugar donde sólo se siente bien un erasmus, que suelen tener ya la cosa plasmática mullidita de alcohol. Tiene su mérito, amanecer cada mañana con apariencia de haber acogido eternamente, un macrobotellón.