Cantabria me pone, para que esconderlo. Ha comenzado un idilio con Santander en esta segunda visita que supondrá estancias futuras y loas líricas a la ciudad.
El cantábrico es lo más vergel que tenemos, el yang del mediterráneo, la superioridad estética de la península. Las estampas que tutelan San Sebastián, Santander, Gijón, son un escenario que uno no puede nunca cansarse de admirarlo. El Orgull y el Igeldo con la isla de Santa Clara en medio, Cimadevilla y la costa de Gijón, y aquí el arenal de Somo en mitad de una bahía hermosa... sencillamente enamoran, ponen. Como Río de Janeiro parecen desafiar al pragmatismo de la historia como anteponiendo lo estético de prioridad al emplazarse. Y aparte, este frescor veraniego, sin sofoco, este tamaño a escala humana y no maquinista como Bcn o Mad, este exilio de las prisas y una cercanía al buen vivir, la hace un rincón en el mundo más que apetecible, Santander seduce y convence.
(escrito el 30 de septiembre)
lunes, 26 de octubre de 2009
sábado, 24 de octubre de 2009
Las neveras sociales
No todo lo que se habla y se opina es lo que hay, cada sociedad en su tiempo tiene altillos, cajoneras y neveras donde van a parar temas que no debieran ser tocados. Es un acto colectivo indefinido, sin agentes protagonistas claros, una mente grupal que prefiere obviar y olvidar según que cuestiones. Así, hay un imaginario disponible para un grupo y también un opinario disponible.
El tema de Franco pasó silente unas dos décadas en una meganevera, y apenas se publicaba un libro sobre el tema, o ni siquiera se hablaba del post-franquismo en televisión. Hoy en día tampoco se va a tocar el tema de la poligamia porque es quizás una camiseta social que nos va grande, y está colgada en algún armario de la mente colectiva, hasta que los tiempos nos acerquen la llave de esos futuribles. Como antaño la evolución estilo Darwin pese a ser sugerible, estuvo durante siglos cerrada a cal y canto en alguna buhardilla, como la idea de divorciarse, el uso de profilácticos, o la lucha de clases.
Al igual que el olor del propio pedo no resulta tan desagradable, o la propia mediocridad la vemos como algo especial, nos creemos lo más moderno, innovador y a la vanguardia que ha parido madre, y nos llenamos la boca de las palabras valores y principios, sin caer en la cuenta que somos unos monos en mitad de la cola de esto que es la existencia. Que antes de nosotros decenas de generaciones ya han quedado retratadas con sus sentencias y aberraciones, hechas trizas en el polvorín verificador de la historia, y seguimos oyendo tanto tam tam sentenciador en nuestros tiempos, tanto olvido de la relatividad de lo que creemos frente a los siglos rapapolveros que vendrán y nos ridiculizarán en nuestra rudimentaria y antigua civilización... y está claro que a algo nos hemos de agarrar para transitar, en algo hemos de creer y apostar, pero incluyan algo de suavidad y relativismo, no les de miedo innovar que de ésto se trata el juego al fin y al cabo; y no se olviden de que después de nosotros, usarán el planeta decenas y decenas de generaciones más, dejando atrás estos años dos miles insignificantes y a la vez trascendentales en su modesta medida.
El tema de Franco pasó silente unas dos décadas en una meganevera, y apenas se publicaba un libro sobre el tema, o ni siquiera se hablaba del post-franquismo en televisión. Hoy en día tampoco se va a tocar el tema de la poligamia porque es quizás una camiseta social que nos va grande, y está colgada en algún armario de la mente colectiva, hasta que los tiempos nos acerquen la llave de esos futuribles. Como antaño la evolución estilo Darwin pese a ser sugerible, estuvo durante siglos cerrada a cal y canto en alguna buhardilla, como la idea de divorciarse, el uso de profilácticos, o la lucha de clases.
Al igual que el olor del propio pedo no resulta tan desagradable, o la propia mediocridad la vemos como algo especial, nos creemos lo más moderno, innovador y a la vanguardia que ha parido madre, y nos llenamos la boca de las palabras valores y principios, sin caer en la cuenta que somos unos monos en mitad de la cola de esto que es la existencia. Que antes de nosotros decenas de generaciones ya han quedado retratadas con sus sentencias y aberraciones, hechas trizas en el polvorín verificador de la historia, y seguimos oyendo tanto tam tam sentenciador en nuestros tiempos, tanto olvido de la relatividad de lo que creemos frente a los siglos rapapolveros que vendrán y nos ridiculizarán en nuestra rudimentaria y antigua civilización... y está claro que a algo nos hemos de agarrar para transitar, en algo hemos de creer y apostar, pero incluyan algo de suavidad y relativismo, no les de miedo innovar que de ésto se trata el juego al fin y al cabo; y no se olviden de que después de nosotros, usarán el planeta decenas y decenas de generaciones más, dejando atrás estos años dos miles insignificantes y a la vez trascendentales en su modesta medida.
miércoles, 21 de octubre de 2009
Jemaa-el-Fna
Vuelta de Marrakesh. Regreso de lo sórdido, de la meca de lo pintoresco, de calles que aún contienen los siglos anteriores al XX, un reino bizarro de lo medieval-tecnologico. Calles de tierra y wifi en los zocos, carros de asnos y boeings sobrevolándolos.
La plaza Jemaa-el-Fna bien merece su viaje, te invade, te para, ese bullicio tan antioccidental en una estepa pavimentada enorme. Todo es diferente, y se te aparece en danza, sin avisar, por la espalda de las cosas. Y es hostil, la plaza, las calles, el país... Uno no puede acabar de sentirse en paz viajera, un elemento incómodo disperso en el ambiente: en los colores, olores, mirada de la gente, la fiereza que se ve en muchos detalles. Marruecos tiene las ojeras pintadas de negro, y la voz fuerte y seca. Te reflejas en sus ropas antiguas y sus pies descalzos ennegrecidos y te chirría tu contemporaneidad, eres un pasajero discordante.
Pero el viaje llega cerca del corazón de lo exóico, que rezuma en todas partes, a hora escasa de vuelo de la península. Es otro mundo sí, mucho más que Japón, que sí que es otra cultura, pero el mismo mundo. Y es un lugar seguro, cuando no tendría por qué serlo cuando aparecen personajes con bermudas con poderes adquisitivos 10 o 20 veces mayor. Y uno sospecha que es por los usos, las costumbres, la moral que aquí aún se vive y predica. La religión no cabe decir que está viva, a veces como en el medievo, como bien denotan los alaridos de los mulás cinco veces al día, campanas del pulso cotidiano. Las mujeres no enseñan pechera, ni siquiera la cara algunas, y robar, como que está mal visto claro. Los lugares más peligrosos y pervertidos del planeta suelen estar en el mundo occidental vecinos de grandes fortunas.
Jardines andalusíes, patios de baldosines de colores, plazas apocalípticas de circo, alaridos por las calles de los mulás, babuchas y chilabas, taginas y especies, zocos y murallas, todo eso con polvo, suciedad inevitable, vendedores tabarras, y una ciudad que te mira hostil detrás de la bienvenida.
Un trato justo, marroquí y más que repetible. A bientôt
La plaza Jemaa-el-Fna bien merece su viaje, te invade, te para, ese bullicio tan antioccidental en una estepa pavimentada enorme. Todo es diferente, y se te aparece en danza, sin avisar, por la espalda de las cosas. Y es hostil, la plaza, las calles, el país... Uno no puede acabar de sentirse en paz viajera, un elemento incómodo disperso en el ambiente: en los colores, olores, mirada de la gente, la fiereza que se ve en muchos detalles. Marruecos tiene las ojeras pintadas de negro, y la voz fuerte y seca. Te reflejas en sus ropas antiguas y sus pies descalzos ennegrecidos y te chirría tu contemporaneidad, eres un pasajero discordante.
Pero el viaje llega cerca del corazón de lo exóico, que rezuma en todas partes, a hora escasa de vuelo de la península. Es otro mundo sí, mucho más que Japón, que sí que es otra cultura, pero el mismo mundo. Y es un lugar seguro, cuando no tendría por qué serlo cuando aparecen personajes con bermudas con poderes adquisitivos 10 o 20 veces mayor. Y uno sospecha que es por los usos, las costumbres, la moral que aquí aún se vive y predica. La religión no cabe decir que está viva, a veces como en el medievo, como bien denotan los alaridos de los mulás cinco veces al día, campanas del pulso cotidiano. Las mujeres no enseñan pechera, ni siquiera la cara algunas, y robar, como que está mal visto claro. Los lugares más peligrosos y pervertidos del planeta suelen estar en el mundo occidental vecinos de grandes fortunas.
Jardines andalusíes, patios de baldosines de colores, plazas apocalípticas de circo, alaridos por las calles de los mulás, babuchas y chilabas, taginas y especies, zocos y murallas, todo eso con polvo, suciedad inevitable, vendedores tabarras, y una ciudad que te mira hostil detrás de la bienvenida.
Un trato justo, marroquí y más que repetible. A bientôt
martes, 13 de octubre de 2009
En pocas palabras [Ahorro o muerte]
La nueva medida, tras 50 años de gobierno del régimen político comunista en la República de Cuba, es el complejo plan: "Ahorro o muerte". Así se llama la última medida implantada. No se llama "tecnificación de infraestructuras y disposición de planes ergonómicos para la industria...". Se llama "ahorro o muerte". Y consiste en eliminar mitos propios del régimen comunista como la cartilla de racionamiento, comedores laborales, etc.
Tras 50 años de clamar revolusión de ideales cada día, en el año 51 la realidad es: ahorro o muerte.
Tras 50 años de clamar revolusión de ideales cada día, en el año 51 la realidad es: ahorro o muerte.
lunes, 12 de octubre de 2009
Pues con algo en la cabeza
Debe haber amontonada una pelusa esférica de temas pendientes en medio de mi cabeza, hebras y briznas perdidas de asuntos a los que les sentaría bien un ventilador de voz para desatascarlos un poco. Voy a escribir en ventilador lírico sobre briznas de cosas, ahí va...
Las películas de época chirrían en lo impoluto que parece todo: limpias calles, uniformes impecables, palacios perfectos, clase baja como arreglada para el film. Luego sales a tu calle de metrópolis futurista, y te chirrían las desperfecciones de lo moderno: paredes desconchadas, chicles en las aceras, basura manifiesta, vestimentas descompasadas. Te invade una atmósfera de Blade Runner, de modernidad corrupta, de umbral urbano apocalíptico, que es fruto exagerado de la mitología hollywoodiense. Existe esta mitología en pleno siglo XXI, como buena perversión de los raíles cabales de las cosas: el amor perfecto y poco sudado, la belleza-fachada sibilina en todo, la magnificación de lo esplendoroso y refulgente como vida en fuegos artificiales... iluminan las pupilas en los cines de millones de almas, e inoculan la creencia en la Vidabonita.
Hoy en día se podría formar otro polo cinematográfico que plantase cara al monopolio masificado made in Hollywood. Otro sello, marca, nombre, foco, con posible sede en Europa, que aglutinase a varios directores y productores reputados, que se distancian de la sociovisión de esa mitología imperante. Importa tener un núcleo productivo, pues facilita las creaciones, las ayuda a reconocer y crea consumidores fieles, sea racional o irracionalmente. Una futurible "ACME" frente a la clásica "Hollywood", con sede, estudios, premios y demás, podría hacer que mucha gente se desheredase de consumir historias hollywoodienses y hasta darse cuenta que ellos tampoco eligieron esa fidelidad.
Y tras mucha pelusa encaprichada en hablar de cinematografía, quiero mentar y reconocer a esas personas anónimas y modestas que labran blogs semana a semana, con intención de que sus palabras sean percusión y trabajo para mejorar el estado de las cosas. Que intentan abrir zanjas y caminos, porque de nada sirve hacer pasar/leer a la gente por caminos manidos, es más una neurosis quien hace repetir a la gente conductas requetedichas, como quien se rasca, como quien tiene un tic. Sin originalidad no hay cambio, ni superación, ni seducción. Y de las pocas interlocutoras de este blog, Carmen es una de ellas, que se esfuerza por hacer llegar mensajes trabajados, sentidos en alambique de experiencia, y saliéndose del camino heredado.
Las películas de época chirrían en lo impoluto que parece todo: limpias calles, uniformes impecables, palacios perfectos, clase baja como arreglada para el film. Luego sales a tu calle de metrópolis futurista, y te chirrían las desperfecciones de lo moderno: paredes desconchadas, chicles en las aceras, basura manifiesta, vestimentas descompasadas. Te invade una atmósfera de Blade Runner, de modernidad corrupta, de umbral urbano apocalíptico, que es fruto exagerado de la mitología hollywoodiense. Existe esta mitología en pleno siglo XXI, como buena perversión de los raíles cabales de las cosas: el amor perfecto y poco sudado, la belleza-fachada sibilina en todo, la magnificación de lo esplendoroso y refulgente como vida en fuegos artificiales... iluminan las pupilas en los cines de millones de almas, e inoculan la creencia en la Vidabonita.
Hoy en día se podría formar otro polo cinematográfico que plantase cara al monopolio masificado made in Hollywood. Otro sello, marca, nombre, foco, con posible sede en Europa, que aglutinase a varios directores y productores reputados, que se distancian de la sociovisión de esa mitología imperante. Importa tener un núcleo productivo, pues facilita las creaciones, las ayuda a reconocer y crea consumidores fieles, sea racional o irracionalmente. Una futurible "ACME" frente a la clásica "Hollywood", con sede, estudios, premios y demás, podría hacer que mucha gente se desheredase de consumir historias hollywoodienses y hasta darse cuenta que ellos tampoco eligieron esa fidelidad.
Y tras mucha pelusa encaprichada en hablar de cinematografía, quiero mentar y reconocer a esas personas anónimas y modestas que labran blogs semana a semana, con intención de que sus palabras sean percusión y trabajo para mejorar el estado de las cosas. Que intentan abrir zanjas y caminos, porque de nada sirve hacer pasar/leer a la gente por caminos manidos, es más una neurosis quien hace repetir a la gente conductas requetedichas, como quien se rasca, como quien tiene un tic. Sin originalidad no hay cambio, ni superación, ni seducción. Y de las pocas interlocutoras de este blog, Carmen es una de ellas, que se esfuerza por hacer llegar mensajes trabajados, sentidos en alambique de experiencia, y saliéndose del camino heredado.
jueves, 24 de septiembre de 2009
La belleza interior
En una aldea, nadie madrugaba para trabajar y antes se ponía guapa. Aún menos se acicalaba como para ir de fiesta. Sin embargo en nuestro mundo de la imagen, se da todo un carnaval para ir al tajo. La gente se arregla, hasta se emperifolla, y desde fuera parece que hasta vayan de celebración, o nos sugieren también un retorno a una matutina soltería, que acabará sodomizada por el tirano deber laboral.
Uno supone que hay una gran mano negra o tonta detrás, un inconsciente colectivo a la deriva, que suma esfuerzos para cubrir con una película el mundo, una fina capa que lo haga parecer bonito, o nos lo presente seductor.
Los vagones transportan masas de gente a su pico y pala particular, pero en estas latitudes de los siglos se contentan con una planta y etiqueta impoluta. Hasta puede que se crean por anchos instantes que el metro parará en el campo, junto a su palacio, para vivir la vida que su ropa no puede vivir.
Después tropeles de gente charlotean sobre la belleza interior, dándose cheques en blanco de tópicos. Una persona pobre es la que tiene una chequera de tópicos siempre dispuesta en la boca. Lo más parecido a no ser humano.
La belleza interior, alias invisible, no existe para que multitudes de perdedores se llenen la boca con ello. Es algo muy serio como para tenerlo de muletilla psíquica. Es de esas cosas que no se dicen y sí se hacen. Hay mucho trilero que clama que la bolita de la belleza está ahí adentro. El recurso manido del que no tiene belleza exterior y tampoco la tiene interior, y lo que hace es escudarse en algo que no es visible, ni tangible con rapidez para el conocimiento, para que así cuele e ir tirando, un atrincheramiento poco valiente en la deducción.
La belleza interior hablada no existe no, sólo existe hecha,
o sólo existe recreada en medio de ese verso
Uno supone que hay una gran mano negra o tonta detrás, un inconsciente colectivo a la deriva, que suma esfuerzos para cubrir con una película el mundo, una fina capa que lo haga parecer bonito, o nos lo presente seductor.
Los vagones transportan masas de gente a su pico y pala particular, pero en estas latitudes de los siglos se contentan con una planta y etiqueta impoluta. Hasta puede que se crean por anchos instantes que el metro parará en el campo, junto a su palacio, para vivir la vida que su ropa no puede vivir.
Después tropeles de gente charlotean sobre la belleza interior, dándose cheques en blanco de tópicos. Una persona pobre es la que tiene una chequera de tópicos siempre dispuesta en la boca. Lo más parecido a no ser humano.
La belleza interior, alias invisible, no existe para que multitudes de perdedores se llenen la boca con ello. Es algo muy serio como para tenerlo de muletilla psíquica. Es de esas cosas que no se dicen y sí se hacen. Hay mucho trilero que clama que la bolita de la belleza está ahí adentro. El recurso manido del que no tiene belleza exterior y tampoco la tiene interior, y lo que hace es escudarse en algo que no es visible, ni tangible con rapidez para el conocimiento, para que así cuele e ir tirando, un atrincheramiento poco valiente en la deducción.
La belleza interior hablada no existe no, sólo existe hecha,
o sólo existe recreada en medio de ese verso
martes, 22 de septiembre de 2009
Daniel Sánchez Arévalo
Este post tiene la finalidad de recomendar encarecidamente la visualización del largometraje Gordos. Su director, culpable de mucho, es Daniel Sánchez Arévalo, realizador de Azuloscurocasinegro. Simplemente, hay un nivel de expresión en el arte al que sólo llega quien puede, y no quien lo aspira. Y la gran ambición en esa expresión tiene que ver mucho con un elevado compromiso con la verdad, la metafísica y la doméstica. Sánchez Arévalo, con larga experiencia como guionista, es un tejedor, se ha pasado tejiendo, emborronando, esquematizando y repuntando todo ese organismo psicológico en orquesta que es su película. Otra historia coral más como las que pueblan estanterías de bibliotecas y videotecas, pero facturada con una maestría en el conocimiento de la psique humana de genio.
Lo de menos en la pelicula es la gordura, como lo de menos a veces en la vida es vivir. Me parece que el gran mérito del arte de S. Arévalo es llegar a un ámbito de verdad somática, una obra que llega a tratar la psicosomática de una forma creíble e intuitivamente certera. La peli nos cuenta aventuras y desventuras de parejas, familias e individuos desparejados. Pero pretende desvelar los mecanismos compensatorios de las relaciones, las dinámicas ocultas que producen fachadas, versiones oficiales y máscaras, y no lo hace desde la psicología sino desde la cinematografía.
Hay algún pespunte más dudoso, algún final discutible, pero el visionado de la película es una maravillosa experiencia de descubrimiento, un subidón cultural, y una consecuente intención comprometida de seguir la pista de Daniel Sánchez Arévalo allén de los años.
Lo de menos en la pelicula es la gordura, como lo de menos a veces en la vida es vivir. Me parece que el gran mérito del arte de S. Arévalo es llegar a un ámbito de verdad somática, una obra que llega a tratar la psicosomática de una forma creíble e intuitivamente certera. La peli nos cuenta aventuras y desventuras de parejas, familias e individuos desparejados. Pero pretende desvelar los mecanismos compensatorios de las relaciones, las dinámicas ocultas que producen fachadas, versiones oficiales y máscaras, y no lo hace desde la psicología sino desde la cinematografía.
Hay algún pespunte más dudoso, algún final discutible, pero el visionado de la película es una maravillosa experiencia de descubrimiento, un subidón cultural, y una consecuente intención comprometida de seguir la pista de Daniel Sánchez Arévalo allén de los años.
sábado, 19 de septiembre de 2009
lunes, 24 de agosto de 2009
El mar del Japón
Oh sí la escritura, vuelvo a ella, desagradecida y farragosa, como quien intenta hablar eligiendo palabras a 10 de ellas por minuto, tontolismo de la expresión, y lo hace ni con costuras bien pespuntadas. Escribo sin ser yo, ya que en este filtro de expresión temporal, no entran ni entrarán miles de ocurrencias que se cuelan. La escritura es un pequeño redil que pesca en un río artístico donde el agua va, ajena a la captura, y se cuela y se escapa hacia ningún lugar escrito. Escribir es un mal colador de la vida.
Suelto estos esputos, metaesputos, porque sigo insomne y me encuentro con la Confesión ésta de nuevo, en la misma calle nocturna del desvelo. Escribir es una suerte de vecino que me encuentro por las noches que no duermo, que son pocas. Y además, él antes sueña, medita, se revuelve en la cama, y va cosiendo su vida mentalmente, como una afanada costurera. Cuece, un puchero de ideas felices y con larga cola, durante interminables minutos. Inagura museos propios, bienales, o tomos, que se desmontan por fugaces minutos después, al abrirse nuevas exposiciones. Para que al final, sólo el brillo lejano de algún objeto de ellas, acabe apareciendo en esta rueda de prensa del espectáculo que es la escritura
Y hablar con tontolismo de la expresión, en el biombo del papel, donde nadie ve lo poco que hablas, tampoco supone convertirse en un brillante ordenador o computador del acervo humano. Pulir las herramientas del lenguaje, como mucho tiene una función estética o seductora. No suele ir destinado a uno mismo, no es alimento o combustible del que se pueda vivir solo. Un anacoreta de la escritura es esto, un bloguero en el ciberespacio y tres amigos que lo leen.
Vive Dios que unos terrones de quinientos euros endulzarían y darían fe de esta epopeya anacoreta. Escribir es una profesión-vocación, que pingponea entre la realización personal y el reconocimiento de los otros. La solitaria vocación se queda aún más sola, y sólo los ermitaños del ningunismo literario sobreviven. El zafonismo o reconocimiento en masa de hormigón, es como tener a la novia más guapa del mundo con voz del risitas de Quintero, una suerte-desgracia.
En mi habitación tradicional japonesa, en medio del distrito otrora mágico de Gion, el sol naciente saluda ya, por una brecha de la cortina a las cinco de la mañana. Si tuviese amigos artistas, y aún no hubierésemos* abandonado el facebook, tampoco mi status sería el encabezamiento de este párrafo. Pam, he aquí lo trabado de la escritura, mi escritura. La no necesidad de presentar las felices ideas fugaces, aderezarlas, ponerles una sim-pática pajarita, las ideas peladas, en su protolenguaje, o lenguaje de los adentros de uno, carecen de esta mediatez social, en el slalom que va de ese protolenguaje a una senda común visitada.
Pensamos en AVE y escribimos en bicicleta.
Gion, Japón, casualidades de la vida. Plantillas para que se dibujen otras cosas más importantes. Y aún así esos dibujos tampoco son ni concluyentes ni decisivos. Un fundamentalismo puntillista entonces, heisengberiano de lo que importa. Es casualidad que esté aquí en Gion y mañana en Tokyo, isla de Hanshu, no me voy a creer ni firmar el guión de nada. Lo más importante de Japón, es, todo lo que pasará cuando no se esté en Japón. Estamos en un cine o observatorio, eso es viajar, puro y placentero entretenimiento, ver las cosas exóticas y bellas pasar. Luego viene encajar todos los fines de las películas. Japón-viajar te permite un oasis donde rever el pasado estático y plastificado de casa, aséptico, dormido, y esperante. Es una especie de consultoría de los asuntos internos, con eclosiones que van de restaurar las estanterías hasta los golpes de estado.
Y me imagino, que de eso iba todo mi río-mar de ideas, dicho jíbaramente en pocas palabras de no protolenguaje.
La brevedad trabada, tampoco permite dar nombres ni latitudes, pero claro que saldrán a la luz, sólo si vuelve el motor insomnio de mi literatura en estos próximos meses.
Ya son las 6, ya canta algún pájaro, y faltan sólo 2 horas para el toque de queda del grupo rumbo a la ciudad-ciervo de Nara. Tendré también que trabajar desde alguna conexión de este país, lidiar con los bostezos y el sueño, superar el síndrome del click hiperfotógrafo, y espero que cientos o miles de cosas más.
De esas, de esas que abren y cierran tu cabeza, de esas, más hondas que todo lo plano que nos rodea; de esas, esas que aparecen de repente en una noche feliz de insomnio, sin tú esperarlas, en medio del mar del Japón.
Suelto estos esputos, metaesputos, porque sigo insomne y me encuentro con la Confesión ésta de nuevo, en la misma calle nocturna del desvelo. Escribir es una suerte de vecino que me encuentro por las noches que no duermo, que son pocas. Y además, él antes sueña, medita, se revuelve en la cama, y va cosiendo su vida mentalmente, como una afanada costurera. Cuece, un puchero de ideas felices y con larga cola, durante interminables minutos. Inagura museos propios, bienales, o tomos, que se desmontan por fugaces minutos después, al abrirse nuevas exposiciones. Para que al final, sólo el brillo lejano de algún objeto de ellas, acabe apareciendo en esta rueda de prensa del espectáculo que es la escritura
Y hablar con tontolismo de la expresión, en el biombo del papel, donde nadie ve lo poco que hablas, tampoco supone convertirse en un brillante ordenador o computador del acervo humano. Pulir las herramientas del lenguaje, como mucho tiene una función estética o seductora. No suele ir destinado a uno mismo, no es alimento o combustible del que se pueda vivir solo. Un anacoreta de la escritura es esto, un bloguero en el ciberespacio y tres amigos que lo leen.
Vive Dios que unos terrones de quinientos euros endulzarían y darían fe de esta epopeya anacoreta. Escribir es una profesión-vocación, que pingponea entre la realización personal y el reconocimiento de los otros. La solitaria vocación se queda aún más sola, y sólo los ermitaños del ningunismo literario sobreviven. El zafonismo o reconocimiento en masa de hormigón, es como tener a la novia más guapa del mundo con voz del risitas de Quintero, una suerte-desgracia.
En mi habitación tradicional japonesa, en medio del distrito otrora mágico de Gion, el sol naciente saluda ya, por una brecha de la cortina a las cinco de la mañana. Si tuviese amigos artistas, y aún no hubierésemos* abandonado el facebook, tampoco mi status sería el encabezamiento de este párrafo. Pam, he aquí lo trabado de la escritura, mi escritura. La no necesidad de presentar las felices ideas fugaces, aderezarlas, ponerles una sim-pática pajarita, las ideas peladas, en su protolenguaje, o lenguaje de los adentros de uno, carecen de esta mediatez social, en el slalom que va de ese protolenguaje a una senda común visitada.
Pensamos en AVE y escribimos en bicicleta.
Gion, Japón, casualidades de la vida. Plantillas para que se dibujen otras cosas más importantes. Y aún así esos dibujos tampoco son ni concluyentes ni decisivos. Un fundamentalismo puntillista entonces, heisengberiano de lo que importa. Es casualidad que esté aquí en Gion y mañana en Tokyo, isla de Hanshu, no me voy a creer ni firmar el guión de nada. Lo más importante de Japón, es, todo lo que pasará cuando no se esté en Japón. Estamos en un cine o observatorio, eso es viajar, puro y placentero entretenimiento, ver las cosas exóticas y bellas pasar. Luego viene encajar todos los fines de las películas. Japón-viajar te permite un oasis donde rever el pasado estático y plastificado de casa, aséptico, dormido, y esperante. Es una especie de consultoría de los asuntos internos, con eclosiones que van de restaurar las estanterías hasta los golpes de estado.
Y me imagino, que de eso iba todo mi río-mar de ideas, dicho jíbaramente en pocas palabras de no protolenguaje.
La brevedad trabada, tampoco permite dar nombres ni latitudes, pero claro que saldrán a la luz, sólo si vuelve el motor insomnio de mi literatura en estos próximos meses.
Ya son las 6, ya canta algún pájaro, y faltan sólo 2 horas para el toque de queda del grupo rumbo a la ciudad-ciervo de Nara. Tendré también que trabajar desde alguna conexión de este país, lidiar con los bostezos y el sueño, superar el síndrome del click hiperfotógrafo, y espero que cientos o miles de cosas más.
De esas, de esas que abren y cierran tu cabeza, de esas, más hondas que todo lo plano que nos rodea; de esas, esas que aparecen de repente en una noche feliz de insomnio, sin tú esperarlas, en medio del mar del Japón.
He estado restreñido de confesiones al oído del blog por semanas, pero a estas alturas de la noche, estirado en el tatami de un ryokan en Kyoto, surge la necesidad de sedimentar vivencias, me precipito en el papel.
Cruzar el mundo, hacer 10 mil kilómetros en horas, y llegar a otra civilización de madrugada, merece chequear la maquinaria del devenir y poner la cámara lenta a una experiencia viajera singular. Estamos a una distancia suficiente por fin, para que incluso el reino vegetal haya mutado en el paisaje; nos hemos alejado tantos kilómetros y montañas de casa, que las caras, las palabras y los platos son capaces de crearnos desconcierto, de orquestar un caos cognitivo más afín al de otrora Marco Polo que al moderno de National Geographic. Son tan occidentales como nosotros y tan orientales como nuestro anti-yo.
Ayer sólo sacamos la cabeza por el atardecer de Gion, en medio de la resaca de 24 horas en ruta - básicamente destinadas a cruzar Siberia a lomos de un Airbus. Toda una transición esquilmada por el motor de un reactor, una transición de pueblos y culturas, que nos llevan a estas grandes islas a orillas del Pacífico norte en las que estamos caídos.
Con voluntad de esponjas, intentaremos desandar esos diez mil kilómetros que nos han separado miles de años. PorqueJapón, es lo que tiene, que estámuylejos Japón.
Ayer uno charlotea como buen turista bobo, sobre las primeras impresiones. Una es el silencio sepulcral en los lugares sociales -excepto la esperpéntica sala de pachingo-, sólo apuntillado por sonidos cortos y rápidos de fondo: el de alguna puerta electrónica, un aviso accesorio, un anuncio... es como si Japón fuera un gran teléfono móvil que no habla, pero sí tiene infinidad de sonidos para las teclas, pantallas y los sms. Un mudito ruidoso.
Otra impresión tiene que ver con la servicialidad. Se piensa a menudo en las conclusiones de algunos libros acerca de la sumisión social de los japoneses, su disciplina social y colectivismo roza la pérdida de un yo individual, algo que choca tanto como provoca. Este será uno de los pequeños observatorios psicológicos de los diez días fugaces aquí: la sumisión social. Me confesaré sobre ello si sigue el insomnio, ya sabéis que para mí la literatura es aquel estado que aparece cuando la vida le hurta horas al sueño.
Hemos sufrido ya un gran desconcierto comunicativo. Ayer me vi hablando inglés de Huelva mientras hacía mimo -como Fiti en los Serrano- más pronto de lo que me esperaba. Es como un juego de mesa espontáneo, un scatergories en el que te dan una sola palabra en inglés, e intentas que la otra persona adivine la frase con gestos. Si aciertas, se da la comunicación, si pierdes, os sonreís y como si no hubiera pasado nada, tan amigos.
Si invertimos el juego, es lo mismo. Ayer yo entendí que en el piso de abajo había un baño japonés para tomar en la noche, y mi amigo Javi se fue pensando que por la noche vendría un bus que se llamaba Shabba.
Es curioso como si vas a Europa del Este, aunque eslavos y latinos ignoren el código comunicativo del otro, no les sale ponerse a gesticular como cuando Colón con los indígenas. Pero a mayor distancia por poco sacamos los tams tams y hacemos una danza típica.
Y estas son las primeras aventuras en las grandes islas del sol naciente, mañana, tras ocupar el insomnio, me esperan templos, templetes, amagos de geisha, comidas no-pensadas, barrios con mucha luz y poca acera, centros comerciales tecnológicos y frikis, jardines zen, sociedad zen, y helado de té verde.
A sus pies
Cruzar el mundo, hacer 10 mil kilómetros en horas, y llegar a otra civilización de madrugada, merece chequear la maquinaria del devenir y poner la cámara lenta a una experiencia viajera singular. Estamos a una distancia suficiente por fin, para que incluso el reino vegetal haya mutado en el paisaje; nos hemos alejado tantos kilómetros y montañas de casa, que las caras, las palabras y los platos son capaces de crearnos desconcierto, de orquestar un caos cognitivo más afín al de otrora Marco Polo que al moderno de National Geographic. Son tan occidentales como nosotros y tan orientales como nuestro anti-yo.
Ayer sólo sacamos la cabeza por el atardecer de Gion, en medio de la resaca de 24 horas en ruta - básicamente destinadas a cruzar Siberia a lomos de un Airbus. Toda una transición esquilmada por el motor de un reactor, una transición de pueblos y culturas, que nos llevan a estas grandes islas a orillas del Pacífico norte en las que estamos caídos.
Con voluntad de esponjas, intentaremos desandar esos diez mil kilómetros que nos han separado miles de años. PorqueJapón, es lo que tiene, que estámuylejos Japón.
Ayer uno charlotea como buen turista bobo, sobre las primeras impresiones. Una es el silencio sepulcral en los lugares sociales -excepto la esperpéntica sala de pachingo-, sólo apuntillado por sonidos cortos y rápidos de fondo: el de alguna puerta electrónica, un aviso accesorio, un anuncio... es como si Japón fuera un gran teléfono móvil que no habla, pero sí tiene infinidad de sonidos para las teclas, pantallas y los sms. Un mudito ruidoso.
Otra impresión tiene que ver con la servicialidad. Se piensa a menudo en las conclusiones de algunos libros acerca de la sumisión social de los japoneses, su disciplina social y colectivismo roza la pérdida de un yo individual, algo que choca tanto como provoca. Este será uno de los pequeños observatorios psicológicos de los diez días fugaces aquí: la sumisión social. Me confesaré sobre ello si sigue el insomnio, ya sabéis que para mí la literatura es aquel estado que aparece cuando la vida le hurta horas al sueño.
Hemos sufrido ya un gran desconcierto comunicativo. Ayer me vi hablando inglés de Huelva mientras hacía mimo -como Fiti en los Serrano- más pronto de lo que me esperaba. Es como un juego de mesa espontáneo, un scatergories en el que te dan una sola palabra en inglés, e intentas que la otra persona adivine la frase con gestos. Si aciertas, se da la comunicación, si pierdes, os sonreís y como si no hubiera pasado nada, tan amigos.
Si invertimos el juego, es lo mismo. Ayer yo entendí que en el piso de abajo había un baño japonés para tomar en la noche, y mi amigo Javi se fue pensando que por la noche vendría un bus que se llamaba Shabba.
Es curioso como si vas a Europa del Este, aunque eslavos y latinos ignoren el código comunicativo del otro, no les sale ponerse a gesticular como cuando Colón con los indígenas. Pero a mayor distancia por poco sacamos los tams tams y hacemos una danza típica.
Y estas son las primeras aventuras en las grandes islas del sol naciente, mañana, tras ocupar el insomnio, me esperan templos, templetes, amagos de geisha, comidas no-pensadas, barrios con mucha luz y poca acera, centros comerciales tecnológicos y frikis, jardines zen, sociedad zen, y helado de té verde.
A sus pies
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