lunes, 11 de marzo de 2013
Chollas
Gente de chollas. Las chollas, greñas, o melenas. Hay palabras que engloban la sonoridad de una época vivida, especie de títulos generacionales.
Palabras noventeras, vocablos de una década, léxico cargado de tiempo. Chollas es intraducible. Chollas es meridional, fricativa y palatal. El italiano o el griego tal vez puedan emular su físico, pero sería mucha casualidad que también existiera un término greñudo con sonoridad y empaque parecido a chollas.
Chollas es prima de la familia de coños, zotes, pachorra, cejudo, porrón. Palabras pesadas y sonoras que no flotan en el lenguaje, palabras zanjafrases, que por sonar más, ocupan más significación, la familia contundente del vocabulario.
Hay una forma percutora de ganarse al lector con estos golpetazos léxicos, a base de empaque. Cada texto no es más que una canción, y el estilo contundente, de defensa vasco, utiliza el español heavy para ganar adeptos. Le gusta el marmitako Don Camilo? Toma-claro.
Greñas apunta, melenas lista, chollas retrata o caricaturiza. Es el extremo de esta progresión coloquial, es casi jerga juvenil.
Aprovecho el tirabuzón de pelo para linkear esta reflexión greñuda con la que me he topado:
http://blogs.publico.es/antonio-banos/332/las-grenas-en-espana/
Paco Montesdeoca
Lunes ocho de la mañana. Reanudo mi profesión de narrador del clima, meteorólogo a posteriori, comentarista atmosférico. El tiempo nos coarta, como la emboscada mundo gris de la semana pasada. La legislatura del invierno expira. En los atardeceres de febrero el frío ya dudaba y se colaba una luz caramelosa, ámbar del calor contenido a lo lejos. En los primeros días de marzo las tardes eran blandas. Ahora los pájaros reciben tímidamente a la primaveran, sus gorjeos parecen frenarse buscando confirmaciones, es su canción interrogante de marzo.
Son los últimos días de la exposición para ver los cuadros lesivos del frío en la naturaleza. Ya se ha dado el pistoletazo del tiempo de mangas de camisa, clausurando el período chaquetero. Sentimos la suavidad atmosférica del que le han cambiado las sábanas del clima, agradables y nuevas hasta que no se noten por el uso. El mar está de vuelta, solventadas sus corrientes nórdicas y su aspecto de bestia fiera, vuelve a ser un mar peinado.
La naturaleza se despierta como una marabunta de seres vivos. Cientos de miles de huevos de insectos, anónimos del invierno, cobran realidad día tras día y aparece la infantería articulada de la naturaleza. Estamos a poco de que la sangre se altere, que la producción de melatonina se reajuste, cambiándonos la conducta unos días. Estaremos extraños. Seremos menos oseznos y más gacelas, antes de ser lagartos y lagartas de verano.
sábado, 9 de marzo de 2013
Te regalo una start-up
Una de las planificaciones clásicas de los cabezas de familia es hacer un montoncito de euros para la época universitaria de los hijos. Más en Estados Unidos donde la universidad es más costosa que en Europa.
Aquí, los padres avispados verán que cada vez tiene más sentido hacer un montoncito, pero para la primera start-up del hijo aplicado. Aportar parte de ese capital, para la empresa que tras unos buenos estudios le posibilite una vida autónoma e independiente. No tiene por qué tratarse de proyectos multinacionales y grandes corporaciones. Pero facilita militar en ese hemisferio otro de los que son sus propios jefes y brújulas, frente al club del toque de queda del lunes a las nueve de la mañana. Se juega en otra liga de los límites, y el club de los madrugones siempre espera por si acaso.
Es un buen regalo. Más que un legado casual en que se acumulan cucharillas de café de plata y desfases temporales en forma de objeto. Incluso mejor que un dinero caliente heredado, dinero ya huérfano, que viene a ser un regalo plantado sin envoltorio ni límites, y que necesita reposar para encontrarle el sentido. Porque eso de que es nuestro, necesita un tránsito cabal. Dinero que no hemos sudado y que bien podía tener otros destinos que no llegaron a cumplirse. A veces hay que dejar que el dinero venza su laconismo numérico y nos hable.
Pero esa dotación post-universitaria en vida de los padres, es de los mejores regalos que se me ocurren para unos hijos. Regalo inteligente y cambiavidas. Un pasaporte para escapar de nuestro imperio de la titulitis vasalla.
jueves, 7 de marzo de 2013
Resolución
Estamos a miércoles y seguimos sin cielo, permanece la tapia blanca ahí arriba. Es un cielo desgraciado e inglés. Continuamos bajo un cerco climático en una semana pésima de cielos.
[tres horas más tarde...]
La bienal de lluvias ha terminado. Irrumpe al fin un sol ominoso. Llega del otro lado de las cosas, arrollando. Su presencia esta tarde se reverbera en todas las piezas del mosaico mojado que es el mundo, cegador y reivindicativo. Ha amanecido de tarde, invasor, por la retaguarda de la tormenta extinguida.
El mediterráneo son los párvulos de lo climático, aquí las borrascas se experimentan tres días, y aparece el sol inagural como si nada.
El libro preñado de Umbral que leo me ha puesto en recirculación literaria. La web Umbralistas ya está en marcha, y poco a poco iré convocando a criaturas de ese reino. Mi investigación sobre los superdotados en la facultad, prosigue. Pero hoy me he enterado que hay que hacer un simulacro de investigación, oiga usted, yo no hago simulacros joder. Alterno también con una biografía del vagamundo Cernuda, a la que seguirá la de Alberti. En esas estamos, venga va, esto ya tiene tamaño y peso de post, empaquetao
miércoles, 6 de marzo de 2013
La reproducción sexual de los artistas
La creatividad también puede tener su clasificación dualista. Ya la apuntaba Nietzsche en su genialoide "El nacimiento de la tragedia", con la distinción entre arte apolíneo y arte dionisíaco. Mientras leo "Las palabras de la tribu" de Umbral, me viene a la mente una dualidad entre los creadores. Habría una producción artística de tipología correcta, mansa, precisa, ordenada, minuciosa, apolínea, que reproduce fielmente el mundo, tal que una miniatura o maqueta de cristal tallado. Esa porcelana de la realidad también es arte, y es graciosa la miniatura que se obtiene, de difícil factura, y útil como maqueta.
Pondríamos allí a Azorín, Muñoz Molina, buena parte del novelismo actual, el paradigma de la psicología cognitiva, la filosofía de Popper, una Canon D400...
Frente a otra producción artística o creativa de tipo volcánico, orgánica, plástica, bebediza del caos, violenta, de inspiración barroca, dionisíaca, tal que acaba produciendo no una figura mineral, sino un engendro vivo, una criatura o animal pequeño injertado entre la realidad y su representación. No pretenden ser observadores ni deduccionistas, sino químicos, la creatividad cultural llevada a sus últimas consecuencias. Sin ninguna premisa inconsciente, ni límites ni márgenes en sus investigaciones, descienden al caos y ascienden ya con otra realidad nueva, o que sabe a ello. Visten ropas y utensilios de espeleólogos, mientras que los porcelanistas van de paisano y usan tecnologías.
Aparte unos operan sobre una materia intelectualoide, suponen una realidad racional, tan inteligente como ellos, mientras que los dionisíacos tienen en cuenta sin desdeñar toda la parte sentimental, emocional, errática y caótica de la realidad, e intentan desennudar estas tensiones, desembozar nuestras desembocaduras. No ven la realidad tan racional, ni limitada a su propia inteligencia, no buscan una reproducción fidedigna y pretenciosa de tal complejidad, sino obtener una criatura, un vástago personal de ella, que es la manera propia de reproducirse la naturaleza, una recombinación que apunte, que desvele, que tenga la misma voz pero siempre unos ojos otros. Buscan tener una hija con la realidad, asumiendo que nunca podrán alcanzar a poseer las dimensiones inabarcables de la realidad.
No hace falta decir con qué tipología comulgo ni qué tipo de arte pretendo.
martes, 5 de marzo de 2013
Cielo barcelonés 5 de marzo
El tiempo ya ha desprendido el capítulo que ayer se reprimía. El acto de la lluvia. Voraz, invasor. La gran capota inaguraba un festival semanal de las aguas, ayer montaban la carpa. Hoy hay niebla a media vista, y todo está chupido. En cualquier caso mejor al cielo inhabilitado de ayer, blanco, opresivo, reductor. Ahora es un cielo transitivo, no una enorme pared que nos encierra. Bóveda comunicativa, canal de aguas, matizada de brumas, difuminada en la tierra. Solventable con un chip británico.
Barcelona y yo
Para volver de la ciudad a mi casa en coche tengo dos opciones: la ruta del coche de caballos o la ronda corbuseriana.
Casi siempre cojo el cinturón, opto por la celeridad, la inmediatez, el trámite de ir o volver. Pero en este día melancólico, seguí la Meridiana hasta donde nace en su tramo atípico, junto a nuestro central park. Allí prosigue la avenida de los borrachos, flanqueando la acera del frente del parque. Aduana nocturna entre los bares de poblenou y el born, por donde hemos paseado ebrios en bici pública, declarando el equipaje más ligero de la vida.
Ya en avenida Picasso, vale la pena reducir la velocidad a la de los carruajes, y admirar esa Barcelona de época, los soportales catedralicios de comercio, esa arquitectura de la dignidad, que rezuma ética. Frente marítimo y primero de Barcelona, señorial, logrado y robusto. Siempre en su gris azul. Paris litoral.
Testimonio de una época contemporánea a la que supera.
Circulo esta tarde apagada y triste por el lomo litoral de la ciudad, hoy vulnerable, sorprendida, indefensa de melancolía. Me dirijo a la siguiente entrada al cinturón, pero en el último momento me alío con el día y sigo su ruta bucólica, como ayudándole a no sumirse en lo gris, en el cielo ya casi blanco de la nada. Tiro para Montjuïc y me paro en el arcén, con la ciudad yaciente panza arriba, para escribir esta internada que campanea ahora a despedida. Un día, de aquí cinco o quince años, me iré de Barcelona y esta tarde aparecerá como un videoclip en la memoria. Porque a veces te entregas a un editado de escenas sin saber muy bien por qué, pero estás almacenando la cara más límpida de una persona, una ciudad, un paisaje, que inconscientemente quieres que tenga el mejor metraje posible en tu memoria.
lunes, 4 de marzo de 2013
La mañana poética de todo el mundo
Los días de cielo encapotado, son días que parecen haber sellado sus párpados y se desentienden de toda generosidad o inspiración. La capota de la lucidez está cerrada y no mana más que espesura.
Yo sigo en esta época convalesciente, tullido de profesión, recién inagurada. Me debato, pacíficamente. Me dejo debatir por los días, hoy con aroma espeso.
Me he trajinado antes de comer una matinal de la generación del 27 a ojos de Umbral, alternando sus artículos con biografías de los poetas. Cuánto poeta, ocho poetas célebres y cero prosistas. Como el último estertor de poesía oficial en la Historia hispana, antes de extinguirse. Ocho poetas como ocho mariscales eunucos, telón folclórico y vano de una cruenta guerra civil. Sismo de poesía en la historia oficial tal vez pretencioso y precozmente fósil.
Creo que la poesía ha comido de aspiraciones rancias como la religión, ha compartido cierta sintonía de espíritu, y eso se nota en la estética que ha desprendido la tradición poética. Se nota una misma esquelatura de declamación simbolista de la magnitud, la luz, el esplendor, lo frugal de la naturaleza, infestando a priori la expresión poética común, con todo el 27 bien mullido. Así como casi no se hace teatro en que no se actúe histriónico de voz, la poesía universal está inundada de cliché declamatorio. La poesía afectada, la poesía afectada de sí, no tiene ningún sentido, oh mundo, no utiliza el lenguaje neutro y limpio no caricaturizado, y desafortunadamente acaba en los cerros de úbeda, en meras estampas paisajísticas, como unas postales nerviosas.
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| Ser poeta, ser nonagenario |
Poesía no es más que el arte de la brevedad, de la dosis ideal. La peluquería del lenguaje cuando va de gala. El tratado químico de un idioma. Pero el 99 % de los declarados poetas son alquimistas, brujos de la lírica, matasanos de la singularidad.
Un poema sólo es bueno cuando acaba memorizado por una comunidad, lo demás es amateur, y la poesía y lo amateur van de la mano compulsivamente.
sábado, 2 de marzo de 2013
La marginación religiosa de las Humanidades
Recuerdo el trato secundario y anecdótico que se daba a las Letras en el colegio religioso al que fui, frente a la tierra prometida de las Ciencias. Se colocaba de profesor de Literatura a algún buenazo religioso desubicado, a algún civil que hacía de comodín malo dando cualquier materia. Total eran Letras, parecía que hasta los alumnos teníamos que percibir la mala calidad del hemisferio humanístico a escoger, no fuera a ser que cayéramos en esas trivialidades que parafrasean lo que la religión ya suelta cátedra. Un chiste propagado varias generaciones era el "eres tonto o eres de ciencias" o "si vales vales, y si no Letras".
Y así no vale. Hay trampa. No sólo se preocupaban en que los dogmas quedasen bien impresos en nuestra conciencia, coartando nuestra vida íntima y succionando nuestra libertad, en ese "siglo XX de los zombis religiosos". También querían escoger por nosotros, hacer la pinza completa a nuestras vidas, ser latifundistas de cada alma. Un poco aliados con el patrón, con el que paga, una vara oculta nos dirigía como ovejas dóciles al cercado del progreso técnico. El arte era molesto por profano, porque osaba celebrarse a veces sin la cara de Dios, y no se podía correr ese riesgo. La inseguridad y la neurosis del carbonero.
Así que había una política general, heredada y renovable, en marginar a las Letras porque revolucionan el espíritu. Las ciencias lo hacen más señores sectarios, pero torpemente no se las identificaba como peligro de herejía por esa mediatez que traen, falta de literalidad, esa careta de ecuaciones y microscopios que suponen otros idiomas ajenos al de la liturgia. Aparte de que los profesores, hasta el de plástica, eran cribados según su fe como civiles.
La literatura podía pecar con alevosía, al primer renglón, era una disciplina libre y directa, se podía dar cuenta a la mínima de las correas llagadas del feligrés, podía bloquear ese masoquismo desencadenado.
Así que dos cerrojos en los calabozos, el de lo bobo y el de lo inútil, harían presas a las Letras en las cavernas, y así existiría sólo un hemisferio con porvenir en ese monopolio de las humanidades que es la teología.
También participaba lo amarrategui de la Iglesia, ese conservadurismo rancio que iba a lo seguro y cerrado, aconsejando el mundo laboral de las ciencias como una abuela que cree que su nieto es impedido. Ese cultivar el espíritu, de abuela y de pueblo, de hacer chicos sanotes que hacen mucho deporte, y en el que alguien podría apuntar venas homosexuales de motivación inconsciente. Prefiero seguir pensando en aquello de la formación polifacética y la metáfora deportiva como educación, no seremos tan rompedores.
El lado bueno es que aquí estamos, algo cojos y neuróticos, pero otros. Con todo el cariño de aquellas gentes de bien, que estaban más perdidas que nosotros pese a que creían que la verdad respondía a sus botones y mandos. Nunca pasarán por un tribunal de conciencia a causa de todo ese armatoste de prótesis psicológicas que cargan, ni nadie les denunciará por maltratar la verdad. Pero irónicamente, desde las Letras, desde la libertad, esa denuncia cívica si es posible y sí erosiona la conciencia ortopédica con sólo acabar de leer estos renglones.
viernes, 1 de marzo de 2013
La tormenta imperfecta
Donde vivo no hay empalizadas, ni manzanas de edificios, y el viento tiene campo libre para declamar con su soplido, volverse pesado, llegar a ser amenazante.
Antes las tormentas podían provocar miedo. Se iba la luz, tronaba apocalíptica la oscuridad, se oía una humedad negra y en trance, aunque yo despegaba apenas un metro del suelo. Los fabricantes de velas no proveían a tiendas de decoración, ni añadían vainilla a la cera. La vela hacía aparecer una cara aceitosa, y eso aportaba la atmósfera fantasmal y espiritista a la experiencia de tormenta. Las abuelas, tañidas de tormentas, eran el tótem de serenidad, la referencia a seguir cuando el tiempo atmosférico explotaba en ira rodeando a la casa.
Después, salíamos a buscar caracoles, las criaturas violentadas por el vendaval que salían al paso de su infantil depredador. Esta actividad se ha perdido, le digo a mi sobrino consolero de ir a buscar caracoles tras el aguacero, y consigo que inagure en mi espalda su primer uso del término drogado, precursor de estupefaciente.
La ciudad, en la tregua del diluvio, es de charol. El campo, un cuadro mullido, subido de rocío. En el mediterráneo la lluvia es algo anecdótico, pero con una vis histriónica. Ciclícamente pasa de la desaparición al drama, de total falta de protagonismo a un hacerse notar fatalista.
El mar, es un animal de manicomio plenamente transtornado, desatado, un primo virulento de sí. La playa es una factura de este mar invasor.
Las tormentas de verano, allá por el fin de agosto, eran un síntoma de su fin de pantalón largo. Días azules, exóticos de grises, auténticos parones del devenir del verano, como una pascua otoñal y pasajera que sabíamos que tendría su día.
La tormenta es agua esparcida, el mundo licuado que queda después, un incesto entre el mar y el cielo. El paisaje sería más azul que por falta de luz se vive grisáceo, como un mar apagado. La lluvia licua al mundo y lo hace menos sólido, le da categoría semilíquida, de humor. Y el humor apagado, sin luz, azuloscurocasinegro, es el ámbito de la melancolía. Lo lluvioso nos conecta como un hilo ambiente de alta fidelidad, con lo melancólico. Es su escenario natural. Después nos intentamos sacudir de su cueva paisajística y que no nos cale. En Inglaterra lo tienen más difícil. Las gotas siguen cayendo.
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