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miércoles, 14 de enero de 2015

TV3


Y de repente, entre sintonías metalúrgica de sampler, apareció TV3. Cierto era que en aquellos tiempos monolíticos inconscientemente se esperaban canales de televisión como agua de mayo, que fueron como los miembros fantasma ausentes de nuestro siglo veinte. Pero en 1983 un canal "autonómico" debía partir de cero y seducir a niños directivos y adultos exigentes. El éxito fue automático y por nada de patriotismo, que entonces se mantenía anestesiado, sino debido a la calidad. Mérito claro de los profesionales que levantaron TV3 con sus ideas, y los equipos pioneros que las sostenían, con la distinción añadida de nunca doparse con sensacionalismo, y no crecer a base de tetas, destape o tombolismo. Fue un despegue aeronáutico consiguiendo la velocidad de crucero súbitamente tal que un avión virtuoso.
Nosotros nos enganchamos a Filiprim, Tres i l'astròleg, Fes Flash, Oliana Molls, Vostè Jutja, Mag Magazine, Bola de Drac, Els Joves, y todos los programas que iban saliendo de la chistera. Un ejército de niños castellanoparlantes se topaba con un canal cojonudo y quedaba seducido por la calidad de sus formatos. Así claro, cualquiera. Sí, puede ser, acepto la comparación entre KGB, SS y TV3; las tres tuvieron un impacto considerable, salvo que la tercera arrancaba corazones en un sentido artístico el cual la subespecie de la caverna no posee de serie ni de lejos en su anatomía. A algunos nos dejaron empezar a ser catalanes, culturalmente, por ese gol rebuscado y guardiolista en la prórroga de la Transición. Hacer una tele los catalanes seguro que fue visto por el palco rancio de la península, como una suerte de ejercicios astronautas estrambóticos. Y veían monigotes, un astrólogo con una ruleta, un presentador hablando por un zapato, y se iban a dormir tranquilos, y unos. Casualmente, las personitas de esos programas no hablaban bable sino catalán, como la música que nos gustaba era en inglés pese a ser tan alieno, y pronunciar wachimei. Nos normalizamos, eso de hablar la lengua milenaria de donde habitas, por prestigio cultural, y allí empezó nuestro monstruosismo secesionista.

Mención aparte tuvo para mí Oliana Molls i l'Astàleg de Bronze, pues cada niño tiene sus programas fetiche y éstos traspasan la pantalla y convulsionan su vida durante unos meses. Adquieren una dimensión total en su vida y le conquistan inspirándole devoción, humor, temor y magia. Le envuelven totalmente y copan casi el sentido de su vida en un fenómeno fan a los ocho años de vida.

martes, 6 de enero de 2015

La segregación escolar


Nos íbamos a pasar el resto de nuestras vidas conviviendo con alguien del sexo opuesto, pero al cristianismo no se le ocurría otra manera mejor de perturbar la existencia que criarnos separados. Así de celestial y antinatural se regía nuestra vida, las pinturas paralizadas de la capilla sixtina como modelo, cuento y escayola del turbión de la vida.

El cristianismo fue una salvajada, una forma de vivir muy animalesca. Ir corriendo a bautizar un neonato, por si el aire lo demonizaba. Clausurarlo todo desde el inicio. Un sometimiento absoluto desde el instante cero de la vida, y cientos de centinelas mentales asediando las leyes de Dios de pensamiento, palabra, obra u omisión. Una dictadura contra los sentires naturales, el atrevimiento científico, el progreso, el goce, la excepcionalidad. Una casta mediocre apoderándose del destino de todos, inoculando culpa, chantajeando al humilde con el Absoluto.
¿Hablamos de la Historia del hombre? No, es la Historia de un mamífero. De un animal que imagina, y piensa, mal, y que rige su vida por la superstición. Consecuentemente, tal inseguridad provoca autoritarismo y sometimiento, y las ideas, aún celestiales, ya son chapuceras y con un sutil veneno preñado.

Nos criaban con una muralla rodeando los sexos, por si con seis años nos daba por follar, y el resto de la vida no hicimos más que pagar esa falta de naturalidad, pues el otro sexo era otro ser apartado, desnaturalizado, extraterrestre. Adolescentes bipolares que o bien les daba un miedo atávico dirigirse al ET, o bien saltaban sobre él en masa y magreaban en un tumulto del patio, a la chica de Cou de turno o a la señu nueva en el correccional de la fe.

El cristianismo, que aún colea, no me parece más, que una realidad tóxica contemporánea.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Imaginación ochenta


Algo que fuimos en los ochenta desapareció para siempre. Me refiero a ciertos contenidos de la imaginación. Cuando eres niño preimaginas muchas realidades, de igual forma que un viajero preimagina el destino antes de partir. Aquel contenido mental donde hervían fantasías poco a poco se fue evaporando a medida que la realidad lo contrastaba.

Recuerdo por ejemplo, el concepto de pantano que se me formó en la imaginación, por influencia tal vez de cómics, dibujos e interpretaciones del momento. Un pantano me lo imaginaba invariablemente como un manglar nórdico, un lugar cenagoso, oscuro y frío, entre árboles y con un agua turbia muy densa. Es decir, un paraje más bien fantástico y excepcional a los pantanos que después he conocido. Curiosamente esta idea es una metáfora de la época, pues los ochenta tenían de ciénaga de la modernidad, de turbulencia, y el futuro deparó más definición, transparencia, y pantanos y ambientes más cristalinos.

Quién no recuerda ese "triste y sola, sola se queda la escuela, triste y llorosa...", que también forma parte de esa imaginería ruda, recia y amarga de aquellos tiempos. Ponérsela a un niño hoy en día parece una acción temeraria. Una canción que encajaba con el frío de una tarde estoica de los ochenta, escuchada por un aprendiz del vivir. Canción lírica, azul y galaica, con tempo de enterramiento, pero tremendamente sincera con su tiempo sin ningún kilo de edulcoramiento, sola con las alas de la verdad. La canción fluía y se nos colaba adentro toda esa agua pesimista, realista y azul, en una tristeza simulada que de alguna manera nos vacunaba.

viernes, 28 de noviembre de 2014

La propiocepción de la infancia


Nuestra niñez va tomando un cariz distante con la edad. La infancia de uno no deja de ser una plataforma continental que se aleja. La propia vida es como un cuerpo estirado para el recuerdo, y las terminaciones nerviosas a la lejana infancia van perdiendo esa sensibilidad. Pasa de ser algo propio a una época paralela cuando teníamos otra forma metamórfica. 
Puede que al producir nosotros niños y éstos poblar nuestra vida, se nos mude la piel que nos quedaba de la niñez, que al vivir en la otra orilla del mar nos desvinculemos de todo protagonismo remoto cuando éramos como ellos, y que nos vayamos olvidando de aquella condición.
La infancia, como reservorio emocional de querencias e identidades, queda recubierta por una capa más dura de lejanías y paternidad, por lo que aumenta unos grados su indiferencia.

Está en boga la industria minera de recuerdos, de mano de los autores de "Yo fui a Egb". Evito sus twits cada vez más, porque cada uno es como un jarabe, y nos están empachando. La evocación de la infancia es algo denso y dulcificado tal que un jarabe de la memoria, la toma de ese jarabe emocional cada dos horas todos los días del año está entre embafar y algo cruel. La sistematización de la nostalgia se parece a la deforestación de la espontaniedad, embarcar al pasado siempre fue algo fortuito e improvisado, una de las dimensiones mágicas de la vida. Compré el libro y no lo leí, lo acumulé. Evocar la infancia pertenece a un orbitar más exterior de nuestro día a día. La nostalgia no entiende de almanaques indexados, ni le gustan las invasiones masivas, sesudas y exhaustivas de los viejos tiempos, que de repente tienen más fuelle que el futuro. Más bien la nostalgia vibra un sábado cualquiera en un mercadillo de las afueras cuando descubre un envase de las galletas preferidas de la niñez, y lo compra, y lo guarda en un armario, y de vez en cuando ese objeto sale y regresa, y todo es más natural y menos profuso. 

jueves, 16 de octubre de 2014

Nombres de otra pila


Cuajaban motes benignos como chichi, señalando las chichas de un empollón trozo de pan y hasta corrigiendo su sobrepeso de forma aceptada y con cariño, en ese tribunal de pulgares arriba y abajo que era la poética de los motes. Para otro gordito cuajó un simpático chorchete, para un tercero se perdió más el respeto con Toci. A un cabezón de Cou al verlo y saber su mote "la Tele",  no hacía falta hacer más clase de literatura, era telegráfico. Al que iba de transgresor y quemaetapas de forma bocazas le cayó un lúcido "Mayor" como seña. Al insoportable y repulsivo de trato, se le conocía directamente por el "Pégame".

El bullying, algo no descubierto todavía pero corriente, sentenciaba a los marginados con "Mofeta" "Gitano", apelativos que no dejaban dudas sobre la opinión de la clase. Estaban los motes ligeros y positivos, como "buñuelo", "crispeta", "potato" o "espárrago", y todas las abreviaturas de apellidos "canti", "santa", "turi" o "lechu". Frente a otros de clara antipatía como llamar "búho" a uno con cara de conde draqui, descartando la opción amable; poner "el huevo" al que era chorras como un huevo; "camilo" al que era tan resabiado y repelente como Cela, o simplemente pronunciar un apellido salibando y escupiendo porque esa persona inadaptable, entre otras cosas no sabía hablar de otra manera. Aunque el episodio más cruel jamás visto fue una masa de niños vociferar idos desde el patio al primer piso, "Piu dimite la clase no te admite" como si de la toma de la Bastilla se tratase.

Los profesores de los pacíficos cursos de primaria no tenían motes y eran llamados por sus nombres de pila, Manoli, José Carlos, Agustí... pero en sexto de Egb empezaba la selva, crecían pelos en las ingles, y comenzaba el hostigamiento entre la clase y los profesores. En sexto nos esperaba "el Bacterio", vivo retrato de los cómics de Mortadelo. En inglés tocaría "el Chino", un chino muy cabrón y con poca vocación. El mote más usado del colegio era el de "Porky" para el prefecto, su verdadero nombre Gabriel Cervós, era desconocido por madres, padres y pequeños. El cap d'estudis de Egb se ganó a pulso el mote de "el Peluco", cuando optó por abandonar su calva y aparecer con una rata gris poblando su cabeza. Circulaban otros más suaves y obvios como, "Barrilete", "Heeman" o "Bruja". En Bup esperaba "el Rana", feo y cazamoscas; al buenazo de literatura su voz le sentenció como "Alf"; al parias de Historia le llamábamos "Paco" porque no éramos tan mala gente como para llamarlo "Truño"; y al casposo Valverde de matemáticas le llamábamos "Lonchas" como digno personaje del programa "Al ataque".

lunes, 6 de octubre de 2014

Los mercadillos


El progreso hasta nuestros días ha obrado una mejora en la tecnificación, pero progreso también ha sido sinónimo de crecimiento en oferta comercial. Antes peregrinábamos a Andorra o la frontera, donde la libertad, a hacer las grandes compras. O bien atravesábamos la ciudad para llenar la despensa, en el único Pryca o Baricentro pionero que existía. Para ir a un Pokin's o un McDonald's debías acudir al centro de la capital, con una de esas tarjetas de autobús alargadas que ofrecían un descuento en su reverso. El Corte Inglés sí fue un invento antiguo, y entonces reinaba junto a Galerías Preciados como grandes almacenes. Llegada la Navidad era un acontecimiento la decoración articulada y magna de su fachada, pero dejó de reinar ante la apertura de miles de tiendas, se acabó el medievo comercial, y se empequeñecieron las representaciones de Navidad.

Lo que nuncá cambió fueron los mercadillos. Vendiendo melones, trapos, aceitunas y artesanía a mano del Camerún. Son entes inmutables al tiempo, puertas del espaciotiempo. Su condición básica y espontánea, una mesa improvisada y un telar recubriéndola, es más vieja que Matusalén, y se remonta a tiempos inmemoriales, y algún día los gitanos le llamarán lou-cos. Los mercadillos son un lugar ideal para el expolio caprichoso del niño, que aprovecha el caminar abarrotado y cansino, para suplicar a la madre desesperadamente por chuches y juguetes de los tendereres infantiles. Allí sacábamos esas pistolas con cargas en cubiletes de pólvora, los monederos colgantes de playa, las pistolas de agua con profundo olor a plástico, o los videojuegos de la época, acuajuegos, que se movían por palancas de agua.
La plazoleta del mercadillo era un lugar conocido por todos, locales o foráneos, uno de los epicentros del pueblo donde la chavalería iba luego a jugar entre cajas caídas y sandía espachurrada. Con el pasar de los años, ese mercadillo creció a la par nuestra, y rebentó el cinturón de la plazoleta, teniendo que emigrar al aparcamiento del nuevo mercado. Más adelante un mercadona lo hizo reubicar en el paseo hacia el pueblo viejo. Y así, como una bestia transhumante, ha ido resistiendo los embates de la modernidad.
El martes, los martes, el mercadillo de mi pueblo es y será ese día como las misas han pertenecido a los domingos hasta el fin de los tiempos.

jueves, 2 de octubre de 2014

Los 80 domésticos


El día a día de una familia se concretaba en breves desayunos, para correr con la madre sobre calles empedradas en un Seat 127 al colegio. Comprobar antes de entrar si alguna editorial nos regalaba paquetes de cromos en la puerta como cebo, mientras una masa de niños abusaba del pobre repartidor-presa. Cuando las puertas del aula se cerraban, nunca  pensábamos lo que les había deparado la mañana a nuestros padres. Estaba más que asumido socialmente en la época, que el padre salía de casa a pelearse el jornal. Nosotros pasábamos cuatro horas de forma más o menos profesional en el colegio, y saboreábamos los caminos de la escuela a casa, el avituallamiento, la sobremesa con juegos, y el regreso más escopeteado a la tarde colegial. Nuestra madre se había pasado el día arreglando la casa, sin llamadas de móvil de su marido. Bajo sus gobiernos matriarcales estaba el cuidado de los hijos. Los maridos se peleaban con números, toda suerte de piezas metálicas, o mercaderes de humo. Las madres moldeaban niños necesitados. No es de extrañar pues la generación de padres de posguerra tallados con hielo, y el papel redentor en la esfera emocional de las madres. En un mundo marcadamente desigual entre los géneros, la tendencia para un niño fue que las madres salvaran lo que los padres traumaran. En ese artefacto chapucero, todoterreno y sideral, que son las familias, el equilibrio del sistema se conseguía con un padre fajador, una operativa restrictiva para los niños, una madre-pilar colmada de paciencia, un perfume religioso, y unos veranos libres y callejeros.
Tras el colegio le dábamos al deporte, a los dibujos, o al juego de muñecos que también hacían deporte. Nos poníamos a hacer deberes en posturas de equilibristas, y pronto llegaba la cena, cuando aparecía bregado nuestro padre. El día estaba coronado por algún programa esperado de televisión, El precio justo, el Un-dos-tres, la Copa de Europa de baloncesto. Y nos dormíamos o rezábamos o caíamos en el sofá. Nuestra vida y nuestra felicidad era aquella cadena de idas al colegio, chasquidos de juegos, dosis de deporte, entretenimiento de televisión, y estancia familiar a la vera de nuestra madre. La infancia es un viaje, con doble órbita, es un tránsito, y va acompañado del sentir de los exploradores y los descubrimientos, porque el mundo se iba moviendo y se nos iba apareciendo mes a mes, y a la vez nosotros cambiábamos, mutábamos progresivamente, en una metamorfosis suave y excitante.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Los niños como desinversión


Los cursos de Primero de Egb olían a campo y bocadillo, mirábamos alrededor a cuál era más nuevo, en una situación convulsa de estreno colectivo, caminando con más cuidado sin darnos cuenta. A nuestra profesora la acabamos amando todos en silencio, no lo dudo, aunque no nos lo hemos dicho nunca. Los niños de pequeños sólo concebimos y concedemos el amor a nuestra figura materna. Si hiciesen la estrambótica encuesta sobre parejas y amor erótico a niños de seis años, la madre sería lo más cercano a la pareja elegida. Después de las monjas del parvulario, que eran ángeles asexuados o bien lechuzas, pero no eran civiles, pasábamos a convivir seis horas al día con una mujer joven que velaba por nosotros. Como pequeños hombres manteníamos nuestras microfichas con la profe, y ella nos devolvía ese 0,01 % de tensión erótica hacia nosotros. Así que bajo una atmósfera tan idílica como vacía iban pasando los meses, y claro, llegado el día de la despedida antes de las vacaciones, fue dando un beso a todos, menos a mí, que por hacerme el interesante conseguí eludir ser uno más de los besuqueados por trámite. Y ahí terminó todo.
Primero de Egb tenía el profesorado todo féminas, pero de segundo en adelante la proporción macho dominaba de forma totalitaria.

En los países emergentes, los que rugen, y España lo era en los ochenta tras la eterna dictadura militar de derechas, en esos países la educación cobra una importancia radical. Los padres han probado el bocado acre de la vida al tener que hacerse un porvenir sin estudios, a base de sudor e incomodidades. En España un tiempo, o en la India en otro, pueden ahorrar a sus hijos esa brega ingrata y asegurarles un futuro feliz con la garantía de unos estudios. Las instituciones escolares se comparan en esos tiempos, se miden las instalaciones, se hacen rankings minuciosos, como si caer en una o en otra pudiera deparar un porvenir seguro frente a otro mucho peor. En nuestro colegio palpábamos esas referencias de prestigio. Para entrar debías pasar una prueba de aptitud; los profesores eran elegidos entre bastantes candidatos; ellos hacían referencias a ir a Maristas o no; por instalaciones había un cine mastodóntico, un museo de ciencias, una piscina, bar, varios laboratorios, tres patios, iglesia, y todo lo que los religiosos habían podido rapiñar en cuarenta años de nacionalcatolicismo. Así que los dos mil hombrecitos que acudíamos a aquella escuela en pleno Eixample de Barcelona éramos unos privilegiados por obra y gracia de unos padres que se rompían los cuernos para llevarnos ahí sin tener nosotros ni pajolera idea de todo aquello.

martes, 30 de septiembre de 2014

El léxico de mis abuelas


El léxico de mis abuelas siempre fue peculiar. La tía Marina, maestra de ceremonias de meriendas, nos ofrecía un mantecao, que era su forma de llamar al helado. Nos contaba que al tío Rafael le había dado un paralís, y que si teníamos ganas de hacer un pipinolis. Mi abuela era sencilla y auténtica como sus patatas fritas. Nos preguntaba si queríamos más norcilla, al color rojo lo llamaba encarnao, y nos decía lo bien que estaba Emilio Aragón en el vin noche. La tía Marina peinaba a domicilio señoras pudientes como la señora Baldovín, y exportaba de esas casas a su vida una aristocracia de segunda mano, algo incoherente que mi abuela llana siempre le tildaba de fantasías. También le recriminaba su servidumbre comercial a la señora Cardina, la dueña de un colmado que colocaba a mi tía los productos más caros contándole una procedencia legendaria de los mismos. Ellas eran muy diferentes y convivieron como viudas mucho tiempo. Una asentada y tranquila, la otra más infantil y sin hijos. La coquetería de mi tía no cejó hasta los noventa, y su última década la pasó ennoviada de un noventón al que nosotros llamábamos Arturito, que le recitaba versos en las comidas familiares hasta que un día decidió dejarla entre visitas a la uci. Mi tía consiguió preservar la ligereza de la adolescencia hasta más allá la tercera edad, en un acto egoísta, despreocupado e inocente. Su piso forma parte del museo de mi memoria, ese piso alargado con tanta madera marrón oscuro, que imagino al leer las memorias de los años cuarenta en Umbral, pisos que son un fondo de la memoria de todos nosotros. 
Allí batalló su lugar coqueto en el mundo, con mucho cristal y vitrina, revistas de celebridades, colorete e historias domésticas de marquesas; mientras mi abuela tiraba su pan duro en el café con leche, arrastrando con él la posguerra, y escuchaba a su querida hermana fantástica, como una versión plausible de ella, mientras releía las cartas rizadas de azul de sus hermanas de Irún y se evadía pensando en sus cinco nietos.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Juicio a tu escuela


Nadie ha llevado a juicio su escuela una vez ha salido de ella, por motivos educacionales. Probablemente nadie lo hará, los adolescentes no están para eso. Los padres y las instituciones de la generación anterior, forman parte del establishment educacional de los colegios del momento. El problema es que un niño es un artefacto propulsado en el tiempo por la vida, entra como un enano al sistema educativo y no sale de allí hasta los veinte, y de mientras el mundo se ha desplazado, ha cambiado, a un niño paradójicamente se le ha de preparar para un mundo desconocido y venidero. Los esquemas, incluso hábitos, de la generación anterior pueden quedarse obsoletos. Y la tendencia más común del ser humano es educar de acuerdo a lo vivido, sin proyectarse en el tiempo o dejar los esquemas abiertos, sino aplicar los patrones del pasado a un mundo que está mutando y ya no será el mismo.

Cuando relato la educación religiosa que recibimos, soy muy crítico y es fácil caer en ello a toro pasado. Los juicios tardíos a la escuela, llegan a partir de los treinta, en que uno sintoniza o rechaza esos órganos trasplantados que en las aulas se produjeron. Hoy testimonialmente sentaré a esa escuela en el banquillo, para intentar subrayar más lo bueno porque lo malo con los años se ha hecho más desvelador y acaba saliendo más que lo primero. En especial el hecho de formarnos en lo sobrenatural, y desde allí toda su ramificación cerebral en lo moral mientras ese cerebro vacío iba siendo inaugurado. El prepararnos para otra vida del más allá recién nacidos a ésta, cuando lo que más necesitábamos era adaptarnos lo mejor posible a la única que existía. Nos daban igual los siglos pasados como horizonte, porque hubiese sido preferible forjarnos en emprenduría, finanzas, educación sexual, humorismo, tecnología, soledad del siglo XXI o compromiso político. Pero adorábamos iconos en madera y no rezábamos ni la ley de Moore ni las bondades del Apple II. Tal vez hubiese sido un gran colegio si le quitamos toda esa parte supersticiosa, estigmatizante e invasiva que era la religión. Que es como decirle a la Historia que hubiese podido prescindir de lo supersticioso mil billones de veces. Pero en los ochenta, la educación todavía permanecía mayoritariamente en manos de la Iglesia, y la Historia es un proceso natural y consumado que tiene sus circunstancias y sus estadios irreversibles.


Sin embargo, sí teníamos ordenadores Apple en plenos ochenta en el colegio. La vanguardia aparecía entre enseñanzas monásticas. Papá colegio nos estigmatizaba con la religión, pero llegaba a casa tarde después de traernos medios punteros para el aprendizaje. De aquel colegio salías bien preparado para comerte la universidad, pasando sus cribas y utilizando todos sus medios e instalaciones. Era un colegio efectivo, donde tampoco faltaban los recursos necesarios para divertirte y no convertir aquello en un encierro. Actividades extraescolares, deporte sobre todo, festivales, torneos, salidas, colonias... Tenías todo lo necesario para ser un hombre de provecho, hacer una buena carrera, acabar copando una clase media-alta... supongo de forma paralela a todos aquellos que iban a salles, jesuitas, escolapios, de la misma ciudad. Lo de la religión iba en la factura, era la muleta que todo el mundo llevaba en la época, y la traspasaban a todo hijo de vecino porque los tiempos no permitían apenas otra solución. Esa cojera de la especie no te la curaban. Tenías que ser tú con el tiempo quien se desvinculase de una mitología hebrea, quien desligase su vida de la superstición y el más allá absolutista, quien se extirpase las balas masoquistas y uniformadoras de la culpa, y quien se pusiese a sorber el mundo y la vida como lo único real, a la vez que se iba extinguiendo.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Apartamento de época


Por grandes y pequeñas razones el piso de la tía Marina fue un piso protagonista. Nosotros vivíamos en el 751 de la Gran Vía, ella en el 755, a una calle y media, que es lo que tienen las grandes avenidas. Mi abuela tenía un piso seiscientos metros más allá, pero la vida de ambas y las visitas familiares se iban a llevar a cabo en el 755 de forma casi exclusiva. Fue una visita clásica la que hacía con mis padres el domingo por la noche después de misa. Porque yo llegué a ir a misa de forma piadosa, aunque ya parezca de otra vida lejana.
Aquel piso era peculiar, el más remoto en el tiempo que entonces pisaba. Ellas habían nacido en 1915 y 1920, y ese piso no respondía a los cánones del tiempo. Era alargado y oblongo, con más penumbra de lo normal. La distribución de las habitaciones era extraña y tenía algo novelesco. El salón estaba ocupado por una gran mesa de madera oscura, recubierta de tapetes de ganchillo, y era el epicentro de la casa. No tenía sofás, apenas un sofá bajo en un extremo, habitado de forma perpetua por el tío Rafael, que mucho mayor que mi tía se fue paralizando, petrificando, vegetalizando, hasta que un día ya no estuvo más en aquel sofá bajo. 
El resto habitábamos las sillas, recias y mullidas. Mi abuela escribía allí las cartas a sus hermanas de Irún, disgregada la familia desde la guerra, y miraba a la ventana del frente del salón que daba a un patio interior, y veía allí a sus hermanas, a Irún, y la distancia.  La ventana pertenecía a una zona del salón separada, una mini-galería, con una cómoda, un revistero y algo de decoración. El resto del salón lo poblaban muebles heptagenarios, vitrinas de pitiminí, y un reloj como de banco que presidía la mirada y parecía engordar.
Junto al salón estaba la habitación de las ropas. Una especie de desván textil donde iban a parar retales, algo familiar a la ocupación costurera de mi abuela. Al pasar la gran vitrina de las vitrinas hacia el resto de la casa, a mano izquierda había como una habitación de cuento donde no dormía nadie, sólo los personajes de ficción que rondaban nuestras cabezas. Tenía una cama principesca donde alguna Navidad caía una siesta de niño. Enfrente, estaba la habitación de casada, soltera y novia, de la tía Marina. Una habitación cuidada y fémina, propia de la entrañable y presumida tía Marina. Al fondo estaba la cocina mínima y artera, años cincuenta, de alguien coqueto y sin hijos algo profana del cocinar. Junto a él un baño de posguerra, básico y alicatado en un verde color uniforme de guerra. En la salida de la casa tenía su lugar la mesita del teléfono con su flexo, y hacia la puerta un oscuro vestíbulo donde la tía nos remachaba a besos, mofletudos, percutidos, a razón de veinte cada diez segundos, en varias batidas. Nosotros vagamente entendíamos que aquello debía ser un arrebato de amor descontrolado, pero era un ritual bien sabido y propio.

jueves, 7 de agosto de 2014

La mística de los caballitos


Los caballitos eran la gloria. No sé quién fue el primer constructor de atracciones para niños, no sé si ser juguetero requiere ser antes un padre excepcionalmente vocacional. Tenemos dos chips en la vida, el de antes y después de la pubertad, dos configuraciones neuroquímicas que dan dos tipos de personalidad. Existen dos seres en nosotros, uno ya apagado y extinguido, el otro funcionando.
En los parques de atracciones esos yoes se dilatan y confunden. A la fantasía visual de los bajitos se le acaba imponiendo el movimiento, ya agresivo, de lo vertiginoso. Como si los niños fuesen futuros amigos del puenting. Nos encandilaban los caballitos por simple cuquería. Paladeábamos todo ese escenario fantasioso, reluciente y mágico, que apenas se movía, más bien se suspendía por un cielo, en medio de un descampado de las afueras. Esperábamos la visita mensual a la feria como una eucaristía a la tierra prometida. Nos vestíamos y peinábamos para la ocasión, suplicábamos luego por una manzana de caramelo, por un algodón de azúcar.
A un niño le basta esa escenografía para creer en la magia, subirse en los juguetes que cobran vida, saturado de música luz y color. Un niño grande necesita saturarse de vértigo y aceleración para llegar a la frontera. Dopamos a los niños de fantasía, y tal vez así de mayores no se dedican tanto a la guerra. La civilización consiste en incrementar el cemento en la tierra y en el pecho. Tratar a los niños como emperadores de siglos atrás, y ebrios de privilegios, repartan esa suerte de forma generosa y constructiva. Con el peligro de que no salgan del culto al yo, que se confunda amor con necesidad, quererse con desesperarse. La infancia es un inocente parque de atracciones con música a todo trapo, donde se posan todas las enfermedades mentales como grises polillas en su puesta de huevos.
El alma de un niño como ese hilo de música que sale del saxofón, vital y delicado, custodiado mientras suena y se extingue por unos padres que dopan la fantasía y extirpan ego hipertrófico a la vez, en una cirugía de la personalidad a pecho abierto con lo más amado, dudando si esa música es alarma de quirófano o notas de un canto celestial.

miércoles, 6 de agosto de 2014

La economía de guerrilla


La publicidad tuvo su cambio climático, su fenómeno tal que una glaciación. Y ese incremento de las precipitaciones repercutió de forma progresiva en la economía de las familias. El bombardeo publicitario contagió a las nuevas generaciones estimulando las antenas consumistas del ser humano, pues las tiene de serie, y basta una repetición masiva de imágenes asociadas a un precio asequible, para que la zanahoria ante el burro funcione.

Mis padres pueden vivir durante cuarenta años con los mismos muebles prestados. No han pisado Ikea. Se han quedado en una oquedad del tiempo y desarrollan su vida sin problemas. No saben de marcas. Los muebles no han cedido, siguen antiguos y válidos, más funcionarios que feos. Ya no siguen a juego con las greñas descuidadas de sus habitantes, o con bañadores ajustados y arteros, pero a ellos muebles les va mejor ese estatismo. Mis padres tienen tres grandes casas. El meridiano de su ejercicio de supervivencia familiar pasa por ahí. Tipos austeros, hipertrabajadores, bruscos, caseros, generosos, coléricos, donantes. Ninguno de nosotros jóvenes ha hecho un viaje a los años cuarenta. Ni ganas. De esos fangos vinieron estos lodos. 

La ingeniería de la obsolescencia vino después. Nuestra anterior generación y su hormiguismo ahorrativo representa otro país. Tal que la economía de Noruega multiplica por tres otra sureña, la economía de nuestros padres es otra, extranjera de tiempo, respecto a la nuestra. En un país fluyen varios países aunque cueste verlo, varias culturas y economías opuestas, hasta en un mismo tronco familiar. La apisonadora de los céntimos, la abstención consumista, la estética como valor accesorio, la poca simpatía con la publicidad enrollada, hacen que día a día el gasto se contenga, y a final de año su economía arañe un quinto o un cuarto a la nuestra. En una década, todo ese ascetismo económico se traduce en una segunda residencia, su economía milagrosa se saca un apartamento de la manga del mar menor.

domingo, 22 de junio de 2014

Historiografía de un jardín


El jardín de nuestra casa sí ha ido mutando, y se pueden repasar sus catacumbas imaginarias, para recordar nuestras diferentes civilizaciones en estos cuarenta años. El cerezo ausente de los años ochenta, que presidía barbacoas pobres entre un frío más agresivo por psicológico, en unos años precarios. El huerto que lo acompañaba, a juego, desordenado y menestral, cuando el jardín apenas tenía una función estética, y la palabra abastos aún se utilizaba. Después vino la grava, que es un césped rudo, que era la diferencia canónica entre la clase media y la clase media-alta. Los solares de estas casas son parcelas de campo reinventadas, que acaban teniendo muchas más plantas que su secarral originario, y por tanto más bichos e insectos. Ir al campo aparte de un relajante vía las vistas de nuestros ojos, ha sido una estancia íntima de tú a tú con una pléyade de bichos certificada en nuestra piel. Esa era la diferencia textil entre el césped y la grava. Pero nos permitía jugar al tenis circular, aquel engendro en que la pelota estaba atada a una espiral de hierro. O al golf de las cien pesetas, comprando palos y pelotas de plástico en prebazares chinos, y haciendo el único agujero en la tierra con las manos. El adictivo y estupefaciente fútbol sólo se jugaba en jardín a una corta edad, cuando nuestras dimensiones no desballestaban una casa. Esos años en que nos disfrazaban con camisetas oficiales para un partido, y se nos hacían fotos con los primos en una época que no alcanzamos a recordar. Luego, el fútbol se salía de las casas tumorado hacia las calles, las plazas, las playas.

La sagrada manguera siempre fue una secundaria insustituible. Al venir de la resecación total de la playa, la lluvia refrescante y salvaje a manguera la hacía imprescindible año tras año, pues de alguna manera nos restituía. Descalzos y desnudos sobre la grava, con esa inundación, experimentábamos un edén meteórico. Nos fundíamos entonces con la naturaleza, nos extirpábamos toda la memoria del asfalto y de los techos de ciudad, y sin saberlo nos estábamos regenerando.

Sólo queda en pie en este jardín fotografiado a smartphones, el hermano de aquel cerezo, un albaricoquero. Primero desapareció el ciruelo, por estar en medio de todo, como un rosal que también se esfumó, luego se fue un manzano treintañero que nunca dio manzanas pero que caía bien. Dicen los mitos que hasta hubo un almendro. Al final los que han desafiado al tiempo han sido un olivo y un madroño, arrugados, retorcidos, dispuestos a sobrevivirnos. Porque los que siempre estuvieron, y nunca se marcharán, los únicos autóctonos del lugar, son tres pinos ancianos y monumentales que no paran de reírse. Saben que ese jardín ha sido preservado por unos padres y que ha sido su obra eterna de cada tarde. Sacar hojas, segar la grava, podar los árboles, cortar el seto, abonarlo todo, y así. Una obra exhibida unos minutos desgranados de otros minutos, una penitencia agradable, el reservorio común de los Santamaría Lasheras, el escenario querido, algo así como el edén parcelado de treinta metros cuadrados. Dicen que mi madre, antes de subir al cielo, arregla feliz un jardín donde aplica su mimo a las plantas, sabia y zen, como antes lo aplicó a unos hijos, al gobierno de una casa, a una vida épica que preside desde sus azaleas y sus mimosas, en una metáfora del retiro merecido de una diosa común y madre.

sábado, 3 de mayo de 2014

Mis patios


Gamarra hace el saque inicial con un patadón neutral hacia arriba al estilo del baloncesto, Gibert ya va hacia la pelota y se la lleva, regatea a 'Manolo', esquiva a un niño de séptimo, y choca contra uno de tercero de Bup. La pelota le cae a Marín que no se complica la vida y la cuelga al área contraria a cincuenta metros - Guardiola gime - le da en la cabeza al prefecto y el esférico de goma lo controla con el pecho Riba, se prepara para dejarlo en la escuadra y, un planchazo de Soto Ripoll a la altura del hombro devuelve la pelota a Gibert, o al Gíbert, que regatea a Vicenç, o al Vícenç, cruza medio campo y asiste a Chichi Alonso, pura técnica inmóvil, poste bajo. Riba de mientras se enzarza con Soto, si no fue a por la pelota rápido a cogerla con la mano, parar el partido, reivindicar e imponer su penalty, las reglas del patio de colegio son febriles y dicen -jueguen! -jueguen!. Pero la pelea sigue y los de alrededor empiezan a bramar, a chillar, por el mero cachondeo, a lo bruto, y el rumor se extiende y concéntricamente abarca medio patio, que se contagia del salvajismo cachondo y se precipita sobre el foco de la pelea. Entonces, trescientos tíos que ni les va ni les venía se agolpan acompasadamente como una horda en pánico hacia Riba y Soto, en una onda de chillido cavernícola o mamífero, perfectamente sincronizada en círculo hacia adentro. Es una gamberrada espontánea de a trescientos, un erupto de rebelión cómico y bestia. Los profesores desde las balconadas de las galerías, ven el espectáculo troglodita tan bien ejecutado, que Simeó, franco como es él suelta: què fills de la gran puta!
Es un recordatorio que somos bárbaros, que somos libres, que unidos en la masa somos invencibles. El tumulto y griterío dura justo doce segundos de exhibición y después cada cual prosigue sus quehaceres como si nada. Riba llora y Soto escupe mientras habla. Gibert, aprovecha el vacío en la otra punta, y recibe la pared de Alonso, todo técnica, y se prepara para fusilar a Barquet. Pelota rasa junto a la columna que lo bate y ya en la línea es despedida por el Peluco, el cap d'estudis, el Hermano Bernardo, que sale apresurado de su despacho a ver qué tribu subsahariana estaba de guerra bramando en el patio central. Gibert reclama el gol, corre presto hacia el rebote, coge el balón, y se va hacia el centro del campo donde planta la pelota para que saque el contrario. Nadie se mete con el Gíbert. 1-0 y dos minutos para colgar la pelota antes que el timbre del patio fulmine el partido.

Las Olimpiadas de Maristas


Los hermanos maristas, como los religiosos de otras congregaciones, eran rebaños de solteros, que compartían piso, pero como todo soltero, disponían de bolsas de tiempo. Los vínculos y ligaduras familiares de primer grado se sustituían por su relación con dios, y como éste era omnipresente y omnipotente, estaba siempre a mano de un contacto telepático en décimas de segundo. Sus oraciones eran más rápidas que el fax y no tenían coste, con lo cual eran hombres sobrados de tiempo. Eso explica cómo se originaban aquellos acontecimientos extraescolares, a los que sólo les faltaba ser retransmitidos por televisión. Ayudaba ser un colegio con solera y toda la tradición acumulada y transmitida década a década. Sobresalían dos de ellos, las Olimpiadas y el concurso "Més i Millor". La olimpiada era un día del deporte sí, siempre alrededor del 8 de diciembre en Maristas la Inmaculada, aquel día que en su vigilia te ibas a dormir fabulando, fantaseando, elevado y excitado. Estar lesionado ese día era la auténtica tragedia infantil, no se lloraba, no se berreaba, se asumía trágicamente, como una pérdida adulta, y se paseaba un luto maduro por el colegio. Nos despertábamos ese día con fuerzas, divisando que sería un día largo, recordando los highlights del día y las horas asignadas a nuestro curso. El espectáculo del atletismo, la batalla en la piscina de la natación donde siempre saltaban las sorpresas, el reto del baloncesto y el fatricidio entre federados de distintas clases, y la cúspide del fútbol con el patio abarrotado, que a veces justificaba el día pero valía dos puntos como el ajedrez, el balontiro, una de las cuatro pruebas del atletismo, el tiro con cuerda, el ping-pong, los dardos, el salto de altura, el peso... Una veintena de pruebas con sus horarios asignados para los ocho cursos de EGB un día, y para los cuatro cursos de BUP y COU otro. Semanas antes en cada clase, se habían distribuido los participantes de las pruebas durante una asamblea discutida, rellenando los formularios de inscripción correspondientes. Toda la jornada repleta de competiciones y partidos cada diez o veinte minutos, todos presididos por el profesor correspondiente cronometrando o arbitrando, los alumnos que no participaban haciendo de afición, y los ires y venires a una pizarra de ocho por diez, cuadriculada, pulcra y a colores, donde se iban actualizando las puntuaciones con belleza caligráfica. Sin fallos, sin errores, sin retrasos, en una envidia organizativa. Aquel día nuestras vidas fluían y se desbocaban, en puro y sano deporte. Un verdadero festival con 1200 mocosos coordinados, disfrutando al máximo sin conflictos. El éxito de la organización es proporcional al sentimiento, que treinta años después aún despierta el recuerdo de aquel día en nosotros porque colmaba nuestros sueños de niño, que conseguía para muchos, ser el día más feliz de nuestras vidas, pese a derrumbarnos en la cama por la noche como pequeños héroes tocados por la magia. Y por habernos regalado ese día aquel colegio y sus gentes, por haber vivido y paseado aquella excelencia organizativa, detallista, inteligente y estética, sin ser conscientes nos prometimos por dentro ofrecer nosotros esa excelencia un día, nos hicimos nuestra esa calidad para gozarla y para exigirnósla. Que fue tal vez la lección más honda que nos podrían dar en el colegio.

jueves, 1 de mayo de 2014

El cáncer de la piedad


Pero un gran peligro del cristianismo a escala masiva era la piedad. El buenismo fomentado por su doctrina acababa dando mártires en un mundo de pillos y cristianos. La gente que se tomaba en serio eso de ser buenos, y quedaba impreso para siempre en sus instintos. Gente piadosa que entre el bien y la tomadura de pelo, ponía la otra mejilla, y eran el lado hendido del mundo, el flanco de los parásitos desligados de cualquier moral. Una masa blanda que votaba la abstención moral frente a los escándalos, un colectivo dominado que sí cuchicheaba pero no iba más allá. Toda su potencialidad como personas y profesionales, iba cercada con ese collar buenista, que relegaba frente al prójimo, paralizaba las aspiraciones personales, para que siempre viniese el listo de turno que se colaba en la fila de los sueños, y la vida se iba con una desventaja autoimpuesta y católica.
Al final la piedad se ponía rancia con las décadas y con el balance devastador frente al vecino provocador. Aparece entonces un fundamentalismo, un morir con el cilicio puesto, y se acaba campeón de la intolerancia.

Nos enseñaban a ser buenos por ser buenos, por un mandamiento divino, algebraico y vetusto. Nos mentaban el Sinaí y las tablas de la ley, empollábamos los mandamientos como las capitales y los ríos, y ya no llamábamos de usted a los profesores ni madre a nuestras madres, pero aún había una distancia sideral entre las generaciones, si es que treinta años no ha dejado de ser nunca una distancia psicológica sideral entre la tradición y las nuevas generaciones.
La bondad impuesta y examinada, con calificaciones, como una asignatura, como las matemáticas. Y el pecado sobrevolando, la daga de la culpa prefrabricada para cada uno de nosotros, para írnosla clavando poco a poco de ahí en adelante. Un mundo justiciero, castigador, donde se inaguró nuestro masoquismo marca de la casa.

La educación rascacielos


Lo sobrenatural iba poblando nuestras vidas como una infancia de espíritus, que se sustentaban en los iconos de cera de vírgenes y santos, los tótems dramáticos de nuestra tribu. Nuestra devoción paralela, también hacía uso de la imaginación y la fantasía, y los superhéroes y duendes de dibujos animados pobablan nuestras vidas, apoyadas en sus figuras de goma nada dramáticas y sonrientes. Eran los dos reinos de la fantasía, uno instrumentalizado, hebreo y regulativo; otro excitante, americano, desbordante y comercial.

Las generaciones de los ochenta y precedentes recibimos una educación espoleados. Existía una sobrenaturalidad, un vector del absoluto, que tiraba de fondo en nuestra escolarización. No se iba instruyendo en una naturalidad pareja al crecimiento, campechana de las edades, sino que se daban pretensiones totalitarias en el desarrollo de nuestra conducta. Era una educación en tensión, axial y verticalísima, con prescripciones y prohibiciones bien marcadas. Fuimos niños espoleados por el absoluto, y de mayores se nos quedaron las marcas, en forma de idealismo, inconformismo, rebelión o sometimiento, según nuestro desenlace en esa escalada vertical y menorera, por los desmontes de Dios.

No vivimos el relajo de una educación horizontal, relativista, nihilista de absolutos, sin más pretensiones que lo que tocaba para cada edad, desde las tabas hasta la física cuántica. Y de mayores se nos mantienen los dejes en la psique, y el absolutismo aparece, tensionado, y empezamos a operar en vertical, algo abismados, y demasiado polares.

lunes, 21 de abril de 2014

El campo y los ochenta


Los fines de semana ácidos de los ochenta, enfundados en un chándal de felpa para el frío, en un mundo despeinado, artero y oscurecido. Había más campo, antes, todo esto era campo, y nos relacionábamos más con las ortigas y las zarzas, esperábamos el cese de la lluvia para ir a buscar caracoles, por hacer algo, nos llevaban a unos descampados a coger regaliz, si antes no habíamos salido en expedición a por moras, con los amigos y las bicis, o con la abuela. Mis padres compraban la verdura al Rata, una especie de Josep Pla campesino, que parecía brotar todo él también de la tierra. Tenía los campos por Santa Oliva, inmejorable seña, y fueron dos décadas de abastecimiento in situ, o pesadas visitas para nosotros al medio de la nada, entrando por un bosque y acabando en campos destartalados y humildes, donde mi padre siempre se entretenía. El Rata venía a casa de vez en cuando a comer una paella, porque media Catalunya ha venido a mi casa a comer una paella, así de dados han sido nuestros padres. Pero comíamos vegetales y fruta que luego en los dos miles apellidarían ecológica, antes de todos los químicos y las cámaras frigoríficas. Mi padre en otra época se hubiese embarcado a la ruta de las especies o hacia los mares del sur a buscar aceites y coral, por el mero hecho de la compra en origen. Era feliz cruzando valles y gastando motores con tal de llegar al pueblo perdido donde hacían aquel vino o aquella miel, como un argonauta del producto artesano. Hobby, afición o manía, esa vertiente lúdica de cada uno que forma sus riadas caprichosas. Se podría hacer un psicoanálisis de las aficiones, y sería igual de revelador que los análisis de traumas al uso. 
Mi madre fue una copiloto fiel, que no llevaba el timón y siempre se ocupaba del resto de ocupantes de la familia. Su función fue mantener contra viento y marea aquello unido, tan centrífugo, colérico y batiente. Fajarse y fajar todo aquello, mientras el padre echaba el combustible. En el pequeño corazón de mi madre no se contiene ninguna especulación, chasis antiespeculativo, y está hecho de un tejido diamantino sobrenatural o extraterrestre.

domingo, 2 de marzo de 2014

La horma de tu barriada


Llegar a una ciudad es un trasplante. La capital es para el emigrante un gran campo dormido donde plantar unas raíces. Ir a parar a un barrio u otro, conllevará su efecto configurador de personalidades. Para un niño representará gran parte de su destino. Será el pequeño país de nueve calles, que desde el momento de pisar por primera vez sus adoquines, tendrá ya una treintena de compañeros de colegio y vida asignados, de padres con similares ingresos, profesiones no muy dispares, hobbies de los domingos paralelos. Las familias probablemente compren esos mismos domingos la comida preparada en idéntico lugar del barrio, los padres vean el fútbol en el bar parroquiano de turno, y el profesor revolucionario del colegio siga siendo personaje del año un curso más. Podían haber escogido entre cuatro barrios más equivalentes, uno con un toque sureño, otro que fomenta más a la larga ser competitivo, o un tercero que con el tiempo verá sobrepasado el flanco de la droga en el barrio por una mudanza de traficantes estrella. Incluso podían dar con sus huesos en un barrio de clase alta, de clase mayor, y ser cola de león toda la vida, conserjes con derecho a piso en el entresuelo, con niños que miran por encima del hombro a los tuyos, y padres que regañan a los suyos casaderos por encandilarse con la bonita hija de la portera.

Pero cierto es que cada barrio conlleva unas amistades para un hijo; unas pandas que pululen por el barrio o no; unos adolescentes pioneros de los tiempos que revolucionen, degeneren o prosigan las costumbres de la zona; unas asociaciones y un equipamiento del ayuntamiento que ensanchen la actividad rutinaria de los chavales; un clima, en definitiva, que percuta en la psicología basal de sus pequeños vecinos. En los ochenta, pese a haber metros que soldaban la ciudad en diez minutos, no estaba tan revuelta y mezclada como en la actualidad, y presentaba un mapa más compartimentado.